La batalla por los árboles de Miró

Parque Joan Miró en Barcelona.Gianluca Battista
Parque Joan Miró en Barcelona.Gianluca Battista

Las cotorras vuelan frente a mi balcón. Podrían pasar desapercibidas entre los árboles de la peatonal, pero el canto es inconfundible. Cada mañana, el mismo ritual: mi perro rasca la puerta, me abrigo y caminamos juntos, en la misma dirección que las cotorras. A media cuadra nomás, detrás de la biblioteca, pongo los pies sobre la tierra. Respiro otro aire. Las tórtolas vuelan junto a las gaviotas que se atreven a dejar atrás el mar y dar unas vueltas sobre este mismo cielo. Quien puede sentir el rumor de las criaturas en plena ciudad, sabe que es pura fortuna. Yo también lo sé. Los vecinos de L´Esquerra de l´Eixample lo sabemos. El Parque Joan Miró con sus palmeras y pinos y encinas y plantas coloridas que crecen y alumbran los jardines para la biodiversidad, son el oxígeno que respiramos. Y queremos protegerlo.

De un tiempo a esta parte, escuché el rumor. Los carteles pegados en los ventanales de la biblioteca o sobre los postes de luz de las veredas. Las concentraciones de los alumnos del instituto Ernest Lluch. Las convocatorias de la asociación barrial. Todos bajo la misma consigna: #SalvemElParcJoanMiro. Un pulmón verde de vital importancia, sobre todo, por estar ubicado en el distrito que registra más contaminación en la capital catalana, con niveles que superan el límite legal anual permitido de exposición al dióxido de nitrógeno —asociado al tráfico—, según el último informe de la Agencia de Salud Pública de Barcelona. Una exposición con daños concretos a la salud: podría causar cerca de 1.500 muertes al año por asma infantil o cáncer de pulmón, entre otras enfermedades.

La demanda de los vecinos es clara: reclaman a las autoridades que no se utilice este jardín para instalar el área logística de las obras para extender la línea L8 de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya (FGC). Esto implicaría no sólo que un tercio del parque quede inutilizado durante años, sino que sería necesario talar, al menos, 178 árboles de más de 40 años. Sumado a la entrada y salida de camiones con el consecuente aumento de la contaminación acústica y el polvo en suspensión.

El vocal de la asociación barrial, Xavier Riu, dice que para la Generalitat “es mejor y más barato talar árboles que afectar a la Fira de Barcelona o a los automovilistas que circulan por la Avenida Gran Vía”. Una solución que “no tiene en cuenta las consecuencias en la salud de los niños que asisten a las escuelas que rodean el parque”. Por su parte, el Ayuntamiento anunció que seguirá adelante con las obras: iniciarán el próximo 8 de enero.

Mientras recorremos el parque, mi perro hace lo suyo: se olfatea con otros de su especie, hace sus necesidades, tira de la correa para llegar al canil y ser de una vez libre. Sigo su ritmo. Camino a la par. Observo los carteles que niños y niñas colgaron de las encinas, bajo la consigna de apadrinar a los árboles. Esto quiere decir, entre otras cosas, elegirles un nombre. Leo Pececito, Lumax, Venus, Ema y Ostaki. También algunos mensajes: “Gràcies per tots els moments ciscuts i per tots el que han de venir” o “¡No ens matis, estem vius!”.

En uno de los pasadizos, cubierto por pérgolas con glicinas y buganvillas, un hombre alimenta las aves. Ubica algunas migas en su mano y la abre, para que se vayan acercando. La mayoría son palomas, aunque también hay tórtolas color perla. De pronto, una cotorra se para sobre su hombro. Otras la siguen formando una cortina de pluma verde sobre el suelo. Bajan de los nidos que crean en las palmeras a buscar comida. Son habladoras: gorjean constantemente, un chirrido áspero que resuena en el oído. Al parecer, llegaron desde Argentina como animales de compañía, en los años setenta, pero luego escaparon de sus jaulas porque estaban acostumbradas a vivir en la naturaleza. Ahora hay muchas. Cientos en este parque. Miles en toda la ciudad.

Cualquier cambio en el entorno, afecta a la vida de las criaturas. También las relaciones que los animales y las plantas mantienen entre sí. Por ejemplo, una vez que se talan los árboles, un bosque no vuelve a ser el mismo. Aunque se planten otros, es posible que los pájaros que vivían ahí ya no regresen. Lo mismo sucede con los parques. Si los árboles se talan, aunque se reubiquen, hay aves que perderían sus nidos. Plantas que crecen debajo que morirían sin la sombra. Plantas que, a su vez, son refugio de roedores e insectos que sirven de alimento a otros depredadores.

Después de un año de migración, mi perro y yo sentimos este parque como propio. Un pedacito del nido que nos aloja. Y lo que le pase al parque nos afecta. El daño que hacemos al entorno nos afecta como criaturas que somos nosotros también de la tierra. Estemos donde estemos situados en el globo. Tarde o temprano, nos afecta a todos.

Belén López Peiró es escritora. Su último libro es Donde no hago pie (Lumen).

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