La bilateralidad

Hace unos días, el toro Segador interpeló a su habitual interlocutor Enric Juliana, a propósito de la situación política en Catalunya, en estos términos: “¿Qué sugiere?”. A lo que Juliana respondió: “Imaginación. En 1977, unos políticos con la camisa azul recién guardada en el armario fueron a buscar a Josep Tarradellas al exilio e insertaron un fragmento de legalidad republicana en la predemocracia vigilada por el ejército. Cuando interesó, Catalunya recibió un trato específico. Imaginación y no tener miedo. Reivindico el derecho a no tener miedo”. Por los mismos días, un amigo –Josep Maria Vegara– me preguntó por correo si, en mi habitual propuesta de reformar el Senado para convertirlo en una auténtica cámara territorial con carácter decisorio, este Senado reformado “sería con Catalunya, País Vasco, Galicia y el resto o sería de las diecisiete comunidades autónomas”.

Es obvio que subyace, tanto en la respuesta de Juliana como en la pregunta de Vegara, el mismo tema: si Catalunya habría de tener o no una posición singularizada –un “trato específico”– dentro de un hipotético Estado español remozado gracias a un nuevo pacto constitucional. La posición de Juliana es claramente afirmativa; la de Vegara, inquisitiva. Mi respuesta a Vegara fue esta: “(…) Siempre he defendido lo mismo: un Estado federal simétrico por lo que se refiere a la relación de todos y cada uno de los diecisiete estados federados con el Gobierno central, y asimétrico por lo que hace a la extensión de las competencias de cada Estado federado. Podría haber sido de otra manera, pero ya es tarde: el Estado autonómico es irreversible. Se puede desarrollar en sentido federal, pero ya no tiene vuelta atrás”. Y, respecto al diálogo entre Segador y Juliana, no tercié en él por temor a sufrir una cornada, obviamente de Segador.

Esta postura es la misma que defendí –el otoño del 2005– en un artículo titulado “Fin de trayecto personal”, que fijó mi posición frente al Estatut entonces en trámite de elaboración, y la misma que sostuve en mi libro España desde una esquina (2007) con estas palabras: “A España le interesa más (…) una Catalunya independiente que una Catalunya ligada a ella por una relación bilateral con el Estado, que, al extenderse inevitablemente a otras comunidades, provocaría su colapso, pues no hay Estado merecedor de tal nombre que resista media docena de relaciones bilaterales”.

En consecuencia, sostengo que sólo existen dos salidas al contencioso entre España y Catalunya: federalismo o independencia. Un federalismo con un Senado potente –como el norteamericano– que encauce la dialéctica centro-periferia, axial en la Península, y haga imposible –por innecesaria– cualquier tipo de relación bilateral; un federalismo que también adopte un sistema de financiación semejante al alemán, que haga efectivo el más estricto principio de ordinalidad; un federalismo, en fin, asimétrico por lo que respecta a las competencias asumidas por los distintos estados federados, mayores en unos que en otros. Todo ello –insisto– con explícito reconocimiento del derecho a decidir, al objeto de que los catalanes puedan expresar, libre y democráticamente, si quieren o no seguir formando parte de España en estos términos, que definen –a mi juicio– una oferta de máximos. Las razones por las que España no debe acceder a la demanda de una relación bilateral o confederal son: a) Una relación confederal similar a la que se estableciera con Catalunya sería reivindicada de inmediato por otras comunidades, con el resultado de que el Estado se desintegraría en un mosaico de taifas. b) ¿Para qué esforzarse en llegar a un acuerdo confederal con alguien que sólo lo concibe como una simple etapa hacia el destino irrenunciable de la independencia total? Como diría un castizo, para este viaje no hacen falta alforjas. c) ¿Qué sentido tendría una relación confederal dentro de la Unión Europea, cuando, si esta se consolida, será precisamente en forma de federación?

Hay quien sostiene que unos problemas se resuelven solos y otros los resuelve el tiempo. Quizá sea así. También hay problemas que se pudren si no se afrontan con presteza. El problema de la relación entre España y Catalunya es de estos. Ha llegado el momento de decidir, lo que exige: 1. Fijar con claridad –casi diría que descarnadamente– las respectivas posturas. 2. Acometer un proceso de negociación con tanta firmeza en la defensa de los propios intereses, como flexibilidad e inteligencia para separar lo esencial de lo accesorio. 3. Tener claro que un acuerdo transaccional es siempre mejor que una ruptura. 4. Embridar la lengua y apaciguar el gesto. 5. Y ser muy conscientes de que nunca se llega a un acuerdo, si cada parte se empeña a imponer a la otra su voluntad sin ceder en nada a cambio. Sólo se llegará a un acuerdo fecundo si ambas partes aceptan perder algo: España, la uniformidad, y Catalunya, la bilateralidad –el tú a tú–. En esta recíproca derrota estaría su mayor victoria.

Juan-José López Burniol

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