La batalla de un hombre solo

Por Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino, autor de La novela de Perón, Santa Evita y El vuelo de la reina. Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 03/04/06):

Conocí a Boris Spivacow, uno de los más grandes editores argentinos -si no el más grande de todos- hacia 1978, mientras yo vivía exiliado en Caracas y él se exponía en Buenos Aires a las arbitrariedades de la dictadura militar, sin preocuparse por las consecuencias. “No tengo miedo”, me dijo más de una vez. “No tendría por qué tenerlo. ¿Acaso estoy haciendo algo malo?”. Pocos argentinos discernían entonces con claridad qué estaba bien y qué mal, y a miles de personas les costó la vida esa confusión en la brújula de las certezas. Spivacow confiaba en sus propios valores y sabía exactamente lo que quería: poner todas las expresiones del conocimiento y de la imaginación al alcance del mayor número de personas. Quería educar e informar.

En esos años de sordera y de estulticia, tales intenciones equivalían a apuntar con un arma de guerra a la cara de los comandantes militares. El éxito de la dictadura se basaba en la ignorancia, en dictámenes autoritarios que nadie osaba discutir. Con una ingenuidad de otro mundo, Spivacow desafiaba al poder todos los días, publicando más de 250 libros al año en su pequeña empresa, el Centro Editor de América Latina.

Lo recuerdo muy bien. Era alto, corpulento, con una inteligencia tan vivaz y alerta que, a la menor distracción en el interlocutor, la inteligencia volaba y había que correr para alcanzarla. Su buen humor era inquebrantable, una incesante declaración de vida. Más de una vez en Caracas, mientras visitaba a su hija Silvia y a sus dos nietas, llegaban versiones de que iban a matarlo apenas regresara a Buenos Aires. La gente que lo quería le suplicaba que se fuera del país, pero Spivacow los rechazaba con un ademán compasivo. “No podemos dejar la cultura en las manos equivocadas”, decía. “Si no hacemos algo, cuando salgamos de esta pesadilla el país se habrá estancado en la edad de piedra”.

En vísperas de la Navidad de 1978, la felicidad artificial que había deparado el campeonato mundial de fútbol estaba disipándose. La tasa de inflación anual superaba el 160% y el producto bruto decaía a paso firme. A eso de las 9.30 de la mañana, el 7 de diciembre de aquel año, los depósitos que el Centro Editor alquilaba en Avellaneda fueron allanados y clausurados por inspectores municipales y por el Cuerpo de Caballería de la región. Un mayor retirado del Ejército que actuaba como juez federal ordenó que los libros estuvieran disponibles para un fuego purificador y decidió el arresto de 14 peones, todo bajo la acusación de infringir la ley que castigaba a los ciudadanos responsables, “por cualquier medio, de alterar o suprimir el orden institucional y la paz social de la nación”. Esas frases consentían un delta de interpretaciones, y ninguna de ellas protegía la conciencia de los individuos.

Spivacow no durmió aquella noche. Una lectura rápida de lo que había sucedido en los últimos 30 meses indicaba que el Ejército iría a buscarlo de un momento a otro. Su familia y quienes trabajaban con él le perderían el rastro y quizá nadie volvería a verlo. Como tenía el pasaporte y las visas en orden, a la mañana siguiente podría haber tomado el primer avión hacia Caracas, donde vivía parte de su familia. La menor ráfaga de sensatez le habría señalado que ése era el único camino para seguir con vida. Para Spivacow, sin embargo, la seguridad y la sensatez estaban siempre un paso atrás que las razones de conciencia.

La imagen de los 14 peones presos lo desveló. Decidió presentarse ante el juez al día siguiente y explicar que él era el único responsable de que aquellos libros insumisos circularan en la Argentina. No necesitaban sino un rehén: él mismo. Como preveía que, de todos modos, le harían preguntas sobre circulación, facturación y almacenes cuya respuesta desconocía, llamó a los encargados de las diversas áreas de la editorial para preguntarles si querían acompañarlo. Todos aceptaron. Se encontraron a las ocho de la mañana en una esquina del centro de Buenos Aires, junto a la parada del ómnibus 39. La idea era llegar juntos a la estación Constitución y tomar el tren a La Plata. Entrarían al juzgado antes de las once. Spivacow llevaba un maletín con una muda de ropa, cepillo de dientes y algunos papeles. Ya que iban a detenerlo, quería estar preparado.

Su hijo Miguel, que entonces tenía 24 años y era médico, quiso estar a su lado. En buena hora, porque a 200 metros de Constitución ya todos los encargados los habían dejado solos.

Miguel se acuerda todavía de las frases, repetidas con idéntico temblor casi en cada una de las paradas: “Boris, lo siento. Hasta acá llegué. Acá me bajo”.

Cuando estaban por abordar el tren, Miguel le preguntó: “Papá, ¿no tenés miedo? Todavía estamos a tiempo de volver. Todavía podés irte del país”. “¿Y dejar que los peones se jodan? No, Miguel, hay que tener valor para defender tus valores”.

Después de tantos años, la osadía de Spivacow parece inverosímil. En el ómnibus vivió una experiencia que evoca la sinfonía 45 de Haydn -llamada “Del Adiós”- en la que avanza la música mientras cada uno de los instrumentos va desapareciendo y callando en la oscuridad.

Lo que siguió, cuenta Miguel ahora, era impensable entonces. Spivacow entró al juzgado junto a un abogado de Bánfield cuyo nombre ya nadie recuerda, respondió a las preguntas del mayor De la Serna y, para su pasmo, antes del mediodía salió de allí sin mella. También los 14 peones encarcelados quedaron en libertad.

Miguel, mientras tanto, ya de regreso en Buenos Aires, acompañó a su madre hasta La Plata en un taxi donde los dos enfermaron de incertidumbre y de congoja. Nadie en el juzgado sabía el destino de Spivacow, y durante horas anduvieron de un lado a otro buscándolo como alucinados, hasta que al fin dieron con él donde menos lo esperaban: en su propia casa, de regreso, indiferente ante la suerte desatinada de aquel día.

Treinta años después del golpe militar que sumió a los argentinos en una forma desconocida de barbarie, la resistencia solitaria de Spivacow es una señal de que aun entonces se podía vivir en la oscuridad sin bajar los brazos. Aun en aquel océano de indignidad, la dignidad del individuo era posible. Sólo hacía falta coraje, voluntad, y fe en que -tal como dijo William Faulkner en su discurso del Premio Nobel- “la inextinguible voz de la condición humana no sólo perdurará: también prevalecerá”.