La banalidad indumentaria

He visto no hace mucho una fotografía del autor de este artículo, ataviado con unos pantalones de pata de elefante, que debieron ser moda furibunda, y que me proporciona un aspecto bastante ridículo, dicho sea con bastante caridad hacia mí mismo. Por no hablar de aquellos pelos largos, larguísimos, tanto que terminábamos haciéndonos una coleta para evitar la permanente bufanda que conformaba tal abundancia de cabello. Muchos años después, los nuevos revolucionarios aparecerían con el pelo largo y la correspondiente coleta, haciendo buena la reflexión de Paul Valery: «No hay nada más antiguo que las vanguardias». Casi tengo miedo de que alguna de esas imágenes con la coleta recogida en un atisbo de cola de caballo caiga bajo la mirada observadora de alguna de mis nietas, y me pregunten, con esa lógica de la infancia y la pubertad, si yo antes era afiliado a Podemos.

Desde luego es mucho más cómodo llevar a cabo la revolución dejándose crecer el pelo y prescindiendo de la corbata, que tener que tomar un fusil, e irse al monte, con lo incómodo que es el monte en cualquier época del año, y mucho más si, encima, tienes que cargar con un arma. Pero la banalización del atuendo se encuentra tan globalizada, que incluso los que se echaron al monte fueron convertidos, primero, en mitos, y, luego, en ropa pret à porter, como le sucedió a Ernesto «Che» Guevara. Si a su amigo Fidel Castro la sociedad de consumo le convirtió su ideario de la revolución en una bebida que mezclaba el ron con la coca-cola, llamándola «cubalibre», la chaqueta de combate del comandante Guevara se transformó en una prenda que se vendía en los grandes almacenes, y que el personal juvenil compraba y se ponía sobre su cuerpo, lo mismo que ahora se compran y se ponen las camisetas de los astros internacionales del fútbol. Nunca llevé esa prenda, porque en esa etapa me identificaba con la izquierda, y me parecía una especie de sacrilegio parodiar al héroe para pasear por el tontódromo de mi ciudad. Lo que sí tuve fue un póster del «Che» en la pared de mi habitación, y que arranqué cuando los pies de barro, de barro negro del héroe, fueron apareciendo, sobre todo en aquél episodio, donde uno de los campesinos enrolados para Sierra Maestra, lleno de nostalgia y deseos de volver a su cabaña para ver a su esposa y a sus hijos, le pidió al Ché licencia para volverse, y el médico argentino, el comandante glorificado, sacó la pistola, le pegó dos tiros y terminó con la molesta y antirrevolucionaria nostalgia.

Luego, todo pasa. El recuerdo del Che Guevara se fue diluyendo, la gente se pasó al whisky y al gin tónic, y lo único que perduró fue la dictadura castrista, una de las pocas que se ha prolongado tras la muerte del dictador. Y también continuó la banalidad indumentaria ensayando otros caminos y otras estéticas. La última es la de los pantalones vaqueros rotos, esa sí que es una moda rompedora, no sólo por la literalidad, sino porque marca un camino a la inversa, que se inició hace unos pocos años, cuando lo elegante no eran los pantalones vaqueros nuevos, sino aquellos usados tan repetidamente que cualquier usuario de la generación anterior los hubiera tirado a la basura. Y como era desesperante esperar a que la tela se desgastara, los fabricantes sacaron a la venta artículo con antigüedad postiza, de tal manera que unos pantalones nuevos parecían que habían sido frotados por las piedras y caminos de medio país durante un par de años.

Pero faltaba una vuelta de tuerca, y como lo viejo parecía aburrido, se descubrió que si, además de viejo, la prenda aparecía destrozada, no habría que buscar ninguna explicación de antigüedad, porque saltaba a la vista. Si a mi tía Pascualina le hubieran dicho que los pantalones rotos se venderían a más alto precio que los caros, y que los que no poseyeran suficiente dinero para comprarse unos pantalones rotos de fábrica, optarían por destrozárselos en casa, hubiera pensado que eso era imposible, que el mundo estaba un poco averiado, pero el personal no iba a alcanzar tal grado de locura. Toda esta moda convive con la recogida de ropa usada para los cientos de miles de refugiados que huyen de las bombas, que desean escapar de la guerra, y que, en su desesperación por vivir, se lanzan al mar, donde muchos, demasiados, encuentran la muerte.

Recuerdo los huevos de madera que se colocaban dentro del calcetín para poder zurcir las roturas, y los cilindros con aguja eléctrica para coger los puntos de las medias, que generalmente se encontraban en el interior de las mercerías. Ahora, los calcetines y las medias se tiran al menor roto, pero aguardo con impaciencia esta evolución banal de la moda, y no me extrañaría nada que, un día, alguna modelo desfile con unas medias rotas, unas buenas carreras que asciendan por la pantorrilla hacia más blandos y púdicos lugares, el destrozo del pantalón llevado a las medias y ya, en su pirueta casi surrealista, la fabricación de medias rotas que, sin dudar, serán mucho más caras que las que no tengan ningún defecto.

Me viene a la memoria el pequeño drama que desencadenaba el más mínimo desgarrón en la manga de un traje. Digo un traje, empleando el artículo indeterminado, pero lo normal era «el» traje, el traje único de los domingos, que posiblemente se estrenó para una boda. Aquel pequeño desgarro, mínimo pero visible, no podía solucionarse como un calcetín, porque el zurcido haría más visible el defecto. Y era entonces cuando se musitaba el nombre de un convento, situado al otro lado de la ciudad, donde unas pacientes monjas, con una gran habilidad, lograban aprovechar los hilos del tejido y con ellos llevaban a cabo el zurcido, de tal manera que, a simple vista, parecía que el traje estaba nuevo.

Hace bastantes años, Manuel Vicent, con esa mirada donde el Mediterráneo y el sentido común se mezclan a la perfección, observó que en las fiestas burguesas de Madrid, cuando encontrabas en los salones a un tipo con todo el aspecto de haberse colado en el evento y haber burlado la vigilancia, vestido de la manera más astrosa, no había dudas: era el hijo de los acomodados anfitriones. Casi todas las vanguardias vienen de antes: los cabellos largos, la ropa vieja, las prendas militares, el comunismo… Y es mucho más cómodo ir a la moda que ir a la guerra. No hay comparación. Más aún, los paisanos que llevan prendas militares son encendidos pacifistas y, si por ellos fuera, suprimirían los ejércitos, porque es mucho más fácil dejarse llevar por la moda que reflexionar y llegar a la conclusión de que son precisamente nuestros ejércitos los que nos permiten ser banales y frívolos. Y no sólo con el vestuario.

Luis del Val, escritor.

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