La bisagra

EL bipartidismo dominante en España desde la reinstauración de la democracia hasta el pasado mes de diciembre ha sido fruto de la voluntad consciente de los españoles y no consecuencia del régimen electoral. Durante ese periodo los españoles se decantaron por un sistema dominado por dos grandes partidos nacionales, el PSOE en el centroizquierda y, en el centro-derecha, UCD primero y luego el PP. La ley D’Hondt ha tenido muy poco que ver en esa continuada composición bipartidista del Parlamento español. Sus efectos son casi totalmente irrelevantes en las grandes circunscripciones. Ha sido, por el contrario, el resultado del buen sentido de los electores, deseosos de asegurar un gobierno fuerte y eficaz por encima de matices y de sutiles diferencias en sus preferencias ideológicas, y, al mismo tiempo, del buen sentido de ambos partidos nacionales al hacer compatible una oposición parlamentaria dura con el respeto a la legitimidad del partido más votado para ejercer el gobierno.

El buen sentido ha tenido su recompensa: el turno pacífico de centro-izquierda y centro-derecha, a diferencia de lo que sucedió en la restauración alfonsina, nos ha dado casi cuarenta años de una estabilidad política sólidamente cimentada, sobre la que se ha asentado la época de mayor progreso económico y paz social en libertad que podemos recordar.

La existencia de comunidades autónomas de acusada identidad y la persistencia de un voto netamente izquierdista han generado en todas las elecciones una representación parlamentaria minoritaria de partidos nacionalistas y de alguna formación de izquierdas. Esta última, resultado de mutaciones sucesivas del viejo Partido Comunista, ha ido disminuyendo de legislatura en legislatura hasta llegar casi al cero político absoluto.

Cuando en las elecciones no había mayoría absoluta –hasta 2015 solo la hubo en cuatro de once ocasiones– el partido ganador necesitaba el auxilio de las minorías nacionalistas para constituir y sostener su gobierno. Para ello se han pagado precios cada vez mayores a los socios nacionalistas, lo que a su vez proporcionaba a los nacionalistas mayor fuerza y capacidad reivindicativa. De esta manera se ha venido creando una espiral continuada de creciente relevancia del nacionalismo, siempre por encima de su verdadera fuerza electoral a escala nacional. Ha sido, pues, un bipartidismo imperfecto con efectos muy negativos en la política autonómica.

La ruptura del bipartidismo que tuvo lugar en diciembre de 2015, mantenida con leves modificaciones en las elecciones repetidas en junio pasado, es consecuencia de tres causas diferentes aunque muy relacionadas entre sí. Primera, Zapatero y su ruptura de la pax transitus de 1977 generando una radicalización en la militancia del PSOE. Con el sistema de las mal llamadas primarias esta radicalización ha supuesto la designación de unos líderes cada vez más alejados de la moderación de la gran masa de votantes socialistas. Es una deriva lamentable. Cada vez más la dirección del PSOE se obstina en facilitar el curso del radicalismo izquierdista de los anti sistema, facilitándoles incomprensiblemente la participación en el gobierno de ayuntamientos y comunidades y regalándoles la imagen de que son competidores que ofrecen un mismo producto con diferencias de diseño de menor importancia. Segunda, la habilidad de Iglesias para convertir en votantes organizados a una masa dispar de ciudadanos hasta ahora acampados fuera del sistema y convencerles de que la destrucción del mismo ha de hacerse necesariamente desde dentro del propio sistema. Tercera, una corrupción extendida, tan odiosa como notablemente sobrepublicitada, a partir de la que, con gran astucia, Rivera ha enarbolado la bandera de la llamada regeneración democrática con un mensaje sencillo, fácilmente asumido por muchos votantes centristas, dando el salto de un partido de implantación puramente autonómica con un discurso monotemático a una opción de implantación nacional con un programa de amplitud general. Todo esto lo veía yo venir.

Miente usted. Ha sido un cambio en nuestro panorama político totalmente inesperado hace poco más de un año. La capacidad de evolución de nuestro sistema bipartidista, que hasta hace poco parecía inamovible, es tal que en el espacio de pocos meses no solo ha nacido un partido bisagra nuevo, sino que ya ha actuado en esa función en pocas semanas y de forma sucesiva con los dos partidos principales. El primer acuerdo, con el PSOE, tuvo una vigencia de dos meses y nunca llegó a ser efectivo. El segundo, con el PP, posiblemente sea más breve aún.

Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que por primera vez en la historia de nuestra nueva democracia tenemos un partido bisagra que no son los nacionalistas, y esto es un cambio importante. Me refiero por supuesto a Ciudadanos, porque la condición de bisagra exige la posibilidad de gobernar indistintamente con el centro-izquierda o con el centro-derecha, y esto es algo que no es posible con Podemos. O, mejor dicho, que no debería serlo, aunque lamentablemente para el PSOE lo es, como hemos tenido ocasión de comprobar y hay el riesgo inminente de seguir comprobando.

La cuestión es que hoy por hoy Ciudadanos es una bisagra que nos libra del peaje nacionalista, pero que por desgracia no es suficiente. Por tanto, los partidos principales tendrán que ponerse de acuerdo entre ellos y darles a las bisagras el papel secundario que les corresponde. No se trata de formar una coalición de gobierno, sino de mantener el principio vigente desde 1977 que atribuye al partido nacional más votado la legitimidad del gobierno. A ese rumbo han vuelto los españoles en las últimas elecciones de junio. Sin embargo, extender a la nación la fórmula municipal y autonómica del pacto con Podemos es lo que le gusta a la militancia del PSOE. Pero necesitan una bisagra. ¿Ciudadanos?

No, salvo que quiera pasar de bisagra a puerta giratoria. El PSOE tendría que acudir de nuevo a los nacionalistas. Pero hemos llegado a un punto en que se corre el riesgo de convertir la espiral del nacionalismo en un ciclón imposible de controlar. Ese paso no se puede dar.

Quizás unas terceras elecciones nos devuelvan el viejo bipartidismo con un ventajoso cambio de bisagra. ¿Y por qué no?

Daniel García-Pita Pemán, jurista.

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