La batalla de Europa contra los xenófobos

Es paradójico que la cuestión migratoria haya alcanzado su punto más crítico -el que parece capaz de derribar al Gobierno de Angela Merkel en Alemania y dejar inconsciente a la Unión Europea- cuando las cifras de petición de asilo se han desplomado en el conjunto de Europa (España es una excepción por las solicitudes que llegan de Venezuela con motivo de la terrible crisis humanitaria de la que el régimen chavista es responsable).

Habría sido lógico esperar que la tormenta política remitiera, que los xenófobos nacional-populistas perdieran fuelle y que pudiéramos concentrarnos en las muy urgentes y necesarias reformas que precisa la Unión, incluso, tal vez, en la oportunidad de tomar el liderazgo liberal que Estados Unidos parece empeñado en abandonar. Pero no ha sido así: la victoria de la Liga de Matteo Salvini en Italia ha venido a aplicar más presión política. Ya no es sólo el Este, el populismo se ha infiltrado incluso en uno de los países fundadores.

En estas circunstancias llegamos a la cumbre del Consejo Europeo que tuvo lugar los pasados días 28 y 29 de junio, con el caso del buque Aquarius todavía fresco en la memoria y en los medios. El Gobierno lactante de Pedro Sánchez se apuntó un tanto simbólico al precio de concedérselo también a Salvini, que pudo cantar victoria ante los suyos. Pero lo más dramático era sin duda el ultimátum contra la canciller alemana por sus socios bávaros de la CSU. Peligraba el faro europeo, la mujer que con sus aciertos y sus errores, con su tozudez y sus principios había capitaneado la nave europea en medio de la tempestad.

En estas condiciones se comunicaron unas medidas que me resisto a llamar acuerdo. Fueron una serie de vaguedades y declaraciones de intenciones con escaso sustento. Se habló de centros en suelo europeo sin que ningún país se ofreciese y con serias dudas sobre su legalidad. Se mantuvo la posibilidad de montar centros también en los países del norte de África, aunque, como es obvio, no puede hacerse sin su permiso. Se propusieron acuerdos voluntarios entre países para la reubicación, dando por imposible que cada cual asumiera su parte de responsabilidad y, por tanto, concediendo a los países de Visegrado lo que querían. Se aumentan algo los fondos, en especial los que irán destinados a comprar la voluntad de Marruecos. ¿Recuerdan que pocos días antes de la cumbre llegaron a costas españolas varias importantes oleadas de pateras? Dudo de que fuera simple coincidencia.

Es poco, muy poco, apenas nada. No se abordó lo esencial, la reforma del Reglamento de Dublín que convierte la entrada de migrantes en una cuestión del país al que llegan en lugar de una cuestión europea. Y ni siquiera está claro cómo se va a concretar lo poco que se anunció. No nos hemos dotado de una política común por todos compartida y para todos vinculante, sino que se deja el peso de la cuestión en manos de los países del sur de Europa.

¿Y para qué? ¿Qué esperamos conseguir renunciando a la creación de una política común, permitiendo que los gobiernos de Visegrado saquen músculo ante su electorado? Poco antes de la cumbre, el presidente del Consejo, Donald Tusk, defendió propuestas que él mismo calificó de “duras” porque si no se llevaban a cabo “se verán algunas propuestas realmente duras del algunos tipos realmente duros”. Es decir: cedamos ante los nacionalistas xenófobos para evitar más nacionalismo xenófobo. Craso error. La experiencia nos enseña (y en España lo sabemos muy bien) que el nacionalismo es insaciable por naturaleza. Que las concesiones no sirven para avanzar en una negociación por un bien mayor común, sino que siempre son un retroceso para el que cede, y una ocupación mayor para el que impone. Pero ¡ay!, el viejo posibilismo de la realpolitik, siempre bordeando el cinismo…

Créanme, estoy muy a favor del realismo en política, estoy curada de maximalismos y aprecio el valor del compromiso. Pero me temo que en esta cuestión concreta nos estamos equivocando. No vivimos ya una crisis de refugiados ni migratoria, vivimos una crisis política alimentada por determinados líderes que atizan -como no se recordaba desde hace ocho décadas en Europa- los prejuicios étnicos y raciales. Estamos en una guerra cultural en la que los hechos son manipulados para encajar con los prejuicios. Deberíamos crear una política migratoria y de asilo común en la Unión, pero no porque nos vaya a servir para ganar a los nacionalistas, sino porque es la única forma en que se puede abordar este asunto sin traicionar los valores fundacionales. Incluso aunque no lo hiciéramos, aunque atendiéramos las reclamaciones de Visegrado y desnaturalizáramos el proyecto europeo liquidando la libertad de movimientos y socavando los Derechos Humanos, no conseguiríamos la paz, sólo el deshonor. Mientras haya un voto que rascar apelando al racismo, habrá un caudillo de retórica inflamada lanzando sus invectivas.

Pocas veces decidimos las batallas políticas en las que nos vemos envueltos. Ésta no la hemos empezado nosotros, los defensores del orden liberal europeo, pero no nos está permitido ausentarnos. Así que no sólo debemos insistir en la necesidad de la reforma migratoria, sino que tenemos que desarrollar un discurso potente y comprensible que neutralice al de los nacionalistas. No debemos dudar en señalar su xenofobia y racismo, aunque a ellos les moleste; no podemos cansarnos de responder con datos ciertos a sus mentiras; debemos señalar que cualquiera podría verse obligado a emigrar; y tenemos que recordar que quien en Polonia o Hungría discrimina a los extranjeros se hace aliado de aquellos que en otros países discriminan a polacos o húngaros.

Necesitamos una alianza entre conservadores moderados, socialdemócratas y liberales para revitalizar los principios en los que se basan nuestras democracias y la propia idea de Europa. Cuanto antes asumamos que nos han declarado una guerra cultural, antes podremos empezar a ganarla.

Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

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