¡La Arcadia está en Asturias!

Anoche me encontraba en una placentera duermevela, tras haber llegado a las tierras del Bajo Nalón -donde paso recurrentemente mis vacaciones de verano-, cuando se me apareció Heinrich Schliemann. ¡No les engaño! El sobresalto fue lógicamente enorme. Me quedé literalmente paralizado. Cualquier espectro siempre provoca dicho efecto; pero si el espíritu es el del mismísimo descubridor de la ciudad de Troya, la conmoción adquiere una intensidad especial. Para serles sinceros, aún no me he repuesto de la impresión. Así que he decidido escribir estas consideraciones en pos de una taumatúrgica necesidad personal de sosiego. Aún resuenan en mis oídos las conminativas palabras del millonario arqueólogo prusiano: «La Arcadia no se encuentra en el Peloponeso. No se halla en la antigua Grecia. No la busques entre los pelasgos, ni te encomiendes al dios Pan. Tampoco hagas caso a las plácidas Bucólicas de Virgilio. La Arcadia la tienes a tiro de piedra… ¡Patéate las localidades de Muros, San Esteban y San Juan de la Arena, y céntrate en la “La Pumariega”! Navega por las apacibles aguas de la desembocadura del río Nalón… Déjate llevar por la sonora poesía de Ruben Darío y sigue la estela, no te extravíes, de los pintores de la Colonia de Muros. Los Aquiles, Áyax, Príamo, Paris, Agamenón, Menelao y Odiseo, de mi admirado Homero, son para ti sus animosos artistas: Tomás García Sampedro, Casto Plasencia, José Robles, Cecilio Pla, Alfredo Perea, Tomás Campuzano, Agustín Lhardy -hijo del propietario del restaurante Lhardy, cenáculo de homenajes y conspiraciones-, Maximino Peña, Tomás Muñoz Lucena, Luis Bertodano, Adolfo Marín, Luis Romea, Ángel Andrade, Antonio Cordero, Marcelina Poncela y Rafael de la Torre… Por ahí pasaron también Joaquín Sorolla y Juan Antonio Benlliure».

Y así lo he hecho, pues soy por naturaleza obediente. Me he sumergido de bruces en la vitalista pintura de la Colonia de Muros con su exaltación del paisajismo siguiendo el ejemplo francés de la Escuela de Barbizon. De esta tomaron la vestimenta con que exteriorizar su credo ideológico y estético. Javier Barón, que conoce como pocos su obra, la describe gráficamente: camisa de franela, faja de seda blanca o roja, pantalones de faena, cinturón de cuero al vientre, sombrero informal, algún pañuelo, polainas… Casi todos pertrechados con las inefables barbas de finales del siglo XIX y con alguna pipa de fumar en la boca. Casto Plasencia pintó la vela blanca de un balandro con un águila bicéfala en negro con sus iniciales en su parte superior derecha con la que surcaban la ría del Nalón.

Su filosofía se caracterizaba por una adhesión inquebrantable a unos principios sacrosantos: el gusto por los placeres sencillos, la dignificación de la vida campesina, el cultivo de la fraternidad, y un ideario asentado en el panteísmo y presidido por la camaradería. Y, por encima de todo, la veneración por la madre naturaleza, con una pintura ejecutada al natural, suelta y directa, adelantada al impresionismo, la propia del plenairismo. Una pintura al aire libre, al plein air, sin intermediaciones, ajena a discursos artificiales, fríos y teóricos. Lejos de la intelectualizada pintura de los agobiantes estudios y de los oscuros gabinetes. ¡La pintura era, por encima todo, de inmediatez retiniana! Esta no podía concebirse, ni materializarse, más que portando el inefable caballete, siempre móvil, siempre inquieto y siempre a cuestas. Preparados para captar el instante más espontáneo, el momento más precioso.

Una rememoración de un mundo feliz, de una utopía orillada, de una felicidad perdida. Las aspiraciones y preocupaciones de nuestros Apeles no diferían de las que ocupaban a los pintores cercanos al bosque de Fontainebleau y Pont-Aven en Francia, de Worpswede en Alemania o Skagen en Dinamarca. Otras zonas de España disfrutaron en su día de experiencias semejantes: las Escuelas de Alcalá de Guadaira, Bidasoa y Olot son, con sus singularidades, buen ejemplo de ello.

Su principal catalizador fue Tomás García Sampedro, del que Sorolla realizaría un excelente retrato. Aunque licenciado en Farmacia, su pasión fue siempre la pintura, a cuyo fin diseñó un refinado estudio de madera en el jardín de la casa de su hermana de estilo jónico, hoy tristemente desaparecido. En Madrid se matriculó en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, asistió a las clases en el Círculo de Bellas Artes y visitó con frecuencia el Museo del Prado. Fue en la capital donde trabó amistad con Casto Plasencia, su reverenciado maestro, que tanta influencia tendría en la consolidación de la Colonia de Muros hasta su repentino fallecimiento a causa de una pulmonía. Una Colonia a la que se acercaron algunas personalidades de la época como el escritor Leopoldo Alas «Clarín» y el historiador Rafael Altamira. García Sampedro también cursó estudios en Roma, gracias a una pensión especial de la Diputación de Oviedo. Hoy, tanto en el Ayuntamiento, como en la Iglesia de Muros, los de la iglesia de San Esteban y la Capilla del Espíritu Santo se perdieron lamentablemente en la Guerra Civil, cuelgan varios de sus cuadros. Una obra que conservan asimismo con primor sus familiares en «La Pumariega», y que pueden disfrutarse también en el Museo de Bellas Artes de Oviedo.

Así que ya saben. Vengan al Bajo Nalón y redescubran la Arcadia asturiana. No verán el mal denominado Tesoro de Príamo, ni las ruinas de la ciudad fundada por Ilo, pero sí un entorno mágico, de naturaleza exuberante, y una envolvente ría, que les retrotraerá a un tiempo definido por una querencia inquebrantable: la identificación del pintor con una arrebatadora atmósfera. ¡La de una Arcadia asturiana plasmada por los intrépidos pinceles de una Colonia de artistas inolvidable!

Pedro González-Trevijano es académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y Magistrado del Tribunal Constitucional.

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