La banalización nacionalista del Holocausto

Es muy preocupante la tendencia que están mostrando ciertos sectores del secesionismo catalán de apropiarse y manipular al gusto de su antojo ideológico algo tan universal y despojado de colores políticos como es la Shoá.

Resultó inadmisible hace unas semanas que Elsa Artadi -ex consejera de Presidencia y cabeza de lista de JxCat al Ayuntamiento de Barcelona- comparase la situación de los independentistas catalanes con la de Ana Frank. Y es una vergüenza el espectáculo deleznable de Gemma Domènech -directora general de Memoria Demócratica de la Consejería de Justicia catalana- en el sagrado suelo de Mauthausen, donde  aprovechó su minuto de gloria para traficar con la droga nacionalista.

Hizo bien la ministra de Justicia, Dolores Delgado, en abandonar ese escenario. De un solo golpe el secesionismo había insultado no solamente a nuestra legalidad constitucional sino también, y sobre todo, a la memoria de las víctimas de la Shoá. De todas ellas.

No podemos asumir que hechos obscenos como estos, en los que se manipula y trafica con la sangre de millones de nuestros hermanos, puedan seguir escenificándose impunemente sin una reprobación clara y contundente de todas las instituciones, empezando por las diferentes asociaciones nacionales e internacionales de la Memoria y terminando por los diversos organismos internacionales que garantizan el debido respeto institucional a las víctimas de la Shoá.

Si aceptamos acríticamente profanaciones vergonzosas como esta, será inevitable que se sumen nuevos traficantes de cadáveres. Poco importa la mercancía que nos vendan, pues lo trágico será que habrán logrado cosificar el dolor de millones de inocentes para rentabilizar un vulgar producto mitológico. Habrán banalizado la Shoá el mayor mal perpetrado por la humanidad, cuyo recuerdo intergeneracional es el cordón umbilical que nos conecta con las voces invisibles de millones de nombres que no quieren ser olvidados y que no queremos olvidar.

Pero, además, resulta intolerable la banalización de la Shoá por quienes, precisamente, llevan décadas construyendo muros que nos separan a los españoles y muy especialmente a los propios catalanes. El nacionalismo es hoy en España un serio problema para nuestra convivencia y el nacionalismo fue -no lo olvidemos- la leche emponzoñada con que se nutrió el huevo de la serpiente nacionalsocialista. No son iguales, pero manejan idéntico instrumental afilado.

No existe en la Historia de la humanidad un crimen mayor y con tanta repercusión e impacto en el devenir de nuestra civilización como la Shoá, por eso es indecente instrumentalizarla, como hace el nacionalismo. No es que antes o después del nazismo no hubiera otros crímenes contra la humanidad igualmente trágicos y con millones de víctimas. Ahí están, sin ir más lejos, el comunismo estalinista, maoísta o camboyano y también Ruanda o Guatemala.

No se trata por lo tanto de competir por el sufrimiento, pues el dolor de una sola víctima es suficiente para despertar nuestra ansia de Justicia. No se trata, por lo tanto, de medir el horror, pero sí de recordar con rigor y un enorme respeto y sensibilidad el sufrimiento de millones de víctimas que fueron asesinadas exclusivamente por ser consideradas infrahumanas. Y el crimen en masa se produjo de forma industrial en los lager, siendo esta, quizás, la gran y terrible novedad de la Shoá y lo que convierte a este Genocidio en algo único y distinto a otros genocidios.

Y aquel crimen «no tan lejano, no tan antiguo» -parafraseando el eslogan de la espléndida exposición Auschwitz en Madrid- fue tan inaudito y espantoso, tan fríamente calculado y tan mecánicamente ejecutado que forzó a la Justicia a crear un nuevo tipo penal internacional: el delito de Genocidio, consagrado por la Convención de 1948 de la Asamblea de Naciones Unidas y perseguido desde entonces como el peor crimen posible, pues no afecta a personas concretas sino a pueblos en su conjunto.

Antes de 1948 nadie se había planteado que algo así pudiera ser regulado o proscrito, pues nada así pudo ser imaginado por los legisladores del pasado. Antes de 1948 existían, por supuesto, los crímenes de guerra (ahí estaban varias convenciones de Ginebra para intentar aminorarlos) pero nadie había concebido el Genocidio, nadie imaginó que pueblos enteros de no combatientes, de población civil indefensa, pudiesen ser exterminados por el simple hecho de ser des-humanizados por una ideología nacionalista que primero limitó derechos, después marginó en guetos y despojó de la ciudadanía, y finalmente asesinó a quienes hacía años habían dejado de considerar conciudadanos y hasta personas.

Y fue la Shoá la que trágicamente nos demostró que la maldad humana no tiene límites. Y también fue la Shoá la que nos enseñó que los crímenes en masa habitualmente se gestan envenenando el lenguaje, tergiversando las palabras y el consenso en los grandes conceptos a los que habitualmente se vacía de contenido para rellenar el molde hueco con cualquier producto deshumanizador. Klemperer, el filólogo judío, estudió muy bien esta perversión del lenguaje.

Hannah Arendt calificó de infierno en su estricta literalidad la vida en los campos de exterminio y fue también Arendt quien acuñó la idea de la «banalidad del mal» al estudiar la psicología de Eichmann, el secretario de la «Solucion Final» (de nuevo el lenguaje como arma) y descubrir en aquel criminal no al monstruo esperado sino a un tipo insignificante, irresponsable de sus actos, sometido a una obediencia ciega y vulgar, en resumen un asesino banal y mediocre. Arendt tildó de banal a Eichmann, no a sus crímenes como muchos malinterpretaron en su día.

Y por eso creemos que tenemos el deber no solo de recordar sino también de denunciar a quienes intentan banalizar la Shoá con sus discursos propagandísticos. Y no podemos permitirlo, precisamente porque preservar la memoria de la Shoá implica el respeto a sus víctimas y su legado, y hacerlo desde el rigor histórico. Y ese respeto es incompatible con un zoco en donde, además, se pretende mercadear con la ponzoña nacionalista.

Fernando Navarro es presidente del Centro de Investigaciones sobre los Totalitarismos y Movimientos Autoritarios (CITMA).

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