La atracción de la intimidad

Por Vicente Verdú (EL PAÍS, 19/05/08):

Todos están de acuerdo en que la demanda presentada por el abogado de Telma Ortiz resultó ser una mamarrachada y, en consecuencia, no prosperó la solicitud de cancelar micrófonos y cámaras a los medios. Quedan, sin embargo, tras este patinazo de la abogacía, dos asuntos candeales: uno se refiere a que se produzca o no acoso periodístico y puedan derivarse de esa persecución consecuencias tan trágicas, como la que, en su extremo, sufrió Lady Di en el puente de Alma. Y, dos, que la profesión periodística haya extraviado su alma y trate asuntos demasiado triviales. Porque ¿es noticia que, como efectivamente se ha divulgado, la piel de Telma Ortiz sea tersa? En el primer supuesto, con peligro de daño físico o psíquico para el personaje, es obvio que quienquiera que fuese ganaría la demanda ante los tribunales. Pero en el segundo, ante los tribunales o fuera de los tribunales, respecto a la piel o el diseño del vestido, son ganas de hablar y hablar sobre la imagen. Deseos de imaginar.

Tanto la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo como la del Tribunal Constitucional determina que las imágenes que se capten y difundan, aunque se refieran a personas con proyección pública, tienen que tener relevancia o interés público. Pero ¿qué es realmente de interés? A lo mejor a estos señores magistrados de severa y grave instrucción les parece sin ningún interés que Telma Ortiz vaya de rojo o de beis, con gafas de Dolce & Gabbana o de Versace, corta o larga, pero al público claro que no. No es lo mismo que vaya bien peinada que desaliñada, que luzca escote o escoja jerséis de cuello alto, que sonría o que tosa, que abrace a su marido o le dé la espalda, que llegue tarde o pronto y así hasta el juicio final. Hasta el juicio de si vale más o menos como mujer elegante y digna hermana de la princesa.

La antipática tentación de señalar por decreto real aquello que es o no de interés general procede de un tic autoritario que pretende arrogarse conocer de forma privilegiada y categórica, lo bueno y lo malo, lo superior y lo inferior, lo importante o lo fútil, tanto si concierne al partido que merece la pena transmitirse esa jornada como al menú que se sirve en la mili para toda la tropa.

Lo característico, sin embargo, de nuestra época es precisamente lo contrario: el amplio surtido de gustos y elecciones, la multiplicidad de demandas los criterios distintos, en los que poco o nada tiene que pontificar el legislador y más, si como es el caso, se trata de provectos legisladores que no distinguen entre las vitaminas y el ácido hialurónico, ni entre el eye liner y un desfilado. Estos pormenores tienen interés para los ya introducidos en el universo de la imagen y sus pantallas, pero no para magistrados cuyo principal saber y deber se encuentra anclado en los libros y sus parágrafos.

En la actualidad, el primer lenguaje es la apariencia y la apariencia es el lenguaje. La estampa de un individuo célebre o famoso, directo o subsidiario, es expresión del poder. ¿Cómo no incluirla en el interés general?

Pero ¿y la invasión en la intimidad, la descarga fotográfica aquí y allá? En el Reino Unido, principal laboratorio de la presente videovigilancia urbana, había ya instaladas, al comienzo de este siglo, 230.000 cámaras en 2.000 puntos públicos, a los que habría que añadir las cámaras con circuito cerrado en incontables locales comerciales y privados.

En el Reino Unido, en Estados Unidos, en España, apenas sucede algo de “interés” que no sea recogido por cámaras fijas o los infatigables aparatos de videoaficionados. Desde hace un tiempo, no hay atentado de ETA que no sea televisado, pero también casi cualquier accidente, inundación o suicidio en la vía pública se plasma en una cinta. ¿El interior doméstico? En el interior abundan las webcams que los vecinos instalan en sus salones, cocinas y alcobas para retransmitir a los demás incontables escenas de su intimidad, y casi incesantemente. En general, en cualquier momento, nada interesa más a la gente que la propia gente. Incluso no sólo la gente muy famosa, como demuestran a diario los realities, sino “cualquier” gente.

Al “todo es política” del comienzo del capitalismo de consumo, en los años sesenta del pasado siglo, ha sucedido el “todo es público” en el actual capitalismo de ficción, donde “transparencia” es algo más que una expresión más. Cuestiones como el sida, la homosexualidad, la violencia doméstica, la pedofilia del clero, los incestos, los cambios de sexo, los implantes mamarios, los liftings, han alcanzado publicidad total.

