La aparición de federalistas españoles

El debate sobre la independencia está siendo bastante decepcionante por el abuso de la simplicidad. Tampoco esta vez, como tantas otras, un tema importante llega a la opinión pública catalana y española sin distorsiones, con frontalidad, desde planteamientos claros, para que la gente decida con amplio conocimiento de causa. Los intereses estrictamente partidistas, el cruce de deseos y realidades, así como los argumentos cortoplacistas, predominan en la gran tertulia mediática en la que estamos instalados. Los datos contrastados se sitúan en segundo plano. Y en esta ocasión no es que el tema sea importante: nos es trascendental. Pero ni aun así.

Llama la atención el entusiasmo con que los soberanistas catalanes desprecian el manifiesto suscrito por ciudadanos del resto de España que nos piden que no nos vayamos porque ellos son federalistas que desean seguir haciendo su camino junto a nosotros. Los soberanistas de aquí han esgrimido durante años frente a los federalistas catalanes el argumento central de que sus planteamientos eran utópicos porque en el resto de España no había federalistas con quienes asociarse. Ahora que estos dan señales de vida, optan por ningunearlos.

Los ningunean y formulan una pregunta capciosa: los federalistas españoles salen a la luz, pero ¿dónde estaban hasta ahora?, ¿dónde estaban cuando el Tribunal Constitucional machacó el Estatut? Como si a partir de ahora lo importante ya no sea si hay o no federalistas en el resto de España, sino juzgarlos. Y, evidentemente, hallar la manera de condenarlos. Pero la respuesta es sencilla: estaban en España, previsiblemente respaldaban a los partidos que acabaron dando luz verde al Estatut y tuvieron que encajar, como nosotros, la sentencia del dislate, aquella que arrolló la voluntad del Parlament, la del Parlamento español y el voto refrendatario popular de los catalanes. Entre los firmantes del manifiesto no hay ninguno de los miembros del Tribunal Constitucional que nos ofendieron.

Con su postura, los independentistas rechazan la posibilidad de que, por otra parte, el debate interno catalán pueda estar resucitando o abriendo dinámicas nuevas en sectores españoles narcotizados estos últimos años por el nacionalismo español excluyente del PP y de la parte más conservadora y centralista de su socialismo. Niegan la evolución ajena mientras celebran con entusiasmo la propia, porque, en todo caso, ¿dónde estaban hasta ahora los nuevos independentistas catalanes?, ¿no han tenido derecho ellos a modificar sus posturas?, ¿también hay que juzgarlos a ellos?

Es interesante ver cómo evoluciona asimismo el debate sobre la continuidad en Europa, un tema complejo en sí mismo pero cada vez más oscuro por las ganas de desnaturalizarlo. Los españolistas recalcitrantes esgrimen la amenaza de que la independencia le costará a Catalunya, sí o sí, la salida de la UE. Es la baza que sustituye, ahora con supuesta presentabilidad, su anterior amenaza de la intervención militar. Pero frente a eso el soberanismo catalán tampoco juega limpio: niega o relativiza la importancia de lo más previsible en caso de secesión, que es una salida temporal de la UE hasta que culmine una negociación reincorporadora. Pero como a la opinión pública catalana, su tejido empresarial y el mundo financiero les aterroriza ese plazo de tiempo indefinido en el vacío, los independentistas trabajan para que ese tema sea objeto de una sobreinformación confusa. Porque es verdad: aterroriza pensar en una Catalunya fuera de la UE, delante de una España hostil y políticamente en manos de una corriente soberanista inexperta, muy sobrevenida, y con una calle muy heterogénea pese al hartazgo mayoritario de la situación actual.

En cualquier caso, más que debatir dónde estaban hasta ahora los federalistas españoles y lo que podrá pasar con las instituciones europeas, vale la pena intentar agotar la posibilidad de un replanteamiento aceptable dentro de España. Porque continúa siendo muy difícil materializar una independencia contra España, y no solo por el derecho de veto de los estados de la UE -España incluida- frente a cualquier candidatura de ingreso. Y todos hemos de celebrar la aparición de los federalistas españoles, porque los catalanes los necesitamos para seguir en España, precisamos su comprensión si al final mayoritariamente decidimos irnos, y tendrán que ayudarnos, en ese caso, para aflojar las posturas maximalistas españolas que nos querrán alejar de Europa. Pero desde España deben darse más pasos que el de ese manifiesto positivo, porque España también sabe lo absurdo que es pretender que Catalunya continúe formando parte de ella simplemente por la fuerza, aunque esta ya no sea militar.

Antonio Franco, periodista.

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