La banalidad irremediable

Muchos han tenido a Mariano Rajoy por un gobernante astuto, calculador e impertérrito frente a las crisis. La lentitud en las decisiones, el perfil subterráneo de su lenguaje político y la invisibilidad de las ideas han sido para muchos el disfraz de un político de raza que sabía lo que hacía.

Todo acaba de irse al garete: nuevo lenguaje y nuevas caras. La impasibilidad céltico-budista ha dejado paso al despecho y la impaciencia, a la irritabilidad y la palabra áspera ante la eventualidad de que el PSOE confluya con lo que el PP llama extrema izquierda de Podemos. La máscara de Rajoy acaba de hacerse pedazos mientras denuncia la bolchevización de Pedro Sánchez, la radicalidad silvestre camuflada con americana abierta y camisa sin corbata. Y quizá es ese registro artificial y coordinado el que deja a la vista más crudamente la desnudez pálida y canija que hasta ahora pareció templanza de Estado.

Mariano Rajoy ha dedicado respuestas de consigna y repertorio —blandas, borrosas, difusas, esquivas— a aquellas crisis de la actualidad que la mayoría entendía como de gravedad máxima. Durante un tiempo, buena parte de la población ha seguido creyendo que Rajoy debía tener razones graves para mantener su perfil anodinamente numantino cuando en Cataluña se levantaba una montaña de personas contra él y contra el Estado; cuando los jueces levantaban la veda para cazar sin miedo a corruptos profesionales; cuando los periodistas se armaban de valor y sacaban en pantalla y en papel las tramas de chisgarabís forrándose en coches oficiales; cuando la descomposición ética e íntima de su entorno político y gubernamental le tocaba de cerca; cuando la devastación material de las familias más vulnerables ya no tenía marcha atrás.

Pero Rajoy siguió acudiendo imperturbable al guión de la frase hecha, la minimización de los conflictos y la herencia secular y culpable de gobiernos socialistas: sin discurso, sin ideas, sin capacidad de insuflar alguna forma de confianza en su propio electorado en torno a las razones de su calma chicha. La derecha, sobre todo, ha ido fraguando el mito de un Rajoy por encima de las alteraciones atmosféricas, divinal y oracular. Pero la realidad se ha sublevado de golpe y ha probado que la comedia tiene fecha de caducidad: el dulce espectáculo de una Esperanza Aguirre desnudamente adicta al poder ha sido quizá el entremés satírico más sutil del derrumbe del partido de la banalidad, con portavoces de feria como Carlos Floriano o jaques de barra de bar como Rafael Hernando.

Sólo la amenaza de la pérdida del poder ha desatado a Rajoy. No ha habido otra causa que haya arruinado mejor la estrategia de banalizar la política, con Rajoy como encarnación perfecta de esa banalidad. Pero el grado cero de su discurso político lo ha impregnado todo tanto que ahora es víctima de esa misma receta y está políticamente estrangulado. Cuando denuncia la traición de Estado de Pedro Sánchez y su alianza con los machetes de la guerrilla se oye ya sólo la música de la sobreactuación verbal, la retórica mascada y la pura trivialidad a la defensiva, desesperada y sin esperanza.

Los nuevos nombres de ayer nacen viejos, aunque sea sin culpa y aunque todos lo agradezcamos sin tasa. La inconsistencia de tantas ruedas de prensa y tantas declaraciones bufas, la confianza ciega en dormir a la bestia con el runrún de la normalidad pregrabada, la ausencia de ideas de algún brillo, la elusión sistemática de los problemas, la ignorancia fingida ante los desafueros del despacho contiguo, la falsificación alevosa de las responsabilidades, la negación de las evidencias transparentes, la renuncia a enfrentarse alguna vez al gigante sin atreverse siquiera a mirarle a los ojos; no ha sido una estrategia inteligente aunque a muchos se lo pareciese.

Banalizar las crisis va a regresar como un dron teledirigido por los electores y quizá deje sobre su despacho un mensaje de castigo y despedida. Podemos nació para no hacer el menor caso del presidente Rajoy, pero su papel como gobernante, orador y político ofrece combustible con altas dosis de afrodisíaco para que tampoco las otras formas de socialdemocracia hagan el menor caso de las nuevas consignas: son los fuegos fatuos de la desesperación.

Jordi Gracia es profesor y ensayista.

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