La batalla por la narrativa

Por Joseba Arregi, ex consejero del Gobierno vasco y actual presidente de la asociación cultural Aldaketa (EL MUNDO, 16/08/08):

Han sido muchas las victorias que las víctimas han conseguido en los últimos años. Y aunque han estado acompañadas, especialmente durante los últimos años, demasiadas veces han tenido que pelear esas victorias en soledad. Hoy las víctimas son visibles, ocupan un espacio público, se hacen sentir, se dejan oír. Y por todo ello molestan. Pero es necesario que lo hagan.

La sensibilidad de las víctimas está presente en las últimas semanas porque, en cumplimiento de las leyes, se van produciendo excarcelaciones de presos, y porque ha saltado a la conciencia de muchos ciudadanos un hecho que era sabido: que las indemnizaciones incluidas en las sentencias condenatorias pocas veces han sido materializadas por los condenados. Además se van conociendo casos de subterfugios para que no tengan que hacerlo nunca.

El caso de De Juana Chaos, así como del asesino de Baglietto y su cristalería, no han hecho más que servir de cauce de una realidad dolorosa para las víctimas: el asesino recupera la libertad, que no la conciencia, y puede establecerse donde le plazca, aunque sea en la cercanía de víctimas. Los asesinos pueden rehacer su vida profesional y poseer negocios, aunque no hayan indemnizado a las víctimas de su o sus asesinatos.

En esta situación, las víctimas dan cauce a su dolor, a su sensibilidad. Y, también en este contexto, no faltan quienes afirman la necesidad de atenerse a lo que ordena la ley -al menos mientras no se cambie- y piden cautela ante lo que pudiera parecer ensañamiento con quien ya ha cumplido la pena impuesta en la condena.

Pero es preciso saber leer en profundidad lo que se encuentra en la manifestación de dolor, en la sensibilidad especial de las víctimas. Mucho se ha avanzado en los últimos años en el tratamiento que van recibiendo de las instituciones públicas y de la sociedad en su conjunto. Hoy las víctimas son visibles en la sociedad. Hoy los políticos, del color que sean, no tienen más remedio que enfrentar la cuestión de las víctimas, incluso si les molesta. Pero la historia no ha terminado. No basta con homenajes públicos, aun institucionales, y por muy necesarios que sean.

En estos momentos, a través de algunos casos específicos como el de De Juana Chaos, se está librando la batalla por la narrativa; es decir, la lucha por establecer quién va a escribir esa narrativa y quiénes van a ser en esa narrativa los héroes y quiénes los verdugos. Lo que en estos momentos reclaman las víctimas es que no se termine escribiendo una historia en la que se oculte la existencia de los verdugos, en la que los verdugos no sean señalados como tales. Lo que en estos momentos reclaman las víctimas es que no se escriba una historia en la que parece que no ha pasado nada, en la que los asesinos salen a la calle y todo parece olvidado, todo vuelve a ser normal.

Lo que en estos momentos reclaman las víctimas es que su visibilidad, esa visibilidad conseguida con tanto esfuerzo y con tanto desprecio por parte de no pocos políticos y de parte de la sociedad vasca. Reclaman que la historia que se escriba sea una historia de la derrota de ETA y de la victoria del Estado de Derecho, de la democracia. Que la historia que se escriba sea una historia en la que aparezca con claridad que unos ciudadanos, normalmente por representar de una forma u otra a ese Estado de Derecho, a la democracia, al espíritu de pacto y al pluralismo que caracteriza a la sociedad vasca, fueron asesinados en nombre de un proyecto político que era incapaz de incluirlos.

Y con esta batalla que están librando las víctimas están haciendo un favor enorme al conjunto de la sociedad, a la española, pero especialmente a la vasca: porque ambas necesitarán para construir un futuro más democrático en el que el Estado de Derecho sea más fuerte, una narrativa en la que aparezca con claridad el significado político de las víctimas asesinadas. Si ello no sucede, la sociedad española, y especialmente la vasca, construirán su futuro sobre la ocultación de su propia cobardía, y de ello no se puede esperar nada bueno.

Las víctimas no están buscando un protagonismo inadecuado. No pretenden constituirse en agentes políticos en sustitución de las instituciones y de los partidos, a no ser que en algún momento vean quebrar, por la actuación de dichas instituciones y partidos, y por el lenguaje que se apodera de la opinión pública con ideas de negociación, de diálogo, de repartir razones, de entender la posición del enemigo, su propia narrativa, la de las víctimas.

Pero, para que puedan ceder el protagonismo que han adquirido, deben cumplirse varias condiciones, las que dotan de garantías a la narrativa que necesitan. La primera ya se está cumpliendo, en la medida en que el discurso de la derrota de ETA, de la victoria del Estado de Derecho y de la democracia, se está convirtiendo en un discurso compartido por casi todas las fuerzas políticas, al menos por las más importantes: el PSOE y el PP.

Una segunda condición no se ha cumplido todavía y es, quizá, la más importante. Es la que se refiere a la definición del futuro político de la sociedad vasca. Esta segunda condición se habrá cumplido cuando las víctimas vean garantizado que el futuro político de la sociedad vasca se sustenta en el reconocimiento de que el supuesto proyecto político que defendían los asesinos de ETA es imposible precisamente por la violencia empleada como instrumento.

Si el futuro de la sociedad vasca se sustentara en un proyecto político parecido al de ETA, significaría que hubo alguna razón que justificaba los asesinatos. Significaría que se termina dando la razón, al menos en parte, a los asesinos. Significaría quebrar totalmente la narrativa que quieren y que necesitan las víctimas. Lo que el significado político de las víctimas asesinadas implica es que el futuro político de la sociedad vasca no puede estar sustentado en el proyecto que sirvió para matarlas. Ni más, ni menos.

Sólo cuando esta garantía se materialice de forma fehaciente, cuando desaparezcan dudas acerca de su materialización, sólo entonces podrán las víctimas comenzar el tránsito a su propia privacidad, el abandono del escenario público, porque habrán ganado la batalla por su narrativa. Y ésa es la tercera condición: que las víctimas puedan acometer la gestión privada de su dolor porque existan las garantías públicas de que pueden intentar curar sus heridas en privado. Si algunos políticos, especialmente los nacionalistas, se sienten molestos con el protagonismo y el significado político de las víctimas, lo tienen muy fácil: nadie mejor que ellos para garantizarles que el futuro de Euskadi no tendrá ningún parecido con lo que ETA quiso asesinando a sus familiares.

Pero todos los movimientos del nacionalismo vasco en los últimos años apunta en la dirección contraria. Son movimientos que tratan de salvar lo insalvable, que tratan de rescatar el proyecto nacionalista común incólume de la contaminación a la que lo ha sometido el terrorismo de ETA. Y las víctimas poseen un olfato muy fino para percibirlo y ver que en ello se esconde la quiebra de la narrativa que necesitan para regresar a su privacidad, para llorar privadamente a sus muertos, porque su memoria y su significado político están recogidos en la definición política de la Euskadi futura.