La batalla secreta de Tony Blair

Por Mario Vargas Llosa © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2003 (EL PAÍS, 16/03/03):

En los diez días que llevo en Londres he visto -en la pantalla de televisión y las fotos de los diarios- envejecer a Tony Blair. Ha perdido dos o tres kilos, por lo menos, y hay en su cara demacrada unas ojeras profundas y una mirada fija e intensa que delata una tremenda tensión interior. Una revista publicó su horario de trabajo, en la última semana, y producía vértigo: tres o cuatro horas de sueño diarias cuando más, reuniones desde el alba hasta el anochecer que son por lo general ácidas discusiones, viajes relámpago y agotadoras sesiones en el Parlamento donde, por primera vez desde que subió al Gobierno, una importante minoría de su propio partido -más de cien diputados- ha tomado posición abierta contra él en la crisis de Irak. Uno de sus ministros, Clare Short, lo ha llamado públicamente “irresponsable” y anunciado que si Gran Bretaña participa en una intervención armada contra Irak renunciará a su cargo. Según rumores inverificables, cerca de doscientos diputados laboristas y otros dos ministros podrían sumarse a esta rebelión contra el primer ministro en caso de guerra, gravísima circunstancia que podría provocar una crisis interna en el Partido de la que tal vez resultaría -como ocurrió con Margaret Thatcher- la defenestración del líder que hace cinco años llevó al poder al socialismo británico. Quienes le tienen envidia, rencor, o aspiran a sucederlo, preparan ya los cuchillos, como en las tragedias políticas de Shakespeare.

Sin embargo, ni esta oposición interna, ni el todavía más grave rechazo de una gran mayoría de la opinión pública de esta democracia modelo que sigue siendo el Reino Unido -tres cuartas partes de los ciudadanos se oponen a una acción armada que no cuente con el apoyo de las Naciones Unidas, según las encuestas- a secundarlo en su respaldo total a Estados Unidos en sus planes de recurrir a la guerra para desarmar a Sadam Husein, han hecho la menor mella en la convicción de Blair de que, pese a lo impopular que es, su postura en la crisis de Irak es la más justa desde el punto de vista ético y, desde el político, la que defiende mejor los intereses de Gran Bretaña y de la comunidad internacional. Y se ha dedicado a defenderla no sólo ante los jefes de Estado europeos que discrepan de ella, en animados diálogos telefónicos, sino ante grupos y personeros representativos de esa opinión pública que le es hostil. En su debate con una cuarentena de estudiantes de distintas nacionalidades, en un canal de televisión para jóvenes, salió bastante bien parado, rebatiendo con mucha lucidez y ponderación a quienes lo acusaban de “perrito faldero” de Bush y de auspiciar una guerra colonial cuyo verdadero designio es la avidez imperialista por el petróleo iraquí. Sobre este último punto recordó que Gran Bretaña es exportadora de petróleo, y que -a diferencia de Francia, por ejemplo, con quien el régimen iraquí ha contraído una deuda cuantiosa- no tiene inversión alguna en la explotación del oro negro iraquí. En cambio, la polémica de Blair con un grupo de mujeres pacifistas, en un canal abierto, ITV, fue un cargamontón de tal naturaleza que no le permitió casi explicarse y replicar con orden a quienes lo abrumaban, evocando los niños y ciudadanos inocentes que morirán bajo las bombas si hay guerra (algunas de las mujeres eran madres de soldados muertos en la guerra del Golfo y, por lo menos una de ellas, esposa de un pacifista inglés que hace de escudo humano en Bagdad).

Las razones de Tony Blair no me han convencido de que, si estalla, como todo parece indicarlo, ésta será una guerra tan justa como la que los aliados llevaron a cabo para liberar a Kuwait de la ocupación iraquí, o la que tuvo lugar en Kosovo para impedir el genocidio de los albano-kosovares o la que libró a los afganos de la dictadura del terrorismo talibán. Su certeza absoluta de que el régimen de Sadam Husein dispone de un arsenal secreto de armas biológicas y químicas de destrucción masiva que podrían ser utilizadas por él, o por las facciones terroristas tipo Al Qaeda si caen en sus manos, para causar estragos peores de los del 11 de septiembre, no me parece probada -las conclusiones de los inspectores de la ONU no la avalan, en todo caso- y por eso coincido con quienes, en las actuales circunstancias, rechazan la intervención militar. Pero, en otros aspectos, la argumentación de Tony Blair debe ser tenida en cuenta para atenuar, en lo posible, las gravísimas consecuencias que la crisis de Irak va a tener en el futuro inmediato.

Una de ellas es el desprestigio de las Naciones Unidas, y su impotencia manifiesta para encontrar soluciones a los grandes problemas del momento. Tony Blair recuerda que las resoluciones de la ONU exigiéndole a Sadam desarmarse han sido ya 17 y que, la última de ellas, la 1441, de noviembre de 2002, aprobada por unanimidad -uno de sus patrocinadores fue Francia- era un inequívoco ultimátum del que el dictador iraquí hizo también caso omiso. Sólo ahora, cuando más de doscientos mil soldados estadounidenses y británicos acampan en sus fronteras, Irak hace algunos gestos apaciguadores, cuya intención no es desarmarse de verdad de las armas de destrucción masiva que posee, y que sigue negando tener, sino atenuar la presión que se cierne sobre él y sembrar la división entre los aliados (algo que, evidentemente, ya consiguió). Según Blair, si la ONU, desdiciéndose de lo acordado, no materializa la inequívoca amenaza contenida en la resolución 144l, no sólo Husein, sino todos los sátrapas y dictadores que hay en el mundo sabrán que pueden seguir perpetrando los mayores abusos y crímenes con total impunidad, porque las bravatas de la ONU no son más que desplantes retóricos para la galería, sin ninguna consecuencia práctica.

