La ‘blitzkrieg’ de CIU

Los acontecimientos de estos días son un espectáculo espléndido. Ha habido momentos cómicos, como cuando Artur Mas declaró, solemne, cuando se debía estar riendo por dentro, que la reunión con Mariano Rajoy no había ido bien. Fue estupendamente, según plan. O el melodramático de Bono, prefiriendo morir a ver España incompleta. Y melancólicos, como cuando la reacción del secretario general del PSC a la manifestación de la Diada atrajo menos interés mediático que la del PPC: penitencia del que ni lidera ni confronta. Y hubo momentos extraños, como la recepción al president a su regreso de Madrid en la plaza Sant Jaume, estudiada en exceso. Pero el número más brillante es la exhibición de CiU. Encarna el ideal táctico: golpear al contrario tan rápido como se pueda, lo más fuerte posible, donde hace más daño y cuando no está mirando. La velocidad de CiU es espectacular: en un breve lapso ha pasado de pacto fiscal, a independencia, a elecciones plebiscitarias, a referéndum. Una lección de blitzkrieg (guerra relámpago), de explotación del éxito, de no dejar consolidar fuerzas al oponente. Ha sacudido fuerte. El liderazgo de los unionistas carece de estrategia. Y los secesionistas mantienen, eufóricos, habiendo olido miedo y desconcierto en el oponente, la fricción: nada queda sin contestar con agresividad, ni siquiera un mensaje real.

CiU ha golpeado donde más duele, en la inexistencia de un proyecto de España que tenga más atracción que el soberanista o en la incapacidad de los españolistas de ofrecer un discurso moral. Al fin y al cabo, la unidad puede ser presentada como moralmente superior a la separación (si es realmente así, es irrelevante tácticamente). Y aunque tampoco hay proyecto tangible de Catalunya (la fantasía de CiU es Israel), la independencia tiene el encanto, en tiempos tan duros, de una tierra prometida donde, dicen, manarán leche y miel, autopistas sin peaje y excedentes fiscales. Y CiU ha sorprendido al PP, enfrascado en la crisis. Alguna crónica relató el enfado de la Moncloa con Artur Mas porque este había estado preparando la Diada desde hacía un año y no les había advertido. Santa inocencia. Y también al PSC y al PSOE, quienes hace tiempo que si miran no ven.

Gracias a su blitzkrieg CiU está cerca de conseguir su objetivo estratégico: ser uno de los pocos gobiernos no sepultados por la crisis económica, y Artur Mas de tener un lugar en la historia que no desmerezca el de uno de sus predecesores y el de su sucesor (estos dos tienen igual apellido). Al segundo endosará, sin beneficio de inventario, la gestión de la crisis, cuando no haya excusas. Es más fácil la independencia que enfrentarse a la crisis. Lo que está pasando es un medio para a estos fines.

CiU ha sido tan exitosa que ha situado el conflicto Catalunya-España en un nuevo teatro de operaciones: Europa. Todo lo que CiU haga, y cómo lo haga, ha de estar focalizado a este actor político con poder de veto. Y por él, CiU ha de cambiar sus tácticas. Si la regla de confrontación de CiU con España, hasta la blitzkrieg, era la ambigüedad, con Europa ha de ser la escrupulosidad democrática. Y las últimas prácticas de CiU no pasan el test. No hay nada menos democrático que llamar a una manifestación mandato del pueblo. Democracia es contabilidad y secreto, no números gruesos y en público. Algún empresario se puede estar preguntando si después de la independencia la política fiscal también se establecerá a golpe de muchedumbres. Y no dará muchas garantías a Europa que CiU cuente para el referéndum –lo de ilegal o legal es lo de menos si es serio– con ERC, un partido asambleísta, e ICV, un partido antisistema. CiU se equivoca al salir de partida para el referéndum con este nuevo tripartito.

Es precisamente el referéndum, sus garantías, el punto culminante de la fricción futura con el Estado. Es ahí donde el Gobierno central contraatacará. Y lo hará, y fuerte, porque el presidente español que pierda Catalunya, sin que la independencia haya sido el resultado de un proceso justo que, en cuanto que proceso, haya contado con la aprobación de los ciudadanos españoles, perderá el gobierno de España.

Aunque tácticamente legítimo, es una lástima que CiU no quiera romper la dinámica esencial, escasamente cívica, de la política catalana, la división en ¿dos mitades?, entre un catalanismo hipermovilizado y un no-se-sabe-muy- bien-qué piensa, absentista. Porque a CiU ya le va bien esta escisión y organizará un referéndum que invite a la Catalunya absentista a seguir siéndolo. Y es también una lástima que el Gobierno español no convoque un referéndum legal y vinculante, que suscite una discusión cívica como no ha habido hasta ahora. Es, además, un error, porque la opción unitaria tiene muchas más posibilidades en un referéndum oficial que en uno cuyos garantes sean, además de CiU, ERC e ICV. Si no convoca un referéndum, el Gobierno hará lo que CiU espera y desea, y no recobrará la iniciativa táctica, ya que nada de lo que pueda pasar cambiará sustancialmente la vida de nadie –ni Apocalipsis ni séptimo cielo–. Disfrutemos del espectáculo. Para ello nada como un referéndum. Pocas cosas, además, más democráticas.

José Luis Álvarez, profesor de Liderazgo de Insead, Francia-Singapur

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