La batalla por Moscú / The battle for Moscow will shape Russia’s future

La batalla política más importante ahora en Rusia no es por el control del Kremlin, sino por el poder de su ciudad capital. En efecto, el resultado de la campaña para las elecciones de Alcalde de Moscú importa a todos los rusos –y cualquiera que esté interesado en la suerte de Rusia.

Así como las elecciones presidenciales en los Estados Unidos son importantes para todo el mundo, las elecciones para Alcalde en Moscú son un asunto crucial para la política nacional rusa –y por ende, para su economía. Así pues, lo que suceda en Moscú el 8 de septiembre (y, probablemente en la segunda vuelta dos semanas después) tendrá profundas implicaciones para el futuro del país.

Las elecciones son trascendentales por varias razones. Primero, esta es la primera campaña para alcalde de Moscú desde que el presidente, Vladimir Putin, cancelara las elecciones subnacionales en 2005. (El sucesor de un solo mandato de Putin, Dmitri Medvedev, que ahora es primer ministro, las restableció en 2011). Desde las elecciones de 2004 para elegir Alcalde, Moscú ha cambiado espectacularmente. No solo ahora es la entidad subnacional más grande e importante de la Federación Rusa, sino también es una capital europea principal, una destinación global de negocios y un enorme mercado de consumo.

El consumo per cápita en Moscú es similar al de España o Italia. El tamaño del presupuesto de dicha ciudad es cercano al de la ciudad de Nueva York. Oficialmente, 12 millones de personas viven en Moscú (sin contar viajantes de paso ni migrantes irregulares) –más que en una ciudad europea promedio. Además, antes de este año, el gobierno federal designaba al Alcalde de Moscú, no era elegido por los moscovitas.

Segundo, la actual competencia por la alcaldía es una elección competitiva inusual en la Rusia de Putin. La señal más importante de esto es la participación de Alexei Navalny –por mucho, el oponente político más persistente del Kremlin. Navalny se registró como candidato en las elecciones y empezó a hacer campaña un día después de ser liberado de prisión, luego de ser condenado –cinco años de sentencia– por un caso totalmente fabricado.

Es un misterio por qué el gobierno primero lo encarceló y después lo liberó en menos de 24 horas después. Lo que queda claro es que las autoridades quieren que las elecciones para Alcalde de Moscú sean sustancialmente más competitivas de lo que cualquiera hubiera esperado.

Tercero, gracias a la participación de Navalny, las elecciones de Moscú impulsaron –por primera vez– una verdadera política desde abajo en Rusia. Como se le ha negado el acceso a la televisión, Navalny ha lanzado una campaña puerta por puerta al estilo estadounidense. Ha enlistado a una cifra sin precedentes de 15,000 voluntarios (la mayoría jóvenes) y ha reunido –de nuevo, nunca visto en Rusia– 1.5 millones de dólares con las aportaciones de 8,000 ciudadanos rusos para financiar su campaña.

Los voluntarios en la campaña de Navalny no solo promueven su mensaje en las redes sociales, sino también distribuyen su plataforma y hablan con los votantes en las calles de Moscú y en el metro. Esta es la parte más impresionante (y que nunca se había visto en Rusia). El propio Navalny organiza tres manifestaciones diarias y cinco durante los fines de semana. Su objetivo es organizar una centena para finales de la campaña.

Finalmente, los antecedentes y base de apoyo de Navalny le dan un grado de autoridad moral ante los votantes que otros políticos en la Rusia de Putin no pueden alcanzar. La campaña de Navalny se financia principalmente de aportaciones de rusos ordinarios, que saben que no está en la nómina de algún oligarca o del gobierno.

De hecho, Navalny ha sido un crítico efectivo y persistente de la corrupción en el gobierno ruso y las empresas estatales. Además, incluso cuando sus correos electrónicos han sido hackeados y publicados, y el gobierno ha registrado su casa y confiscado sus computadoras y teléfonos, no hay cargos convincentes contra él –salvo por los casos creados con fines políticos. En consecuencia, los votantes pueden estar seguros de que Navalny, que se negó a doblegarse ante la intimidación legal, está limpio y que está compitiendo no por su propio beneficio material o por órdenes de algún grupo de interés particular, sino porque busca un bien mayor.

Una campaña como la de Navalny, sin duda es muy positiva para el futuro de Rusia. En efecto, los principales problemas del país son la ausencia de una verdadera competencia política y la falta de confianza del público en los políticos rusos, porque socavan el Estado de derecho, permiten a los grupos de interés “capturar” las instituciones estatales y fomentan la corrupción, que en conjunto han conducido a la fuga de capitales y de cerebros. Así pues, el creciente apoyo a Navalny en Moscú es una buena noticia no solo para los ciudadanos rusos, sino también para aquellos que invierten en Rusia.

