La batalla ideológica

Es una de las asignaturas pendientes de la democracia y la respuesta que aún no hemos sabido dar a los desafíos secesionistas. No es que no haya que esgrimir ante el órdago de Artur Mas esos argumentos jurídicos y económicos que hemos tardado tanto tiempo en empezar a usar con el debido vigor y rigor. Es que la batalla de la legalidad o la de las cifras fiscales se quedan cortas si no libramos la batalla en el terreno de la ideología, que es donde los nacionalismos catalán y vasco se mueven como peces en el agua, pero donde tienen, curiosamente, su mayor debilidad y su inconsistencia básica. Por pereza mental o un mal entendido sentido práctico, por complejo o pura ignorancia, hemos actuado frente a ellos «como si no tuviéramos la razón ideológica» cuando es ése nuestro gran capital.

La batalla ideológicaUn ilustrativo ejemplo de esta carencia: cuando, en abril de 2013, los socialistas amagaron una alianza con EH Bildu para hacerse con el Gobierno de Navarra, el gran argumento que se usó contra aquel pacto y que logró abortarlo fue que ETA aún no se había disuelto. ¿De verdad que ésa era la única objeción que podíamos poner a un acuerdo de esa índole? ¿Hasta ese punto llegaba nuestro desarme doctrinal, intelectual y argumental? Si ETA se hubiera hecho el harakiri en las fechas en las que se planteó aquella moción de censura, nada habría evitado que ésta saliera adelante y que se consumara ese truculento acuerdo con los socialistas que, finalmente, EH Bildu hoy no ha necesitado para alcanzar su objetivo de formar parte del Ejecutivo Foral. Ni Rubalcaba habría podido esgrimir «la razón moral» para frustrar la maniobra ideada por Roberto Jiménez ni habría deseado hacerlo sino, al contrario, la habría auspiciado y aplaudido con las orejas. Nos hallamos, de este modo, ante la brutal paradoja de que Yolanda Barcina pudo agotar la legislatura al frente de la presidencia de Navarra gracias a la propia supervivencia de ETA. ¿Cómo pudimos llegar a ese absurdo que auguraba la calamidad presente? ¿Qué habíamos hecho mal o, mejor dicho, qué no habíamos hecho bien para hallarnos situados en la grotesca contradicción de usar a ETA como un «seguro democrático» contra la propia ETA; como «el único obstáculo» a que su brazo político llegara al poder en una comunidad autónoma; como esa precaria, última y patética garantía de la vida democrática institucional que en el 24-M dejó de ser efectiva?

La batalla ideológica, sí. Llegamos a aquella paradoja aberrante porque no hemos sido capaces de combatir el cáncer totalitario en su dimensión real sino que, por el contrario, hay quien se ha dedicado a ver un modelo de civismo en el nacionalismo catalán –porque no llegaba a los «excesos» del vasco– y a repetir hasta la saciedad que la secesión era «una opción perfectamente legítima y democrática mientras no se matara en su nombre», cuando quienes la defienden no se cansan de hablar de falsos derechos colectivos –que, por definición, niegan los individuales– y de decirnos que entienden Euskal Herria y Cataluña como «sujetos históricos de derecho», o sea que para ellos el proyecto nacional, la tierra, la tribu, la etnia, la lengua, la independencia… se anteponen a los ciudadanos, a sus derechos y a la legalidad que los protege.

Ese modo de pensar ha salido históricamente muy caro. Posee una larga tradición trágica y no es difícil rastrear sus orígenes en el idealismo hegeliano, que a su vez es una de las grandes raíces filosóficas de los episodios más negros del siglo XX. De nada sirve aludir al nazismo y al fascismo, como ha hecho Felipe González, si se obvia el comunismo y no se va al origen ideológico del mal. Emprender la batalla ideológica es comprender que ETA no ha matado durante medio siglo por casualidad, sino gracias a un credo doctrinal según el cual las personas y sus vidas no valen nada. Es comprender que se puede llegar a hegeliano siendo analfabeto o político mediocre o burócrata encorbatado o líder de los verdes, y que, aunque hoy no mate, una ideología que sitúa al ser humano por detrás de unos entes matéricos, o de una idea abstracta que lo reduce a peón sacrificable del ajedrez político, es en sí misma perversa; posee de manera intrínseca el germen totalitario y sólo puede ser fuente de violencia en diferentes modalidades y grados.

De una ideología así puede esperarse cualquier cosa: que arruine una economía o desafíe a una democracia; que prohíba rotular comercios en una lengua oficial o convoque consultas plebiscitarias fuera de la legalidad y contra ésta; que manipule la Historia o dinamite la convivencia. Todos ésos son tramos de un negro trayecto que tiene en la mayor expresión de la violencia su última estación. Todas ésas son ya expresiones de violencia. Es agresiva, es hostil, es incivil, es violenta en sí misma la reclamación de una independencia que no surge de una situación de colonialismo sino del puro odio etnocultural, esto es, del deseo expreso de eliminar al otro del espacio físico y de decisión política. Lo es el programa que se basa en enseñar ese odio para alcanzar ese objetivo. Lo es mentir e inventar agravios para justificar dicho odio y generarlo en mayores dosis. Los independentismos vasco y catalán necesitan del odio y la mentira porque la idea de la independencia es tan traumática y dramática que sólo se puede hacer verosímil odiando y mintiendo, mintiendo y odiando.

Frente a esas pasiones pedestres, los valores de la igualdad, la libertad, la solidaridad, la unidad, la convivencia y la ciudadanía que inspiraron la Constitución del 78 son éticamente superiores. Lo que se llamó el «constitucionalismo vasco» no fue una etiqueta para distinguirnos de los nacionalistas en la burda liga de fútbol político o en la riña goyesca a garrotazos en las que éstos nos querían meter para escenificar la división de dos bandos moralmente iguales, sino el primer y más serio paso que se ha dado en esa batalla ideológica por construir un cuerpo teórico que hiciera valer ese espíritu que encarna la Carta Magna y que debe regir cualquier reforma que se haga de ésta. Prueba de que es ahí donde les duele a los nacionalistas es la furia con la que tacharon de «esencialista» la invocación que se hizo en su día, desde ese mismo discurso emanado del Movimiento Cívico, al «patriotismo constitucional» de Habermas cuando ese concepto es un seguro contra los esencialismos que ellos representan. La batalla ideológica no consiste en ponerse a la altura del secesionismo sino en delatar la baja estatura de sus valores; en desbaratar su mascarada identitaria, no en entrar en el juego y la pelea de las identidades. No consiste en impostar la españolidad para oponerla a la catalanidad ni en españolizar (como decía con poca fortuna el exministro Wert) a quienes ya son españoles aunque lo nieguen. Jugar a nacionalistas y españolistas es una concesión, una trampa. Si reducimos el totalitarismo que teje los sueños de Mas a «un partido de Cataluña contra España», desistimos de denunciar su gravedad.

Erraríamos como lo hemos hecho ante al mal totalitario que aún asola al País de Vasco. Si centramos ese mal en que ETA no ha entregado las armas, el día en que lo haga nos quedaremos más desarmados que nunca. Como ocurrió cuando se disolvió Terra Lliure. Para no agradecer hoy nada a la ETA que mataba debemos dejar de agradecer al independentismo catalán que no mate. La batalla ideológica consiste en recordar que, no por renunciar al terrorismo, se es demócrata. La prueba es el 27-S.

Iñaki Ezquerra es escritor.

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