La arriesgada tarea de ser periodista en Cataluña

La radicalización entre partidarios y detractores del independentismo ha convertido el ejercicio del periodismo en Cataluña en una tarea arriesgada y compleja. Reporteros sin Fronteras presentó recientemente un detallado informe pidiendo respeto para el trabajo de los periodistas en esta comunidad, informe duramente criticado desde sectores afines al «procés» que lo interpretaron como un ataque de parte. Nada nuevo en circunstancias como las que estamos viviendo desde hace meses en que las emociones privan sobre la razón. Estoy segura de que quienes más lo han vituperado no se molestaron en leer sus veintidós páginas porque ya habían tomado partido de antemano.

El trabajo de Reporteros sin Fronteras no gusta en muchas instancias. Desde nuestra ONG ya estamos acostumbrados a recibir críticas por denunciar agresiones contra la libertad de información y el trabajo de los periodistas en todo el mundo y también en España, pero pedimos que si publicamos un informe detallado se lea entero antes de despreciarlo con un «claro, siempre contra Cataluña». Porque no es contra Cataluña como tampoco es contra España cuando pedimos la derogación de la «ley mordaza» o advertimos contra la modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal o la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, denuncias en las que hemos sido abanderados, incluso a nivel de quejas directas al Gobierno Rajoy.

El hecho es que periodistas locales y corresponsales extranjeros han expuesto ante Reporteros sin Fronteras verdaderas campañas de ciberacoso en redes sociales y presiones propagandísticas instigadas y/o secundadas incluso desde el entorno político del Gobierno de la Generalitat. Las detallamos en nuestro informe y pedimos que se respete el trabajo de todos los profesionales que ejercen en Cataluña. Paralelamente, la organización insta a que no se utilicen procedimientos judiciales para amedrentar a medios de comunicación catalanes, que también los ha habido. Y en esta línea Reporteros sin Fronteras puso su foco en una posible intervención de la cadena pública catalana TV3, al hilo de la aplicación del artículo 155 de la Constitución que finalmente no se produjo. No se pueden hacer lecturas sesgadas o incompletas de cualquier documento que se quiera criticar.

A raíz de los hechos de septiembre-octubre en Cataluña y de las movilizaciones en la calle con unos insoportables niveles de presión para el trabajo de la prensa, los periodistas sufrieron agresiones verbales y físicas tanto por parte de los independentistas como de los unionistas. El 1 de octubre los fotorreporteros que grababan las imágenes de la Policía y de la Guardia Civil desalojando «a porrazo limpio» a la gente que iba a votar en algunos colegios, resultaron heridos por ambas Fuerzas de Seguridad. No se quieren imágenes de excesos (para eso se aprobó la «Ley mordaza»). Xavi Barrena, Sofia Cabanes, Jason Parkinson resultaron heridos. Anteriormente, asistimos al caso de Hilario Pino a quien arrancaron el micrófono de las manos para impedir la transmisión de una convocatoria pro referéndum. Durante las multitudinarias manifestaciones de uno y otro color tuvimos la ocasión de ver «en directo» a periodistas de las cadenas nacionales que necesitaron protección policial para no ser agredidos tanto por grupos independentistas como constitucionalistas.

Durante esos días, en las puertas del Parlament y de la Audiencia Nacional Antonio García Ferreras, Anna Cuesta, José Yélamo, Mikel Valls se vieron obligados a abandonar su trabajo bajo la protección de la Policía catalana ante el peligroso acoso de grupos afectos al «procés». En la misma línea, Mathieu de Taillac, Elise Gazengel, Julia Macher, Henry de Laguérie, Ryan Heath y una larga lista de corresponsales extranjeros sufrieron ataques semejantes. Igualmente, periodistas de la cadena pública TV3, Marta Viladot y Laura Catalán fueron insultadas y zarandeadas al tiempo que un grupo de «espontáneos» españolistas hacían escraches contra Catalunya Rádio.

Las denuncias recibidas tanto por parte de periodistas nacionales como extranjeros lo fueron con nombres y apellidos y certificación de los medios para los que trabajan en España, Francia, Alemania, Reino Unido… Sólo algunos profesionales locales quisieron guardar el anonimato por miedo a represalias. La mayoría aportaron «capturas» de los acorralamientos e insultos que recibieron. El acoso en las redes sociales fue a veces demoledor. Sin entrar en detalles que todos sabemos, profesionales tan reconocidos como Siscu Bages, Cristian Segura, Jordi Évole, fueron «puestos en la picota» mediante insultos y amenazas. En especial el director de «El Periódico de Cataluña», Enric Hernández, fue sometido a un verdadero linchamiento en Twitter tras la publicación de informaciones de la CIA referentes a un posible atentado yihadista de las Ramblas.

Una de las consecuencias inmediatas que comportan estos ataques a los periodistas es que algunos de ellos se lo piensen dos veces antes de escribir noticias o reportajes sobre los acontecimientos en Cataluña. Personalmente creo que existen dos líneas rojas que no se pueden traspasar nunca ni darse por normalizadas. La primera, el acoso al ejercicio del periodismo desde el poder y su entorno y el segundo, consecuencia del primero, la autocensura.

María Dolores Masana Argüelles fue presidente de Reporteros Sin Fronteras, de cuya junta directiva es ahora vocal.

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