Sin duda, hay todavía muchas razones para inquietarse. Indiscutiblemente, Navalny no es perfecto, y aunque puede que las elecciones de Moscú sean competitivas respecto de los propios estándares rusos, siguen siendo demasiado injustas en términos de acceso a los medios, financiamiento y el hecho de la intimidación de los votantes. Putin y el partido gobernante no ganaron la mayoría en las elecciones de la Duma en Moscú en 2011 o las elecciones presidenciales de 2012, pero parecen estar seguros de la victoria en la ciudad en esta ocasión. Además, la condena de cinco años de prisión para Navalny sigue vigente, hasta que se resuelva un recurso, cuyo resultado es altamente incierto.

Aunque lo que estamos observando en Moscú rebasa las expectativas de cualquiera. Gane o pierda, la campaña de Navalny tendrá un impacto duradero.

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Today’s most important political battle in Russia is not for control of the Kremlin, but for power over its capital city. Indeed, the outcome of Moscow’s mayoral election campaign concerns every Russian — and everyone who is interested in Russia’s fate.

Just as presidential elections in the United States matter for the entire world, mayoral elections in Moscow matter for Russia’s national politics — and thus for its economy. So what happens in Moscow on Sept. 8 (and, possibly, in the run-off election two weeks later) will have profound implications for the country’s future.

The election is a watershed for several reasons. For starters, this is the first Moscow mayoral campaign since President Vladimir Putin canceled subnational elections in 2005. (Putin’s one-term successor, Dmitri Medvedev, now the prime minister, reinstated them in 2011.) Since the last mayoral election in 2004, Moscow has changed dramatically. It is now not only the largest and most important subnational entity in the Russian Federation; it also is a major European capital, a global business destination, and a large consumer market.

Per capita income in Moscow is similar to that of Spain or Italy. The size of Moscow’s city budget is close to that of New York City. Officially 12 million people live in Moscow (not counting commuters and irregular immigrants) — more than in an average European country. And yet, before this year, Moscow’s mayor was appointed by the federal government, not elected by Muscovites.

Second, the ongoing mayoral race is an unusually competitive election in Putin’s Russia. The most important indication of this is the participation of Alexei Navalny — by far the Kremlin’s most persistent political opponent. Navalny was registered as a candidate in the election and joined the campaign a day after being released from jail, following his conviction — and five-year prison sentence — in a completely fabricated case.

Why the government first imprisoned him and then released him less than 24 hours later remains a mystery. What is clear is that the authorities want the Moscow mayoral election to be substantially more competitive than anyone expected it to be.

Third, thanks to Navalny’s participation, the Moscow election has fostered — for the first time ever — genuine grass-roots politics in Russia. Denied access to TV, Navalny has launched a U.S.-style door-to-door campaign. He has enlisted an unprecedented 15,000 volunteers (mostly young) and has raised — again unprecedented for Russia — $1.5 million dollars from 8,000 Russian citizens to finance his campaign.

Navalny’s volunteers not only promote his message through social media; they also distribute his program and talk to voters in Moscow’s streets and Metro. Most impressive (and completely unheard of in Russia), Navalny himself organizes three street rallies every weekday and five rallies on Saturdays and Sundays. His goal is to hold a hundred such rallies by the end of the campaign.

Finally, Navalny’s background and support base give him a level of moral authority with voters that other politicians in Putin’s Russia cannot attain. Navalny’s campaign is crowd-funded by ordinary Russians, who understand that he is not on the payroll of an oligarch or the government.

Indeed, Navalny has been a persistent and effective critic of corruption in both the Russian government and state-owned companies. Moreover, even though his emails have been hacked and published, and the government has searched his home and confiscated his computers and phones, there are no convincing charges against him — except for the obviously politically motivated cases. As a result, voters can be confident that Navalny, who refused to bow to legal intimidation, is clean, and that he is running for the job not for his own material benefit or to do the bidding of any particular interest group, but because he believes in a greater good.

A campaign such as Navalny’s certainly bodes well for Russia’s future. Indeed, the absence of genuine political competition and the public’s lack of confidence in Russia’s politicians are the country’s main problems, for they undermine the rule of law, enable interest groups to “capture” state institutions, and encourage corruption, all of which have led to capital flight and a brain drain. Thus, Navalny’s growing support in Moscow is good news not only for Russian citizens, but also for those who invest in Russia.

To be sure, there are still many reasons to be worried. Navalny certainly is not perfect, and, though the Moscow election may be competitive by Russian standards, it is still outrageously unfair in terms of media access, financing, and voter intimidation. Putin and the ruling party did not win a majority in Moscow in the 2011 Duma election or the 2012 presidential election, but they seem confident of victory in the city this time. And Navalny’s five-year prison sentence remains in place, pending an appeal whose outcome is completely uncertain.

Even so, what we are witnessing in Moscow far exceeds anyone’s expectations. Win or lose, Navalny’s campaign will have a lasting impact.

Sergei Guriev, a visiting professor of economics at Sciences Po, is Professor of Economics and former Rector at the New Economic School in Moscow. Traducción de Kena Nequiz.

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