La biblioteca de los Machado

La biblioteca de los Machado, mejor dicho, los restos del gran naufragio de una biblioteca, sin duda riquísima, milagrosamente preservados en Burgos por mor de la donación de Eulalia Cáceres, viuda de Manuel Machado, a la Institución Fernán González de Burgos, que tras preservarla en tiempos difíciles ahora la tiene a disposición de todos. Produce vértigo pensar en lo mucho irremediablemente perdido: libros del abuelo, Antonio Machado Núñez, médico y naturalista que se desempeñó como catedrático y rector de la Universidad de Sevilla, amigo íntimo de Francisco Giner de los Ríos, con cuyo apoyo contó para ganar las oposiciones a la cátedra de Zoografía de Articulaciones Vivientes y Fósiles de la Universidad Central de Madrid; libros del padre, Antonio Machado Álvarez, el gran Demófilo, folclorista de relieve histórico; libros, naturalmente, de Manuel, «el poeta de quien es hermano Antonio», que decía Borges; libros del propio autor de «Campos de Castilla», que en el apocalipsis del final de la guerra incivil cruzó la frontera con lo puesto; y libros, en fin, de la madre, y muy en especial uno, como más adelante comprobaremos.

La biblioteca de los MachadoTodo o casi todo se quedó en Madrid, porque la guerra sorprendió a Manuel precisamente en Burgos, y Antonio fue evacuado a Valencia, llevando consigo un mínimo equipaje de urgencia, en compañía de sus hermanos José y Joaquín, con sus familias, y de su madre, condición que puso a León Felipe y Rafael Alberti cuando estos le plantearon la necesidad de salir de la capital a comienzos de noviembre de 1936, días de incertidumbres y bombardeos en que la entrada de las tropas de Franco llegó a darse por hecha. Hasta el punto, como bien se sabe, de que el mismísimo gobierno de la República juzgase imprescindible tomar las de Villadiego sin despedirse siquiera de una población así abandonada a su suerte mientras ellos y una multitud de altos cargos protagonizaban el primer atasco automovilístico de que en España se tiene noticia, estampida que sufrió los controles, no de los guardias de tráfico, sino de unas patrullas anarquistas que, metralleta en mano, sometieron a los fugitivos a toda suerte de humillaciones.

Los libros, ya digo, permanecieron en el domicilio familiar de Madrid. Y allí los encontraría Manuel Machado al volver a la capital, previo paso por Colliure, autorizado por las autoridades franquistas para recoger las últimas, poquísimas y bien modestas, pertenencias de su hermano, entre ellas algunas hojas y papeles arrugados con sus últimas palabras y el verso final de «aquellos días azules y este sol de la infancia» en el que obviamente resuena uno de los versos iniciales de León Felipe: «pasé los días azules de mi infancia» (poema «¡Qué lástima!» de «Versos y oraciones de caminante», su primer libro, publicado en 1920). Pero Manuel Machado falleció sin hijos al cabo de pocos años, el 17 de enero de 1947, de modo que la biblioteca quedó en manos de Eulalia Cáceres Sierra, mujer benemérita y bondadosa que desprendiéndose de casi todo, un casi que enseguida explicaré, ingresó en el Cottolengo del Padre Alegre de Barcelona apenas dos años después de la muerte de su marido, profesando de cuerpo y alma en una congregación religiosa volcada en la atención de los niños enfermos y pobres.

Antes de ingresar, Eulalia Cáceres donó el archivo y la biblioteca de su marido a la Institución Fernán González, Academia Burgense de la Diputación Provincial de Burgos, a través de Bonifacio Zamora Usábel, sacerdote poeta, que custodió personalmente aquel tesoro hasta 1977, incorporado entonces a los fondos de la Institución, que los guarda con celo, pero con un celo nada excluyente, porque además de haberlos cedido con una generosidad ejemplar para diversas exposiciones (doy fe de ello como director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua) ha editado y digitalizado puntualmente los nada menos que mil doscientos setenta y ocho documentos que componen la donación, con los 1.269 iniciales enriquecidos por otros nueve de alto valor sentimental, porque se trata de los únicos que doña Eulalia llevó consigo al ingresar en aquella congregación religiosa. Y con los documentos fue la biblioteca del poeta, mil seiscientos y pico libros en los que apenas se ha reparado.

Conjunto de gran interés, pues revela amistades y lecturas a veces insospechadas, entre sus joyas yo destacaría algunos volúmenes con dedicatorias, emocionantes unas, indicativas otras. Sirvan de muestra dos, una de Bergamín a Manuel Machado y otra de Antonio Machado a quien más quería y a quien más unido estuvo desde el principio hasta el fin.

José Bergamín dedicó al autor de «El mal poema» un ejemplar de Disparadero español, concretamente de su primer volumen, «La más leve idea de Lope», obra acogida a sus Ediciones del Árbol, estampada en 1936 por Manuel Altolaguirre, con estas palabras: «A Manuel Machado, en nuestro Lope y Joselito», dejando así constancia de una admiración compartida al Fénix de los Ingenios, referencia de hermandad entre el 98 y el 27, y a José Gómez Ortega, Gallito, asombroso –sentenció García Poblaciones– «por su dominio y sobre todo por su conocimiento de los terrenos que pisaba y de las condiciones de los toros», diestro de época a quien «Bailador», astado negro de la señora viuda de Ortega, arrebató la vida el 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina y cuyo cadáver veló Bergamín en la enfermería de la plaza. Firmada en mayo de 1936, esta dedicatoria da fe de la unión de Manuel Machado y José Bergamín, pronto separados por la incivilidad de la guerra, en el magisterio literario de Lope y en el magisterio taurino de Gallito.

El cenit de la emoción descansa en el segundo libro, un ejemplar de la edición prínceps de «Campo de Castilla» enviado por Antonio Machado a quien más quería, compañeros de nacimiento, de vida, de muerte y eternidad. Siendo, como era, es y será, el poeta de la palabra justa en el tiempo exacto, solo necesitó dos palabras, dos: «A mamá». Amistad y devoción filial, llamas de la misma hoguera en la Biblioteca machadiana de Burgos.

Gonzalo Santonja, escritor.

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