La automatización y el libre albedrío de los seres humanos

La automatización

El premio Nobel Amartya Sen definió el libre albedrío de los seres humanos como “lo que una persona es libre de hacer y lograr en la búsqueda de cualquier objetivo o valor que considere importante”. En un momento en el que se sostienen crecientes temores con respecto a que la inteligencia artificial y la robótica pueden actuar como destructores de empleos, la crisis COVID-19 se constituye en un poderoso recordatorio de que, cuando se trata de impulsar una economía, no hay nada que sustituya al libre albedrío humano.

Muchos ven la pandemia COVID-19 como un probable catalizador que conduzca hacia una mayor automatización. Al resaltar la vulnerabilidad de los trabajadores humanos y amplificar los llamados a favor de mayores medidas de protección para los trabajadores y mayores beneficios, como por ejemplo licencias por enfermedad remuneradas, la crisis podría estimular a que empresas en muchos sectores inviertan en robots.

Sin embargo, no hay razón para creer que más robots hubieran salvado a la economía de una recesión inducida por el confinamiento a raíz del COVID-19. Muchas cadenas de suministro ya estaban altamente automatizadas y, sin embargo, sufrieron perturbaciones. Se han cerrado tanto plantas de producción que funcionan bajo la dirección de robots como aquellas que trabajan con personal humano. Las industrias más intensivas en robots en algunos de los países con las mayores densidades de robots (China, Alemania, Japón, Corea del Sur y Estados Unidos) están despidiendo a miles de trabajadores.

La verdadera lección de la crisis COVID-19 no es que los robots sean la clave del dinamismo económico, sino que dichos robots significan poco en ausencia del libre albedrío de los seres humanos. Al fin y al cabo, en el nivel más fundamental, eso es lo que los confinamientos y otros protocolos de distanciamiento social han eliminado: la capacidad de las personas para “hacer y lograr” lo que quieren.

No importa cuán rápidos, baratos o eficientes sean los robots, no pueden compensar la ambición humana, el deseo, la necesidad y la codicia que, en última instancia, impulsan la oferta y la demanda. Por eso, cuando estalló la crisis, los gobiernos no se apresuraron a financiar la automatización, con el fin de reabrir fábricas sin trabajadores humanos. Por el contrario, se centraron en llevar dinero a los bolsillos de las personas y brindarles la capacidad para que continúen ejerciendo su libre albedrío.

Es hora de seguir avanzando en este enfoque. El primer paso es abandonar la narrativa predominante de hombre contra máquina, con su estrecho enfoque en la eficiencia del lado de la oferta, en favor de un marco de máquina para el hombre, centrado en usar como palanca el progreso tecnológico, aprovechándolo con el objetivo de fortalecer el libre albedrío humano y, por lo tanto, la demanda que impulsa a una economía.

Por ejemplo, la automatización completa de una fábrica puede aumentar la productividad o reducir los costos laborales, pero no hace nada para fortalecer el libre albedrío humano. Por el contrario, al eliminar los empleos de los trabajadores humanos – empleos que son esenciales para que dichos trabajadores puedan invertir y consumir – se podría obtener el efecto contrario.

Pero hay formas de compensar ese impacto – y, no sólo las intervenciones por el lado de la oferta que se discuten (como capacitación para habilitar a los trabajadores desplazados para que ellos puedan ocupar mejores puestos de trabajo), sino también medidas centradas en la demanda. Por ejemplo, soluciones avanzadas de entrega de último tramo, como la utilización de dispositivos aéreos o terrestres no tripulados, que apoyarían al libre albedrío de los seres humanos como consumidores. Al mejorar la movilidad, las tecnologías como los automóviles autónomos mejorarían igualmente el libre albedrío de los humanos.

El poder de tal modelo de máquina para el hombre ha sido evidente durante los confinamientos por el COVID-19. Mientras que ni siquiera las máquinas de mayor rendimiento han sido capaces de mantener abiertas las fábricas, las tecnologías para fortalecer el libre albedrío han generado crecimiento en muchos sectores hacia los cuales se ha canalizado la demanda. Las aplicaciones de videoconferencia, el aprendizaje y el entretenimiento en línea, y las plataformas de comercio electrónico podrían ser sólo el inicio de una transformación económica más amplia de máquina para el hombre.

Se puede ver el mismo fenómeno en el lado de la oferta. Las empresas cuyos trabajadores pueden realizar su trabajo de forma remota no han sufrido el mismo shock que las empresas que tuvieron que suspender sus operaciones. Además, los trabajadores suelen ser más productivos en sus hogares que en una oficina. En este sentido, cuantos más puestos de trabajo se puedan realizar de forma remota, la economía se torna en más dinámica y menos vulnerable frente a los shocks. Sin embargo, tal como están las cosas hoy, sólo el 37% de los empleos en Estados Unidos se pueden llevar a cabo de forma remota. En Suiza, esa cifra es del 45%.

La crisis actual está lejos de ser la primera demostración del poder que tiene la tecnología para fortalecer el libre albedrío: los estudios de desarrollo han resaltado la capacidad que tiene la tecnología para permitir que más personas participen en la economía. Pero, los confinamientos – un tercio de la población mundial se encuentra inactiva en casa – muestran que el libro albedrío ganado puede reducirse de manera drástica y repentina. La tecnología es vital para garantizar que, incluso si las libertades deben reducirse temporalmente, los seres humanos tengan oportunidades de ejercer su libre albedrío.

A medida que la crisis COVID-19 estimula una mayor inversión pública en investigación y desarrollo relacionada a dicha crisis, los gobiernos tienen una valiosa oportunidad de avanzar en ese imperativo financiando proyectos que fortalezcan el libre albedrío en una variedad de áreas, como la realidad aumentada y las tecnologías hápticas, la vida asistida, el Internet de las cosas y los robots colaborativos. A pesar de todo lo que se ha dicho sobre las cadenas de suministro, los responsables de la formulación de políticas deben mirar más allá de aliviar esas limitaciones y considerar lo que se necesitará para sostener la demanda en medio de shocks graves – desde brotes de enfermedades hasta desastres naturales – que obstaculizan la actividad económica y social.

Pero la inversión por sí sola no es suficiente. Para maximizar la innovación y minimizar las perturbaciones, los gobiernos deben unirse para promulgar los sistemas de apoyo jurídico, regulatorio e institucional apropiados con el propósito de guiar el desarrollo y la implementación de nuevas tecnologías. Si bien los avances a menudo se presentan como golpes de genialidad de algunos, cerciorarse de que sirvan al bien público – incluso mediante el fortalecimiento del libre albedrío de los seres humanos – es un asunto que nos incumbe a todos nosotros.

Sami Mahroum, Professor at the Free University of Brussels, is Senior Fellow at the Issam Fares Institute at the American University of Beirut and a former senior lecturer and director at INSEAD's Innovation and Policy Initiative. He is the author of Black Swan Start-ups: Understanding the Rise of Successful Technology Business in Unlikely Places. Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

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