Hace 50 años la producción de secreto era una condición fundamental de la religión, de la política, del arte o del sexo. Ahora, por el contrario, el secreto huele mal, es dudoso, criminal acaso. Todo debe estar a la vista, ser transparente en su elaboración y en su desarrollo se trate de un alimento en conserva, una administración de fincas o la gestión de un cargo político. El Reichstag y el Ayuntamiento de Londres se diseñaron como construcciones representativas transparentes, lo mismo que la nueva fábrica de Volkswagen en Dresde, la biblioteca François Mitterrand en París o la sede de la UEFA en Nyon. Los mismos rascacielos de viviendas han accedido a la moda transparente y hasta los cuartos de baño en el reciente edificio de Norman Foster en Nueva York, cerca de Columbus Circus, son enteramente visibles en el entorno.

Y no es todo. Un hormigón inventado por dos universitarios mexicanos, Omar Galván y Joel Sosa, y que se comercializará en 2010 permite hasta el 80% el libre paso de la luz, con lo que ni siquiera será posible recatarse tras la estructura de sus muros o pilares. A modo de anticipo, The Un-Private House (La casa no privada) fue el título de una exposición en el MOMA de 1999 donde 26 arquitectos presentaron su proyecto de habitación abierta y Terence Riley, entonces director de esa sección, dijo: “Desde hace 400 años contemplábamos una progresión de la intimidad. Ahora el fenómeno se invierte”. La transparencia lo es todo.

¿Podría de hecho concebirse hoy un gobierno democrático que no hiciera gala de transparencia? La obsesión de diafanidad llegó al extremo de que Gundar Berzins, ministro de Economía de Letonia, objeto de críticas populares, hizo instalar en noviembre de 2000 una webcam en su despacho para “que se viera” la honestidad y eficacia de su gestión.

Por aquel tiempo, el presidente argentino Fernando de la Rúa pensó en hacer lo mismo dos veces a la semana pero fue disuadido porque, al fin los asesores temieron que pudiera perjudicarle su afición a los partes meteorológicos y a los bonsáis.

En el trabajo nos vigilan las cámaras y las cookies del ordenador, aparte de los supervisores personales y los delatores. En el ocio nos envuelven las cámaras de la videovigilancia. En la red, en las compras, en los peajes, en las transacciones bancarias, en los teléfonos, en los aeropuertos, los hospitales, las gasolineras, los videoclubes, las agencias de viajes, dejamos constantes trazas de nuestra personalidad en una dinámica que ha ido canjeando privacidad por seguridad y que al cabo ha desmantelado la condición íntima. Tanto que lo íntimo, tenido por tabú (“que no se puede tocar”) se ha convertido en la materia más manoseada y común de explotación. De eso dan prueba constante y directa los medios de comunicación de masas, desde los diarios y las revistas impresas hasta las mil pantallas.

El mundo se ha poblado de un tupido enjambre de micrófonos y objetivos, y el comercio con fichas personales se ha extendido a tal punto que una sola compañía, Acxiom Corporation in Conway, ha llegado a poseer un banco de datos que cubre más del 95% de los hogares norteamericanos, siendo sus principales clientes Wal-Mart, Citibank, Citicorp, IBM, etcétera, que, a su vez, proporcionan más informaciones complementarias para el entero retrato.

En esta atmósfera de miríadas de ojos, notas y susurros, ¿dónde encuadrar el caso de Telma Ortiz? ¿Cómo escandalizarse, en fin, de una noticia indicativa sobre la tersura de su piel, la gracia de su figura, la compra en un supermercado? La intimidad, que estaba bajo llave en otros tiempos, se encuentra hoy en cualquier parte y en ninguna, igual que ocurre con el sexo, la religión o la cultura. Otra cosa es el acoso personal. Pero acosar es todavía una forma rudimentaria en el procedimiento de extracción informativa. Una conversación puede ser registrada a kilómetros de distancia, un logo del bolso o una carrera en la media puede ser fotografiada desde el aire, cualquier acción dentro del hogar es susceptible de ser captada a través de sus ínfimas vibraciones. Importunar al personaje no puede tolerarse, debe condenarse. Espiarlo debe condenarse, pero no puede impedirse.