La apertura de Obama hacia Cuba: una oportunidad hemisférica

La vuelta del liderazgo transformador: el Big Bang del 17 de diciembre

El 17 de diciembre el presidente Obama dio el primer paso para poner fin a una de las anomalías que caracterizan a la política exterior norteamericana. Pero esta decisión va mucho más allá. El uso por parte del presidente Obama de las órdenes ejecutivas para impulsar las relaciones diplomáticas con Cuba y apostar por la liberalización de las relaciones económicas, es un claro intento de redefinir y revitalizar su política exterior hacía la región latinoamericana en su conjunto a comienzos del siglo XXI.

El presidente Barack Obama con ésta decisión -en gran medida unilateral- ha puesto de manifiesto su liderazgo transformador, constituyéndose como un agente o actor de cambio en un periodo especialmente convulso, en términos económicos y políticos, con minoría política en ambas cámaras y caracterizado por la falta de una estrategia clara hacia América Latina y el Caribe. Un liderazgo que a través de la práctica ha sabido recoger y “explotar” las demandas y necesidades latentes entre los potenciales seguidores favorables tanto a nivel estatal como de la comunidad internacional, a un cambio no sometido a condicionalidad en la relación bilateral. Obama pretende abrir un nuevo capítulo de cooperación y asociación con sus vecinos por medio de la diplomacia directa, basada en el uso del tradicionalmente denostado y minusvalorado por la Administración norteamericana smart poweri -una combinación del poder duro basado en la coerción, y el poder blando fundamentado en la atracción-.

Desde la llegada al poder de Barack Obama en enero de 2009, la normalización de las relaciones con Cuba formaba parte de su programa de política exterior. No obstante, hasta el 17 de diciembre pasado, sólo se dieron tímidos avances en esa dirección. Por parte del gobierno cubano, el principal paso dado ha sido en relación al sistema económico. Permisos para abrir pequeños negocios, para comprar y vender propiedades, introducción de las nuevas tecnologías – la posibilidad de poseer teléfonos móviles-, o la posibilidad de formar cooperativas privadas, la diversificación de su relaciones económicas, la apertura a la Inversión Extranjera Directa (IED) y el apoyo financiero de líderes regionales como Brasil, son claves para entender el deshielo de las relaciones entre los EEUU y Cuba. De la propuesta de actuación anunciada a finales del pasado año por el presidente Obama en un intento de renovar el liderazgo en el continente americano, las medidas más destacadas son:

  • Establecimiento de relaciones diplomáticas y reapertura de la embajada norteamericana en La Habana. Con esta medida se busca avanzar intereses compartidos en asuntos de migración, guerra contra el terrorismo, salud, deporte, cultura, tráfico de personas, etc.
  • Reforma del marco normativo para darle poder efectivo a la población cubana, basada en cambios en la política de remesas y migratoria.
  • Autorización para el incremento de ventas y exportaciones comerciales de ciertos bienes y servicios desde los EEUU. Un incremento que tiene como objetivo respaldar el florecimiento de un fértil sector privado cubano aún por explotar, y dotar a la ciudadanía de una mayor independencia económica respecto del Estado.
  • Inicio del proceso de revisión de la catalogación de Cuba como Estado patrocinador del terrorismo (States Sponsors of Terrorism) en la lista del Departamento de Estado desde 1982. Una contradicción en los términos a la hora de llevar a cabo un restablecimiento de relaciones a todos los niveles.

Esta modificación, allanaría el camino para Cuba, al apartarla de una lista que completan Siria, Irán y Sudán.

Estas medidas -basadas fundamentalmente en aspectos de carácter económico-, conllevan un cambio de política y propician el desarrollo de un espacio para que los EEUU puedan participar de manera más proactiva en una agenda amplia con América Latina y el Caribe, facilitando la adopción de medidas y acciones consensuadas, abogando por la cooperación y la concertación.

Por qué acabar con el embargo: razones para desmontar una política fallida

De Eisenhower a Obama, los hermanos Castro han visto pasar nada menos que a once presidentes estadounidenses por la Casa Blanca. El embargo ha sido un fracaso con altos costes para ambas partes. Nos hallamos ante una política a todas luces ineficaz y contraproducente que no sólo no ha logrado su objetivo último de expulsar a Fidel Castro del poder, sino que ha se convertido en una fuente de legitimidad del régimen cubano y que ha coadyuvado a su perpetuación. En efecto, la política de aislamiento y bloqueo sostenida durante más de cinco décadas ha cohesionado internamente al castrismo, proporcionándole un enemigo de enorme valor simbólico en América Latina.

