La batalla de los bonos

Todo el mundo sabe que Grecia suspenderá los pagos de su deuda exterior. La única cuestión estriba en la forma mejor de organizarlo para que nadie entienda en realidad que así es.

A ese respecto, no faltan planes de expertos: entre ellos, la recompra de bonos, la permuta de bonos y la creación de eurobonos, versión europea de los bonos “Brady” emitidos por países latinoamericanos que suspendieron pagos en el decenio de 1980. Todos esos bonos equivalen a apilar un lote de bonos sobre otro para intentar cuadrar el círculo de la incapacidad de Grecia para pagar y reducir al mínimo las pérdidas que afrontan sus acreedores, la mayoría de ellos bancos europeos.

Todas las semanas, una ridícula camarilla de banqueros y ministros de Hacienda europeos se arrastra de una capital a otra para examinar qué plan de suspensión de pagos o reestructuración adoptar. Entretanto, la agonía de Grecia continúa y los “mercados” esperan para abalanzarse sobre Portugal, Irlanda, Italia y España.

Nadie que no esté muy versado en  los tejemanejes financieros puede ver sentido en esa batalla de los bonos, pero, tras ella, hay dos actitudes morales, que son mucho más fáciles de entender.

La primera es la desaprobación tradicional de la deuda. La norma más antigua en las finanzas personales es la de rehuir la deuda, es decir, nunca gastar más de lo que se gana. Los economistas y los moralistas han coincidido en la creencia de que se debe gastar menos de lo que se gana: “ahorrar” para un caso de necesidad o para la vejez.

Durante mucho tiempo se relacionó el endeudamiento con la vida despilfarradora o la apatía y, si una persona se endeudaba, se consideraba un punto de honor saldar la obligación a su vencimiento vendiendo activos, reduciendo el consumo, trabajando más o mediante una combinación de las tres cosas. De hecho, con frecuencia era más que un punto de honor: el incumplimiento del deber de saldar la deuda a tiempo llevaba al deudor a la cárcel.

La misma actitud regía la deuda institucional. Los bancos nacieron de un procedimiento mediante el cual los orfebres de oro y plata, que, por un pequeño precio, aceptaban depósitos para su custodia. Cuando pasaron a ser entidades crediticias, su norma más antigua consistía en mantener reservas líquidas de casi el 100 por ciento correspondientes a sus préstamos, para no verse sin fondos, si la mayoría de sus depositantes decidían retirar su dinero al mismo tiempo.

Asimismo, antes de la introducción de la responsabilidad limitada en el siglo XIX, los accionistas o los socios de una empresa eran responsables de todas sus deudas, lo que limitaba gravemente su disposición a endeudarse para financiar el comercio.

También para la hacienda pública, la norma ortodoxa era la de que los presupuestos siempre debían estar equilibrados; excepto en casos de emergencia, los gobiernos nunca debían gastar más de lo que “ganaban” con los impuestos.  También para los gobiernos era un punto de honor saldar las deudas que contraían, fuera cual fuese el sacrificio que entrañara para el país. Hasta época reciente, se consideraba que los soberanos “maduros” siempre saldaban sus deudas, mientras que sólo las repúblicas bananeras dejaban de hacerlo.

La substitución de esas normas y procedimientos arraigados fue muy lenta, pero en el siglo XX, con unas condiciones de mayor seguridad y un crecimiento económico continuo, llegó a ser normal que las personas, las empresas y los gobiernos se endeudaran antes de obtener las ganancias previstas: que gastasen dinero que no tenían, pero esperaban tener.

Al desaparecer el miedo a las retiradas en masa de depósitos bancarios, los coeficientes de reservas de los bancos disminuyeron, con lo que mejoraron las condiciones crediticias. Sobre esa sólida base se erigió un imponente edificio de mercados de bonos y bancos que redujo el costo de la financiación y, por tanto, aceleró la tasa de crecimiento económico.

Ese sistema de intermediación financiera que estuvo al borde del desplome en 2008 fue el que pareció justificar para muchos las antiguas advertencias sobre los peligros del endeudamiento. En su exhaustivo examen histórico de las crisis financieras, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff escriben: “Una y otra vez, los países, los bancos, las personas y las empresas se endeudan excesivamente en los buenos tiempos sin tener suficiente conciencia de los riesgos que seguirán cuando azote la recesión inevitable”.

Pero hay una actitud moral contraria, que consiste esencialmente en que, si bien hay que deplorar la deuda excesiva, el culpable de ella es el prestador, no el prestatario. “No seas ni prestatario ni prestador”, advertía Polonio en Hamlet. Se identificaba préstamo de dinero con interés con la “usura”, es decir hacer dinero con dinero y no con bienes o servicios, distinción que se remonta a Aristóteles, para quien el dinero era algo yermo. El prestamista fue la figura más odiada en la Europa medieval.

Hasta el siglo XIX no se eliminaron las últimas restricciones legales de la obtención de interés por el dinero, cuando sucumbieron ante el argumento económico de que el préstamo de dinero era un servicio por el cual el prestador tenía derecho a cobrar lo que el mercado permitiese, pero la teoría de la usura sobrevivió en la opinión de que era moralmente reprobable obtener una cantidad suplementaria precisamente por la debilidad del prestatario para negociar o su necesidad extrema.

Esas dos actitudes morales se enfrentan hoy en la batalla de los bonos. La exigencia de pago de la deuda choca con el principio de su condonación. En opinión del prestador, el tipo de interés del 17 por ciento que el Estado griego debe pagar hoy por sus bonos a diez años refleja exactamente el riesgo del prestador al comprar la deuda estatal griega. Es el precio del pasado despilfarro, pero, en opinión del prestatario, es abusivo, porque se aprovecha de su desesperación.

Una sensata posición intermedia sería sin lugar a dudas la cancelación acordada de una porción de la deuda griega vendida, junto con una moratoria de cinco años del pago de los intereses del resto. Así se aliviaría inmediatamente la presión que padece el presupuesto de Grecia y se concedería a su gobierno el tiempo y el incentivo necesarios para poner en orden la economía del país.

Sin embargo, a largo plazo tendremos que responder la pregunta más amplia que las diversas crisis de la deuda de la zona del euro han planteado: ¿compensa el valor social del abaratamiento de las financiación el infierno padecido por los deudores desesperados?

Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica y profesor emérito de Economía Política en la Universidad Warwick. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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