La anormalidad se viste de gala

La anormalidad se viste de gala

Un individuo va conduciendo y escucha en la radio que un conductor suicida ha tomado el sentido contrario en la carretera por la que circula, momento en el que nuestro protagonista exclama: ¡Uno, no, muchísimos! Pues les confieso que llevo unos días sintiéndome el protagonista de la jocosa historia porque apenas me cabe en la cabeza el altísimo número de despropósitos con el que tenemos que enfrentarnos a diario en esta España de ahora mismo.

Dejaré para el final referirme a la campaña europea, last but non least, para fijarme en algunos de los sucesos que la prensa pone ante nuestras narices. En un laboratorio de veterinaria alguien decide tener trato sexual con una cabra, se supone que sin su consentimiento, y se discute si eso está incluido en la ley de protección animal o lo que fuere; unos delincuentes se lían a tiros con otras personas, no matan al que parecía ser su objetivo pero sí a un acompañante, y lo hacen desde un coche alquilado al que cambian la matrícula ante un buen montón de espectadores a los que dejan ver también cómo esconden las armas detrás de una tapia; los medios avisan de que la policía ha detenido a los responsables tras una gran movilización y con mucha rapidez, lo que, a su entender, da muestra del alto nivel de seguridad ciudadana del que gozamos. Los trenes de Renfe siguen haciendo de las suyas y alguien pone un examen de selectividad en Mates que supera con mucho la capacidad exigible. Podría continuarse la lista, pero puede bastar.

Si a esto le añadimos el grado de disparate que se ha asentado en la política no es nada difícil sospechar si nos habrá invadido una epidemia de estupidez. El grado sumo de esa grave infección se da, a mi modesto entender, en el nivel de los argumentos y artimañas políticas. Por ejemplo, se dice que Sánchez, que es obvio nos supone más tontos que él mismo, ha decidido posponer la publicación del bodrio legal que concede la amnistía a unos selectos ciudadanos cómplices del gobierno actual por cualesquiera delitos que se les pudiese imputar y eso lo hace, al parecer ¡para que la entrada en vigor de la tal ley no interfiera en las elecciones! Sin duda Sánchez es astutísimo y conoce a fondo la pasta de la que están hechos sus electores y quiere evitarles disgustos innecesarios.

Ya metidos en esta harina no estaría mal reparar en el batiburrillo de chorradas con las que se ha concedido la dirección de una cátedra a la señora de Sánchez, a la que no nombro para no influir en el día de reflexión, con el fin de que pueda impartir un título cuyo nombre es casi irreproducible, no sé si es sobre Transformación Social Competitiva o sobre Competición social transformadora, algo así, además de otorgarle la posibilidad de impartir un master sobre otro tema no menos troncal cual es el “Fundraising Público y Privado en Organizaciones sin Ánimo de Lucro” asunto en el que la doña se ha mostrado eficaz y expeditiva al máximo como lo prueba el que empresas tales como Telefónica, Indra o Google (ya verán estos lo que se van a divertir como sus jefes en los EE. UU. se enteren de tales prácticas) hayan soltado unas decenas de miles de euros en hacerle un software aplicable a semejante parida. La directora de la cátedra mentada puede aspirar a la santidad pues ha obrado el milagro de que las multinacionales dejen de sacarle la pasta a las administraciones públicas y se dediquen a subvencionarlas cuando emprenden actividades del hondo calado moral e intelectual en las que se ocupa nuestra admirable protagonista.

Preveo colas en las oficinas de estas benéficas empresas con emprendedoras dispuestas a emular las hazañas someramente descritas. A ver con qué cara le niegan a cualquier mujer empoderada un software benéfico y a ver qué universidades se resisten a poner en marcha cátedras extraordinarias para que tantas mujeres con muchísima imaginación, creatividad y empuje puedan transformar este país atrasado, machista y patriarcal en un jardín en el que florezcan mil flores, como decía Mao, que sabía de lo que hablaba.

Pues resulta que el debate sobre este asunto tan interesante se ha decidido poner en manos de los jueces y eso es así porque España está llena de agrupaciones beneméritas que van buscando delitos que la gente no acaba de ver ocupada como está en los delitos que todo el mundo ve pero que los jueces no tienen tiempo a sancionar como se debiera. Claro es que los que pensamos que la desfachatez ridícula debiera ser despachada con el desdén social más absoluto somos una minoría ilusa que no entiende algo tan elemental como que en España cabe hacer, y presumir de ello, cosas que, en cualquier lugar civilizado, como en esos a los que queríamos parecernos, resultarían absolutamente intolerables, pero estamos en España, qué le vamos a hacer.

Las universidades, por un decir; acabo de ver en un periódico castellano una noticia que presume con alborozo de que tres universidades de la región están entre las ¡mil! mejores del mundo, ya son ganas de presumir. Si la Complutense hace lo que ha hecho y otra universidad madrileña, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme sino que no me acuerdo, hace doctor a Sánchez con una tesis no solo plagiada sino, con toda probabilidad, redactada por un ambiciosillo que conoce el paño nacional (y que a lo que parece ya se sienta en algún consejo de primer rango), ¿cómo vamos a impedir que universidades castellanas se dediquen a fardar de estar, nada menos, que entre las mil mejores?

Prometí acabar hablando de la campaña, pero confieso que me da pereza, porque hace falta el cuajo que tienen nuestros partidos para que una elección de indudable y enorme importancia por la situación actual de Europa se haya despachado con cuatro eslóganes más repetidos que el tebeo y sin que nadie haya hecho el menor esfuerzo por explicar en qué dirección pretenden actuar en el Parlamento europeo, supongo que porque, si lo hicieran, ni siquiera acudirían a votarles los incondicionales. Los del PP le han dado mucho a Begoña y a la maldad de su paciente esposo, y los de Sánchez han dedicado esmero a hablar del fango y así el resto hasta acabar con un espontáneo que ha prometido eliminar de raíz tanta porquería aumentando la dosis para unirse a esa muchedumbre bruselense y luego ya veremos, seguro que moja, no va a ser menos que Ruiz Mateos que ya dio ejemplo de la misma sana ambición en su día.

Así estamos, con la anormalidad más fea y ridícula enseñoreándose de la actualidad. Es hora de cambiar, queridos amigos, ya basta de hacer la ola a una cultura del espectáculo barriobajero y a una política reducida no a una pelea a garrotazos, al menos de momento, sino a una competición de zascas, como ahora se dice, irremisiblemente idiotas. Sé que no es fácil indicar ninguna salida, pero es bueno que se extienda la conciencia del momento excepcionalmente anómalo que se nos hace vivir y tratar de hacer lo que cada uno pueda por poner coto a tanta estupidez disfrazada de suficiencia.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es La virtud de la política (Unión Editorial).

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