Ha quedado demostrado que el bloqueo y el aislamiento han sido incapaces de llevar la democracia a Cuba. La apertura económica y social y la cooperación son los únicos instrumentos que permitirán avances en este sentido y, en todo caso, permitirán aliviar la situación del pueblo cubano. La lógica de los partidarios del embargo, según la cual éste sólo podría levantarse una vez que Castro abandonara el poder, implica un condicionalidad maximalista que sólo conduce a la parálisis. Asimismo, la justificación ideológico-securitaria de la política de hostilidad hacia Cuba ha desaparecido: ni el comunismo ni el régimen cubano representan, desde hace más de veinte años, ningún género de amenaza para la seguridad nacional estadounidense. EEUU mantiene relaciones fluidas con antiguos enemigos como Vietnam y con numerosos regímenes autocráticos de Oriente Medio. Por ende, el hecho de que Cuba sea una dictadura no es base suficiente para seguir manteniendo una política punitiva surgida en el marco de un sistema internacional totalmente superado.

El embargo no sólo incide en las relaciones bilaterales cubano-americanas sino que constituye, asimismo, un anacronismo perturbador de las relaciones entre EEUU y América Latina. Para los países latinoamericanos es el símbolo más tangible del intervencionismo norteamericano en la región, y, en este sentido, se ha convertido en un factor incentivador del antiamericanismo, un sentimiento fuertemente arraigado en la cultura política latinoamericana que condiciona negativamente las relaciones hemisféricas. Tampoco podemos obviar que el embargo es contrario al Derecho internacional, tal y como ha declarado en diversas ocasiones la Asamblea General de las Naciones Unidasii. La visión del orden mundial liberal asentado sobre instituciones multilaterales sostenida por Obama es incompatible con esta persistente violación de la legalidad internacionaliii. La oposición internacional a la política de bloqueo hacia Cuba es abrumadoramente mayoritaria y ha quedado de relieve de nuevo en el amplio apoyo demostrado al giro de Barack Obama.

En suma, el embargo es contrario tanto a los intereses como a los valores de EEUU y no hay razones ya que permitan sustentarlo. Esta rémora del pasado ha de ser eliminada y se hace necesaria, por lo tanto, una nueva política hacia Cuba que supere la periclitada lógica de la Guerra Fría, ponga fin al embargo y normalice plenamente las relaciones con la isla. La misma tendría una indudable serie de efectos positivos tanto para los EEUU como para Cuba y, más ampliamente, para las Américas en su conjunto.

A EEUU el fin del embargo le permitiría revitalizar las relaciones hemisféricas y desactivar una de las principales fuentes del antiamericanismo en América Latina. Una nueva era en las relaciones interamericanas sólo puede ser inaugurada una vez que se extinga este rescoldo de la Guerra Fría. Además, el fin del embargo sería de gran importancia para recuperar el poder blando perdido por EEUU en la región. En efecto, el mandato de George W. Bush provocó una hemorragia del prestigio y de la capacidad de atracción de la superpotencia en todo el mundo que tuvo una seria repercusión también en los países latinoamericanos. Desde su llegada al poder, Obama, pese al inicial impacto positivo de su elección en la imagen de EEUU en Latinoamérica, ha defraudado las expectativas de cambio y ha desarrollado una política exterior hacia la región guiada por las inercias del pasado. Por otro lado, es indudable que unas relaciones normalizadas con Cuba permitirían a los EEUU alejar al país caribeño de la influencia de Venezuela, ya por sí en declive en los últimos tiempos. No hay que olvidar que, a la luz de la debilidad económica de Venezuela, la propia Cuba parece desmarcarse de Caracas. Igualmente, una vez levantado el embargo, EEUU podría competir en términos económicos con la penetración de China y Rusia en la isla. El mantenimiento del embargo, por el contrario, dejaría a Washington fuera de juego y ahondaría en la pérdida de poder estadounidense en América Latina experimentada en los últimos diez años.

