La asociación, clave de la seguridad europea

Por Frank-Walter Steinmeier, ministro alemán de Asuntos Exteriores (EL PAÍS, 04/12/08):

En el día de hoy, con la reunión en Helsinki de sus ministros de Asuntos Exteriores, el proceso de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE) vuelve a sus orígenes. En su tiempo, este proceso ayudó a superar la confrontación entre bloques. En 1990 desembocó en la Carta de París. Quienes la firmaron abrigaban la esperanza de un orden de paz, justo y duradero, para Europa.

Como mínimo, desde la guerra librada en Georgia somos conscientes de lo lejos que estamos de esa meta. La desconfianza e incluso el viejo pensamiento confrontacional vuelven a estar presentes. Pero lo que sigue siendo cierto es que la seguridad y la estabilidad en nuestra casa común europea no se logran mediante el enfrentamiento. Por ello mantenemos nuestro objetivo de lograr un espacio de seguridad común desde “Vancouver hasta Vladivostok”.

Obama pidió en Berlín que se supere el pensamiento en las categorías de la guerra fría. Sugiere una asociación que abarque a todo el continente, incluida Rusia. Moscú, por su parte, aboga por un nuevo acuerdo de seguridad pan-europeo. Podría acabar acordándose una nueva asociación en materia de seguridad. Un texto vinculante que proporcione el marco necesario para la seguridad y la acción comunes. Una nueva “Carta” que enlace con la de París y la renueve para el siglo XXI.

Ahora bien, lo anterior no caerá del cielo. Se ha perdido demasiada confianza, ha aumentado demasiado el sentimiento de distanciamiento. Por eso ahora necesitamos dar pasos inteligentes, y concretos, que permitan restablecer rápidamente la confianza. Y justamente dentro de nuestra vecindad oriental. En este contexto, todos están llamados a asumir su responsabilidad. Rusia debe disipar el sentimiento de amenaza en sus vecinos. La UE debería ampliar su política de vecindad. La propuesta de “Asociación Oriental” presentada por Polonia y Suecia constituye un impulso idóneo. Para la zona del Mar Negro y el sur del Cáucaso necesitamos una iniciativa de estabilidad a gran escala. Para conseguir una arquitectura de seguridad sólida es indispensable lograr avances en el control de armamentos y el desarme. Con la nueva Administración estadounidense se brinda la oportunidad de un nuevo comienzo. Los controles de armamentos convencionales deben adaptarse a la nueva situación de seguridad, sin por ello poner en entredicho la sustancia del Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE). Son asimismo vitales los progresos en el área del desarme nuclear. No sólo en lo que a la reforma del Tratado sobre la No Proliferación se refiere. Por ese motivo es bueno que tanto Obama como Medvédev envíen señales positivas en este sentido. Necesitamos urgentemente un acuerdo que suceda al primer Tratado sobre la Reducción y la Limitación de las Armas Estratégicas Ofensivas (START I), que expirará a finales de 2009.

Otro asunto es el Consejo OTAN-Rusia, que debería volver a celebrarse cuanto antes. Precisamente en aquellos momentos en que nuestras opiniones divergen es cuando necesitamos este órgano para dialogar. Es más, deberíamos ampliarlo a una plataforma de la cooperación práctica con Rusia. Ya sea en la defensa antimisiles o la lucha contra la piratería en el Cuerno de África, ámbitos hay suficientes.

Por último, el fomento de la confianza también debe aquilatarse a nivel regional. En concreto, esto significa luchar por la solución de los conflictos en Moldavia, Nagorno-Karabaj y Georgia. Las conversaciones sobre Georgia en Ginebra son un primer paso hacia un amplio proceso político. Deberíamos además reflexionar sobre las áreas en que la UE y la OSCE podrían participar de forma más intensa para prevenir nuevas inestabilidades, como por ejemplo en Crimea.

Una política de vecindad más activa en el Este, el desarme y la solución cooperativa de conflictos regionales: sólo si se consigue renovar la confianza por medio de las mencionadas iniciativas podremos afrontar en un segundo paso el gran envite de una asociación de seguridad para el siglo XXI. La base común deben ser los principios y valores que asumimos en el seno de la CSCE y la OSCE: los derechos humanos y la democracia, el Estado de derecho y la integridad territorial, la abstención de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza, la misma seguridad integral para todos y la libre elección de alianzas.

A fin de evitar dudas conviene señalar que la UE, la OTAN y la OSCE siguen siendo pilares de la seguridad europea. Para seguir garantizando la seguridad en Europa de cara al futuro es indispensable disponer de un sólido fundamento transatlántico. Lo que hemos estado construyendo durante décadas es irrenunciable. Pero también hay que tener en cuenta las nuevas condiciones marco y las nuevas tareas. Para la OTAN necesitamos una especie de nuevo Informe Harmel -que en 1967 clarificó cuáles eran las misiones de la organización-, un acuerdo básico sobre el camino a seguir. Llevamos demasiado tiempo aplazando un debate abierto sobre tareas debido a la ampliación y cuestiones relacionadas. Sólo podremos articular el futuro de la seguridad europea si nos planteamos estas preguntas abiertamente. Los europeos deberíamos abordar esta tarea con determinación: juntos, con nuestros socios estadounidenses, con nuestros vecinos orientales y con Rusia.