La autoridad del profesor

Por Vicente Carrión Arregui, profesor de Filosofía (EL CORREO DIGITAL, 02/11/06):

Empiezan a ser avalancha las voces de alarma acerca de la indisciplina en las aulas, como si los profesores se hubieran convertido de pronto en impotentes monigotes desprovistos de la menor autoridad. Me gustaría mucho poder hacer fintas retóricas para invocar el proverbial ‘no es para tanto’, pero me fallan las fuerzas, la verdad, y no me queda otra que sumarme al coro de los alarmistas.

Y eso que no tengo dudas acerca de cómo se ejerce la verdadera autoridad académica: transmitiendo ilusión, ejemplo e interés por el conocimiento y creando un clima de respeto y camaradería para propiciar el aprendizaje. Con normas, castigos y amenazas difícilmente se logra nada positivo. Ahora bien, esto funciona cuando los alumnos van al centro escolar a estudiar y a aprender.

Ahora es otra cosa. Tenemos muchos alumnos que van al centro escolar porque la enseñanza es obligatoria y común hasta los 16 años. Algunos de tales alumnos están en la escuela contra su voluntad, otros desconocen las normas mínimas de educación y se niegan a aprenderlas, otros las conocen pero se permiten ignorarlas, en fin, contamos con un sector del alumnado que pone muy difícil el verdadero ejercicio de la autoridad docente porque apenas da oportunidad a que se imparta la clase. Es en tales ‘precondiciones’ donde se hace imprescindible tener instrumentos didácticos y normativos para atender a los alumnos que quieren estudiar evitando que los boicoteadores puedan cumplir sus propósitos. Lástima que las autoridades educativas no nos brinden recursos humanos y materiales para atender a los problemáticos de otro modo, lástima que la legislación vigente sea tan garantista a la hora de suprimir los derechos de quienes no cumplen con sus deberes. Y el deber número uno de un estudiante es estudiar, única posibilidad de respetar así el estudio de los compañeros. Del falso miedo a ser autoritarios deriva precisamente, en mi opinión, que los profesores dediquemos buena parte de nuestras energías a lidiar con los alumnos más difíciles a costa de atender adecuadamente a la mayoría.

Todos somos reflejos de nuestro tiempo y no hay duda de que, entre el antifranquismo y sus virus antiautoritarios, la secularización religiosa y los valores sociales dominantes, las familias no se implican en exceso en poner límites a sus hijos. Ello está dinamitando el sistema educativo. Sin llegar al extremo de la agresión padecida por la profesora M.L.M. a cargo de los familiares de una alumna (EL CORREO, 30-10-2006), muchos profesores encontramos muy poco apoyo en las familias de los alumnos con dificultades. Esto ocurre en todas las clases sociales, pero me parece de justicia hacer una precisión, no sé si políticamente muy correcta.

Claro que hay alumnos problemáticos en centros privados, concertados e ikastolas, pero es probable que al cabo de unos años el apoyo familiar y ambiental les facilite su integración social. En cambio, en muchos centros públicos, especialmente en aquéllos de modelo A que cuentan ya con una mayoría de alumnado inmigrante -no entro en la irresponsabilidad política del Gobierno vasco por crear tales guetos-, los problemas de indisciplina de hoy pueden ser graves problemas del mañana, pues apenas tenemos tiempo, antes de que cumplan 16 años, de ayudarles a ser ciudadanos cabales, conocedores de las reglas de juego de nuestra sociedad. Es una tarea muy difícil porque hay trasfondos durísimos de penuria, marginación, abandono, maltrato y demás, pero, si no encontramos la manera de imponer en nuestros centros unas normas que posibiliten el estudio y el aprendizaje porque no queremos ‘ser duros’ con estos ‘pobres chicos’, les estamos privando de la que, probablemente, será su única oportunidad de adquirir destrezas personales y profesionales que les ayuden a salir de sus respectivos dramones. Paternalismo, creo que hay demasiado paternalismo en la manera en que abordamos la integración de los escolares inmigrantes, más cuando provienen de contextos culturales a veces muy machistas y autoritarios que les dificultan entender la diferencia entre respeto y permisividad.

Intentaré explicar con un ejemplo a qué ‘precondiciones’ me refiero para que sea posible merecer la autoridad que reivindico. Pienso en los tiempos en que los alumnos entraban a clase como personas y, sin que nadie les dijera nada, se sentaban, preparaban el material de la asignatura y se iban callando para atender al saludo y a las instrucciones del profesor. Ahora no hay docente que pueda presuponer tales hábitos en la enseñanza obligatoria. Hace falta pasar un buen rato llamando la atención uno a uno, repitiendo lo mismo o, incluso, pegar algún bocinazo y empezar a poner la mala cara que quizás no te abandone el resto del día. Es un ejemplo tonto, si se quiere, pero que nos interroga mucho a los profesores. O haces de policía, y ello mina tu relación con ellos, o renuncias a aprovechar el tiempo al máximo y a transmitirles la importancia del estudio y las destrezas académicas, con lo que te sientes un fracasado.

Hagas lo que hagas, está difícil. En el País Vasco los docentes hemos soportado muchas tensiones: entre el euskera, las reformas y los reciclajes, somos muchos los que hemos perdido la docencia en nuestra especialidad, cuando no la docencia misma, pero ahora parece que está en peligro nuestra propia dignidad. Cada comienzo de curso parece el inicio de un cursillo de supervivencia en el que no sabes si acabarás el año sin pedir la baja por depresión, agresión o desesperación. Y todo porque tenemos que ser modélicos y no perder jamás la calma aunque crucemos pasillos en los que los alumnos se pegan, se empujan, gritan o corren como si estuvieran en la jungla. Estamos aprendiendo a ver sin mirar, a realizar cada itinerario interior con los ojos clavaditos al suelo, no vayamos a tener ningún encontronazo.

Si, como le ocurrió a la citada M.L.M., a uno se le ocurre mediar en una pelea, el golpe principal no será el físico sino la desatención que padecerá cuando pida ayuda a la dirección, a la Inspección o a la Delegación. Te invitarán a que no denuncies a nadie, no suspendas a nadie y no enredes más. Será entonces, al confirmar cómo el aparato de la Administración desprotege a sus propios representantes, cuando uno empiece a entender por qué en tantos países europeos tienen dificultades para encontrar profesores. Aunque parecemos necesarios, somos en realidad una especie en vías de extinción, almas en pena vagando por los recintos escolares.