¿Qué beneficios obtendría Cuba con el restablecimiento de relaciones en todos los ámbitos con su vecino del norte? Los beneficios los encontramos en gran media en la dimensión económica y financiera -mejorando la calidad crediticia- del país, un efecto positivo en la actividad económica en los próximos años que debería incidir en el conjunto de la sociedad. En términos económicos, la llegada de capital extranjero -en forma de inversión- así como de nuevas tecnologías, favoreciendo por parte del Estado la libertad de movimiento de los factores de producción -cierto grado de liberalización económica, reduciendo los obstáculos al intercambio- debe conllevar una creación de empleo -de un sector servicios en auge-, el desarrollo de un tejido industrial y la difusión tecnológica en el destino, dinamizando y modernizando el país. Un nuevo escenario que permitirá exportar a Cuba todo tipo de mercancías o la utilización de tarjetas de crédito emitidas por bancos estadounidenses para hacer frente a sus gastos diarios. No obstante, es lógico que existan reticencias a la llegada de IED pues puede generar una colisión entre el capital extranjero y el autóctono, provocando la desaparición de parte del tejido productivo. En términos sociales, la posible afloración del sector informal del país gracias al aumento de la actividad económica que se prevé, y que cubre todos los servicios, desde el transporte hasta la distribución de alimentos, por la incapacidad del Estado de cubrir todas las necesidades de consumo de la población, es otro elemento positivo vinculado al restablecimiento de relaciones con EEUU.

Obstáculos y desafíos internos

En EEUU

El principal obstáculo para acabar con el embargo proviene del Poder Legislativo estadounidense, en cuyas manos está derogar el entramado legal que lo sustenta. La actual conformación del Congreso de EEUU, con amplia mayoría republicana en ambas cámaras, hace harto improbable que se logre consumar el levantamiento del embargo antes de que expire el segundo mandato de Obama. Las relaciones bilaterales con Cuba son, para EEUU, un claro ejemplo de lo que se ha dado en llamar política ‘interméstica’ (intermestic policy), esto es, un asunto de política exterior fundamentalmente condicionado por cuestiones de política interna o doméstica. En este sentido, es imposible deslindar el mantenimiento del embargo durante más de cincuenta años del papel jugado por el exilio cubano-americano residente en Florida. El peso político del lobby pro-embargo se ha dejado sentir en ambos partidos. De hecho, aunque sus posiciones más radicales encuentran mejor acogida en el Partido Republicano, con Marco Rubio a la cabeza, también las hallamos dentro del Partido Demócrata, con Robert Menéndez como máximo exponente.

En todo caso, es importante destacar que el Partido Republicano no mantiene una posición monolítica a favor del embargo. De hecho, han surgido iniciativas legislativas bipartidistas que permiten albergar esperanzas de avance en el Congreso estadounidense. Es el caso de dos recientes propuestas de ley. La propuesta Flake-Leahy, lanzada a finales de enero por el senador republicano de Arizona Jeff Flake y por el senador demócrata de Vermont Patrick Lahey, para eliminar por completo la restricción de viajar a Cuba desde EEUU. Y la propuesta Klobuchar, presentada a mediados de febrero por la senadora demócrata de Minnesota Amy Klobuchar, para acabar con el embargo comercial y lograr la libertad de exportación a Cuba.

Actualmente, el discurso pro-embargo encuentra dos importantes factores que debilitan su hasta ahora enorme capacidad de influencia en la política exterior estadounidense y que juegan a favor del giro dado por Obama el pasado 17 de diciembre. En primer lugar, hay que tener en cuenta la emergencia de intereses económico-comerciales a favor de levantar el embargo dentro de EEUU. Así, los estados agrícolas se han mostrado partidarios de levantar el embargo para exportar sus productos a Cuba y ejercerán presión para minorizar la influencia de los sectores pro-embargo ayudando así a levantar las sanciones comerciales que pesan sobre Cuba. En segundo término, un factor fundamental atañe a la opinión pública estadounidense. Se trata de una cuestión crucial, toda vez que es evidente que poco ha importado a los dirigentes norteamericanos el rechazo internacional a su política hacia Cuba a lo largo de décadas: la clave de la misma radica en el grado de apoyo o rechazo interno. Pues bien, el cambio generacional de los cubanos en el exilio ha hecho variar significativamente el sentir de este colectivo; para las nuevas generaciones normalizar las relaciones con Cuba no es ya un anatema. A este respecto, hay que destacar que la opinión pública se ha movido en los últimos años a posiciones claramente favorables al levantamiento del embargo, constituyéndose como un factor positivo en relación con el cambio de estrategia de la Casa Blanca. En concreto, la opinión pública norteamericana, según una encuesta del think tank Pew Research Center del 16 de enero, aprueba en un 63% la decisión de la Administración Obama de restablecer relaciones diplomáticas con La Habana tras más de 50 años de ruptura.

En relación a este proceso de negociación, un 66% de los estadounidenses muestra su apoyo para ir más allá y poner fin al embargo comercial sobre Cuba.