Este argumento tiene peso en términos abstractos, sin duda, pero lo tendría mucho más si en otras circunstancias en que no sólo dictadores, también democracias, se han reído olímpicamente de las resoluciones de la ONU, las Naciones Unidas hubieran actuado con la misma firmeza y aplicadolas sanciones correspondientes. Pero ¿acaso ha ocurrido con las resoluciones de la ONU contra la ocupación de los territorios palestinos por Israel o las intervenciones militares de Francia en África en apoyo de gobiernos o facciones adictos? Que con la sola excepción del caso de Kuwait, la ONU haya permanecido indiferente frente a la burla que hacían de la Carta y de las decisiones del Consejo de Seguridad muchos gobiernos, devalúa el argumento de que en este caso específico sí deben intervenir las armas para hacer respetar los acuerdos de la organización que garantiza -en teoría más que en la práctica- el orden internacional. ¿Por qué en este caso sí y en los otros no?

Mi impresión es que Tony Blair, un político excepcionalmente capaz que ha conseguido la proeza de centrar y liberalizar a un Partido Laborista que languidecía en el anacronismo del estatismo y el intervencionismo de los viejos socialistas, cree lo que dice, pero que, en estas valerosas batallas polémicas que libra cada día para tratar de convencer a la opinión pública británica de la justicia de su posición, no dice todo lo que piensa y lo que lo lleva a jugarse su futuro político. La relación con Estados Unidos no sólo es, a su juicio, importante para Gran Bretaña; también lo es para Europa, porque, dentro de la construcción de la Unión Europea a la que él quisiera ligar la suerte de Gran Bretaña -tarea dificilísima en la que trabaja desde hace años con paciencia de hormiga y, hasta esta crisis, con bastante éxito-, la alianza atlántica es fundamental, pues garantizará la seguridad de todo el orbe democrático ya existente y facilitará el contagio de la cultura de la libertad a quienes padecen todavía bajo regímenes autoritarios. En su concepción, la cooperación entre Europa y Estados Unidos debe ser mantenida a toda costa y éste es, a su juicio, el papel que le incumbe a Gran Bretaña en Europa: ser el puente, el mejor valedor de una amistad y colaboración que, desde luego, no están reñidas con la competencia económica. Y, a la vez, resistir a quienes, como el actual Gobierno francés, se empeñan en que Europa defina su identidad continental en la oposición y hostilidad a la superpotencia. Tony Blair advierte que, en estos días, en torno a la crisis de Irak, esa guerra larvada y sin bombas, pero acaso de más trágicos derroteros de la que podría suscitar Irak, ha saltado a la luz pública, con el abierto desafío de Chirac a Estados Unidos, y la legitimación que ello ha acarreado de un anti-norteamericanismo cada vez más exacerbado, una de cuyas consecuencias puede ser el triunfo de una idea de Europa que le es inaceptable: una asociación de países dóciles liderados por el eje franco-alemán y enfrentados en una frontal lucha política, económica y cultural contra Estados Unidos. El pueblo británico jamás aceptará ser parte de una Europa de esta índole. Jugándose la vida política al apoyar a Estados Unidos de la manera que lo hace en sus planes bélicos contra Irak, Tony Blair no sólo defiende la aplicación de la resolución 1441, sino, también, una Europa -europea y atlantista a la vez- de la que en un futuro no muy lejano el Reino Unido podría ser miembro a parte entera.

Quisiera equivocarme, pero creo que esta secreta batalla -si es verdad que Tony Blair la está librando y no es puro espejismo mío- ya está perdida, y que, haya o no intervención armada en Irak, y resulte de ello la supervivencia o la caída de ese magnífico estadista que es el primer ministro británico, lo seguro es que la incorporación del Reino Unido a la moneda única y su total integración a Europa han quedado, si no canceladas, por lo menos retrasadas por un período considerable. Y que todo lo que Tony Blair había ganado en estos cinco años limando la desconfianza de la opinión pública de su país hacia el euro y Bruselas, se ha hecho añicos en pocas semanas, en razón de la manera como Chirac y Schröder decidieron encarar el conflicto de Irak. Asumiendo súbitamente una personería de la que carecían para hablar en nombre de Europa, maltratando Chirac con la arrogancia de un Napoleón de pacotilla a la decena de países europeos que manifestaron su solidaridad con Estados Unidos -“perdieron una magnífica ocasión de callarse la boca”-, los dos mandatarios dieron una idea de lo que, a su juicio, deberá ser la futura Europa, que no sólo a buena parte de la opinión pública inglesa, también a buen número de países aspirantes a integrar la Unión o a ciudadanos de ella, les ha puesto los pelos de punta. Porque si sólo de Chirac y de Schröder dependiera es seguro que Kuwait seguiría siendo una provincia iraquí, Slobodan Milosevic, en vez de estar entre rejas habría completado acaso el exterminio de los albano-kosovares, y el régimen talibán de Afganistán florecería, exportando al mundo las toneladas de opio de sus campos de amapolas y las bombas y comandos de su hijo predilecto, Osama Bin Laden.

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