La banalidad de la política

¿Nos acercamos al fin de la democracia o hay tiempo para rectificar y revitalizarla? Una década antes de que estallara la crisis actual, el filósofo alemán Rüdiger Safranski, en su libro titulado Elmal, escribía: «Las catástrofes del siglo XX nos han impartido una lección: que el poder económico ha de equilibrarse con el poder político». Hoy sabemos que la lección no estaba aprendida. Porque ha sucedido justamente lo contrario: que el poder económico ha desequilibrado al poder político y que vivimos una era en la que la política deambula como un fantasma en los escenarios disparatados de un mercado sin control.

Suele decirse que los pueblos tienen los políticos que se merecen, pero yo no estoy muy seguro de que ello sea cierto. ¿Éramos los españoles un pueblo mejor cuando elegimos, en los días de la «transición», a políticos con mayor generosidad de miras y altura que los de ahora? No estoy seguro. Al reflexionar sobre ello, recuerdo una frase de Bismark: «El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación». Y me pregunto: ¿dónde están nuestros estadistas?, ¿es una especie extinguida?.

Yo creo que uno de los graves problemas de la democracia radica en la banalización de la política. Los partidos son el eje sobre el que gira todo sistema democrático y, sin ellos, no hemos encontrado todavía fórmulas de representación de la voluntad popular. Pero los partidos tienen una tendencia inequívoca a la profesionalización —de forma muy aguda en España—, que es una forma de deslizarse hacia la nadería ideológica…, a lo banal.

España se encuentra hoy con una legión de personajes públicos criada en su mayoría en los despachos de los partidos, sin vistas a la calle. Nuestros políticos se forman en el arte de conquistar el poder, no en la ambición por cambiar la realidad para mejorarla. Son gentes que deciden sobre la salud y el dolor, sobre la cultura y la ignorancia, sobre la felicidad y la desdicha…, pero ignoran la vida. Para ellos, la obtención del poder prima sobre la ideología, lo que provoca que las ideas se acomoden a lo que dicen las encuestas de intención de voto. Hace un par de días, en un bar, escuché un diálogo curioso. Preguntaba un tipo: «¿Vas a votar al PP en las próximas elecciones?». El otro respondía: «No; soy de izquierdas». El primero insistía: «Entonces, al PSOE». Concluía el segundo: «Tampoco; te he dicho que soy de izquierdas?».

Dando preferencia a la intención de voto sobre la ideología, los políticos sólo pueden moverse sobre gestos, no sobre actitudes firmes. Zapatero nadaba como pez en el agua en ese océano gestual. Amplió los espacios de la legislación sobre el aborto y el derecho a casarse de los homosexuales, asuntos que una buena parte de la sociedad, incluso la conservadora, tiene en gran medida asumidos. Pero al tiempo que alzaba la bandera de la progresía en los territorios del sexo, no tocaba una coma de los privilegios de la Iglesia Católica ni de la legislación sobre las grandes fortunas que disfrutan de extraordinarias exenciones fiscales.

En la orilla contraria, no son pocos los que miran para otro lado cuando se les habla de retoques en matrimonio homosexual o rectificación en la legislación del aborto, por más que figurasen en sus programas electorales y los defendieran con ruido en tiempo de campaña. Las encuestas mandan; no las ideas.

Un tercer problema consustancial a la banalización de la política es la falta de formación de un gran número de nuestros hombres públicos. Más de una vez hemos sabido de «curriculums» en los que se encuentran expresiones como «cursó estudios de derecho», sin que sepamos si el personaje en cuestión llegó a terminarlos. Resulta paradójico que, para encontrar empleo de camarero durante la temporada turística, se exija a los candidatos hablar inglés, mientras que para ser presidente del gobierno no se considera preciso. De los seis presidentes de gobierno que hemos tenido, desde la llegada de la democracia hasta hoy, ninguno lo ha hablado.

En estos días, la política es una profesión en donde encuentran fácil acomodo numerosos pícaros y, a menudo, delincuentes que ensombrecen el ya delicado prestigio de los partidos. En consecuencia, la cifra de sus afiliados crece sin cesar, con sueldos que imagino suponen millones de euros por curso, lo que obliga a las formaciones partidarias a rellenar sus arcas cada año que pasa. No hablamos ahora de corrupción o de financiación ilegal. Hablamos del disparado crecimiento de las nóminas de los partidos y del extravagante número de organismos e instituciones públicas con que contamos. La teta de la vaca está exangüe.

Imagino que todas esos salarios se pagan con créditos de los bancos, lo cual supone que nuestras formaciones políticas están permanentemente endeudadas. ¿Sabemos cuánto les deben a los bancos? Y no sólo los partidos, sino también los sindicatos, con su pesado saco de «liberados». No es de extrañar que, cuando CCOO y UGT negocian con la patronal y hacen concesiones, utilicen como contrapeso la palabra «responsabilidad», algo irrisorio e irritante. Porque, ¿cómo explicarle qué significa «responsabilidad» a un profesional medio, a un obrero, o a un joven que estén en el paro? ¿Para qué sirve un sindicato si no es «irresponsable»?.

Cierto es que no podemos destruir el sistema partidista sin que la democracia se haga añicos. Pero sí podemos impulsar, con nuestros votos, una regeneración del escenario público. Creo que ya es hora de volver a contemplar la política como una hermosa aventura desde idearios tan firmes como diversos. Y de impulsar controles de la corrupción mucho más eficaces, un sistema electoral acorde con la realidad democrática de hoy, un adelgazamiento de las instituciones, fórmulas transparentes de financiación de partidos, ampliación de los espacios de libertad colectiva en perjuicio del medro personal…

Y quién sabe si de exigir a los políticos un mínimo de diez años de cotización a la seguridad social y de que, al menos, sepan decir en los foros internacionales «my tailor is rich».

Javier Reverte, periodista y escritor.

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