En Cuba

Los obstáculos y desafío internos se centrarán en varios frentes. A grandes rasgos podemos identificar dos: los sectores contrarios a la normalización de las relaciones diplomáticas radicados a pocos kilómetros de La Habana -Miami- y los que se sitúan en el interior del país; y por otro lado, los desafíos vinculados a las relaciones exteriores de Cuba con terceros Estados, regionales como Venezuela, o extrarregionales como China y Rusia.

En el discurso de clausura de la VIII legislatura el pasado 20 de diciembre, Raúl Castro afirmó que “están dispuestos al diálogo, sobre la base de la igualdad y sin renunciar a nuestros principios”. A pesar de que estas palabras avanzan una postura amparada en los principios del Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidasiv, parece que la nomenclatura, la “línea dura” del PCC, por los pasos dados hasta día de hoy, no va a suponer un verdadero obstáculo en el camino de las reformas económicas -necesarias para modernizar Cuba-, que puedan permitir el aprovechamiento del enorme mercado estadounidenses de los pequeños empresarios cubanos, favoreciendo y propiciando el desarrollo de las libertades individuales y un mayor pluralismo a medio plazo.

Fuera de la esfera nacional -al menos territorial-, otro de los elementos que van a condicionar la adopción de medidas, son las demandas de una parte de la comunidad cubana exiliada en EEUU, con un fuerte poder en la actividad parlamentaria y que no pararan de hacer lobby en los diferentes centros de poder de Washington. Los disidentes opositores cubanos exiliados tienen dos opciones en este nuevo contexto: utilizar el proceso de negociación para influenciarlo, o dejar de participar en él y mantenerse como mero espectador. Parece que esta segunda vía no ha sido escogida por las organizaciones que agrupan a la disidencia cubana, no sería lo más idóneo, pero no deben adoptar posiciones anquilosadas e inmovilistas, sino más bien de dialogo inclusivo, sin tratar de entorpecer el desenvolvimiento de unas negociaciones ya de por sí difíciles. En materia de relaciones exteriores, el Gobierno de Raúl Castro ha acentuado su pragmatismo en la política exterior -en detrimento del componente ideológico y dogmático-. Con la adopción de esta vía de actuación, ha tratado de diversificar sus posibles socios en todos los ámbitos, especialmente en el económico, para de esta forma asegurar su supervivencia. Este argumento se constata si observamos el incremento de las relaciones con diversos actores internacionales como China, Rusia o la Unión Europea.

En lo referente a los vínculos externos del país caribeño, un factor desequilibrante es la relación de interdependencia entre Cuba y Venezuelav, y la posibilidad de sufrir un shock como consecuencia del reajuste comercial y político entre ambos en el nuevo tablero de juego, algo parecido a lo sucedido después de la desaparición de la URSS. Este escenario se complejiza aún más si tenemos en cuenta la nueva Orden Ejecutiva de “emergencia nacional” emitida por el presidente Obama el pasado 9 de Marzo. Una nueva autoridad a la luz de las valoraciones establecidas por el Departamento de Hacienda en consulta con el Departamento de Estado que persiguen “la protección de las instituciones democráticas y del sistema financiero de EEUU”. A este respecto, y si bien es cierto que en el proceso de restablecimiento de relaciones económicas, comerciales y diplomáticas entre Cuba y EEUU abierto el pasado mes de Diciembre, Venezuela ha sido un actor que ha quedado fuera de los elementos en negociación por ambos países, puede ser un elemento distorsionador y desestabilizador de las mismas. Por ello, la gestión triangular de las interdependencias y asimetrías en la nueva correlación de fuerzas entre EEUU, Cuba y Venezuela, es una cuestión que va a marcar el rumbo de las negociaciones.

Conclusiones: una hoja de ruta hacia el fin del embargo y la plena normalización de las relaciones bilaterales entre EEUU y Cuba

En el tiempo que le resta a su mandato, Obama ha de avanzar al máximo en su nueva política hacia Cuba para hacer inviable un retroceso, explotando las divisiones existentes en el Partido Republicano y tratando de aislar a los hardlinersde ambos partidos. El presidente de EEUU ha de agotar todas las medidas que le permite adoptar su autoridad ejecutiva y trasladar, así, toda la presión al Congreso. Ha de dejar claro ante la opinión pública que hay un sector de línea dura, fundamentalmente dentro del Partido Republicano, que impide que se produzca un cambio histórico que beneficiaría tanto a EEUU como a Cuba. Es de esperar que la propia opinión pública estadounidense acabe arrinconando y castigando las posiciones pro-embargo y que las mismas tengan un coste electoral para quien las mantenga. Entre las medidas ejecutivas próximas, junto a las ya adoptadas hasta la fecha, la Administración Obama debería llevar a cabo las siguientes a lo largo del año en curso:

  1. EEUU debe dar el paso de excluir a Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo. Sería ideal que adoptara esta medida antes de la próxima Cumbre de las Américas, para presentarla ante el resto de países americanos como una muestra de su voluntad decidida de cambiar en profundidad su política hacia la isla. La permanencia cubana en dicha lista obedece únicamente a razones ideológicas y carece de justificación técnica algunavi.
  2. EEUU debe proceder a levantar a Cuba las sanciones aplicadas en virtud de la Trading with the Enemy Act (TWEA) de 1917. Tras el levantamiento de estas medidas a Corea del Norte, Cuba es el único país del mundo al que EEUU continúa aplicando esta legislación.
  3. El diálogo político-diplomático ha de incrementarse y consolidarse para afianzar la confianza mutua y evitar la interferencia de los actores partidarios del embargo tanto en EEUU como en Cuba.

Asimismo, EEUU ha de evitar incurrir en los maximalismos propios del idealismo democrático. En este sentido, no puede exigir el cambio de régimen en Cuba como requisito sine qua non para levantar el embargo, ni someterlo a condicionalidades relacionadas con modificaciones en el corto plazo del sistema político cubano. El fin del embargo sería el punto de partida del cambio político en la isla, un cambio que será largo, lento y no exento de estancamientos y posibles regresiones. En todo caso, la renuncia al cambio de régimen no implica dejar de ser exigente en materia de derechos humanos y libertades individuales, conforme a los valores e intereses estadounidenses.

El avance o regresión del giro propuesto por Obama estará supeditado también a quién sea su sucesor tras las elecciones del 8 de noviembre de 2016. Por parte republicana, la hipotética candidatura del actual gobernador de Florida, ‘Jeb’ Bush, la más firme hasta la fecha, se presenta como un claro escollo al fin del embargo. Bush ha afirmado que el levantamiento del mismo sería una victoria para la dictadura cubana y se muestra partidario de mantenerlo. Es indudable que la perspectiva más beneficiosa para la normalización de las relaciones entre Washington y La Habana se corresponde con una nueva presidencia demócrata, probablemente la de Hillary Clinton. En todo caso, no hay que descartar que el propio Bush atempere su postura sobre esta cuestión si percibe que la misma puede ser decisiva para decantar el cada vez más importante voto latino de cara a las elecciones presidenciales.

También hay que referirse a la polémica cuestión de Guantánamo. La plena normalización de las relaciones cubano-americanas exigirá su devolución a la jurisdicción de las autoridades de Cuba. La reclamación cubana de esta base militar estadounidense sita en el sureste de la isla es legítima y conforme al Derecho internacional. Nos hallamos, seguramente, ante el que sería el último escollo para la plena normalización bilateral. En cualquier caso, la reivindicación cubana no ha de plantearse en términos que trunquen el avance del resto de temas de la agenda. En lo que respecta al conjunto de actores que integran la comunidad internacional, y en particular a aquellos que tienen un vínculo histórico, geográfico y/o político tanto con EEUU como con Cuba, merecen especial atención los pronunciamientos realizados por sus socios interamericanos, con especial atención a las actuaciones de dos líderes regionales como México -estrechamente ligado a EEUU a través del comercio, la inversión y las migraciones- y Brasil -aspirante a potencia global-.

El impacto para México de este nuevo tablero de juego se relaciona en primer lugar con los límites fronterizos en el Golfo de México, con claras implicaciones para el aprovechamiento y explotación de gas y petróleo en aguas profundas para los tres países. La implicación de México como interlocutor en un dialogo fluido y efectivo entre EEUU y Cuba es fundamental, ya que el país azteca es ya la principal vía de entrada de cubanos a Norteamérica. Acciones como condonar parte de la deuda a Cuba, abrir una nueva línea de crédito a su gobierno o establecer una nueva oficina de ProMexico -fideicomiso que promueve el comercio y la inversión internacional-en La Habana, han contribuido a crear un escenario proclive al restablecimiento de relaciones.

Por otro lado, Brasil y más concretamente los diplomáticos de Itamaraty, han servido de enlace desde hace varios años entre Washington y La Habana. Estas mediaciones entre otros aspectos han facilitado la apertura de cuentas bancarias de los diplomáticos cubanos instalados en la capital norteamericana. El país presidido por Dilma Rousseff también tiene mucho que decir en la triangulación Cuba-Venezuela-EEUU, al ser Brasil socio de la Venezuela de Nicolás Maduro en MERCOSUR. A esto ahí que añadirle los beneficios de una normalización económica y comercial -y un lejano fin del embargo- al dar libertad a la construcción de un puerto y una zona especial de comercio en Mariel, la llamada Zona Especial de Desarrollo Mariel, una gigantesca inversión de 957 millones de dólares -a través del BNDES-, lo que convertiría a Brasil en el principal socio comercial de la isla caribeña.

Por último, los foros y organizaciones multilaterales interamericanos, son instituciones que deben crear un clima favorable para el restablecimiento y reincorporación de Cuba tanto en la Organización de Estados Americanos (OEA) como fundamentalmente en la Cumbre de las Américas, con vistas a su inminente celebración en Panamá. La VII Cumbre de las Américas se centrará en el nuevo contexto geoeconómico que está experimentando la región en su conjunto, ocasionado por la desaceleración del crecimiento global, enunciado por instituciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial. El tema central “Prosperidad con

Equidad: El desafío de Cooperación en las Américas” puede ser un acicate para una reflexión amplia en relación al nuevo contexto en el hemisferio, una cumbre en la que se puede escenificar y “sellar” a nivel institucional el deshielo entre EEUU y Cuba, y establecer una concertación en determinados programas ligados a la seguridad, migración y por que no, participación ciudadana en la vida social y política. Una pretensión que puede quedar empañada por un clima cuasi pre-bélico -salvando las distancias- entre EEUU y Venezuela.

A grandes rasgos, y en la línea de facilitación del diálogo abierto a partir del 17 de diciembre, los pronunciamientos de las organizaciones internacionales, en este caso panamericanas, no han tardado en hacerse efectivos, constituyéndose como un elemento dinamizador. A estos efectos, el Consejo Permanente de la OEA realizó una declaración en la que evidencia “su profunda satisfacción por la decisión anunciada, reitera el compromiso de las Américas con el diálogo entre Estados soberanos y expresa su apoyo a la implementación de las medidas en favor de la completa normalización de las relaciones bilaterales”. Una Organización hay que recordar, de la que Cuba fue expulsada en 1962, y no volvió a reincorporarse hasta 2009. De esta forma se cierra el círculo de actores que tienen en su mano -aunque en mayor medida la “pelota” está en el tejado estadounidense- acabar con una anomalía que rompe las reglas del juego del sistema internacional a comienzos del siglo XXI.

Jorge José Hernández Moreno (Graduado en Relaciones Internacionales (UCM). Máster en Gobierno, Administración y Políticas Públicas (IUOG). Colaborador de la Fundación Alternativas) y Manuel Iglesias Cavicchioli (Investigador de la Universidad Complutense de Madrid).


i Nye, J. S. (2006): Soft Power, Hard Power and Leadership, Harvard University, John F. Kennedy School of Government, A. Alfred Taubman Center for State and Local Government, Program on Networking Governance. [En Línea].

ii Son hasta 23 las resoluciones adoptadas por la AG contra el bloqueo a Cuba, la última de ellas, con el voto favorable de 188 países, a finales de octubre del pasado año: Resolución 69/5 “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, Asamblea General de las Naciones Unidas, 28 de octubre de 2014. [En línea] Disponible en: www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/RES/69/5

iii En este sentido, véase: López-Levy, A. (2015): “Después del 17 de diciembre: ¿hacia una relación asimétrica Cuba-EEUU más estable?“, Real Instituto Elcano, ARI 8/2015, 10 de febrero.

iv También hace referencia a la Proclama de América Latina y el Caribe como Región de Paz, firmada en Enero de 2014 en La Habana durante la Cumbre de la CELAC, por la que todo Estado tiene el derecho inalienable a elegir su sistema político, económico, social y cultural sin la injerencia de otro Estado.

v A partir de la década de 2000, Venezuela ha suministrado petróleo en condiciones muy generosas -subsidiado a precio de saldo- a cambio de apoyo técnico, médico y político por parte de Cuba. Ésta materia prima es posteriormente revendida, por lo que se convierte en una fuente de ingresos imprescindible para la sostenibilidad del “socialismo real”, proporcionando, según el propio ministro de Economía Marino Murillo, 765 millones de dólares.

vi López-Levy, A. (2015): op. cit.

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