La Blusa se lleva al huerto a la Levita

El 25 de julio de 1917 se publicó en El Mercantil Valenciano un artículo titulado La Blusa y la Levita, con la firma de su polivalente crítico musical Fidelio. La capital del Turia estaba conmocionada por la huelga de los ferroviarios y el Estado de Excepción decretado por el Capitán General para controlar la calle y reprimir las protestas. Era el embrión de lo que pronto se convertiría en la primera huelga general de la historia de España, en el contexto de una triple crisis sin precedentes, que ponía en jaque al régimen de la Restauración.

Como ya me he ocupado de aquella encrucijada en varias Cartas recientes, me ahorraré los detalles de lo que supuso la confluencia de una gran protesta obrera con la rebelión de las Juntas de Defensa y el órdago de la Asamblea de Parlamentarios liderada por Cambó, como sucedáneo de las Cortes. Baste recordar que era el año de la caída del zarismo y que los episodios revolucionarios, que en Rusia desembocaron en la catarsis de Octubre, transcurrían en paralelo a los que se desencadenaban en España. Si hubiera habido que resumir en una sola palabra las sensaciones del momento, muchos habrían elegido la misma que cien años después colocaba este jueves El Periódico de Cataluña como titular a toda portada: “Vértigo”.

La tesis del artículo de Fidelio era que el proletariado (la Blusa) debería tener mucho cuidado para no dejarse embarcar por una parte de la burguesía (la Levita) en una aventura revolucionaria cuyas fatales consecuencias tendría que afrontar luego en solitario. Fidelio se arrogaba la representación de “la modesta Chaqueta” -símbolo del sentido común de empleados y comerciantes- para exhortar a los dos grandes protagonistas del momento: “Siempre serás romántica, hermana Blusa, como tú serás egoísta, hermana Levita…”.

La gran advertencia de Fidelio se refería a la agitación callejera: “Tú, la Blusa, de grosera tela y recia urdimbre, como todo lo sano y natural, eres cándida y confiada y, como el ingenioso hidalgo manchego empuñas la lanza y te calas el yelmo mambrinesco, lanzándote por esas calles de Dios, pero tropezando siempre con mercaderes que te escarnecen y dejan en la estacada”.

Porque para el autor estaba clara la estirpe sociológica de la que emanaba el regeneracionismo de la Lliga: “Tú, la Levita, de fino paño de Terrasa o Manresa, eres ladina y miedosa, y como el buen escudero sanchopancesco, antes atiendes a la ínsula prometida y al cobro del cupón, que a las andanzas quijotescas”.

De ahí que considerara que aquella alianza, urdida para derribar el régimen de la Restauración, estaba condenada al fracaso: “Cuanto más y más se lanza la Blusa a locas aventuras, más y más se esconde la Levita, arrebujándose bien en los pliegues del cupón o en los fondos de reptiles”.

De tal reflexión brotaba un consejo muy concreto: “Tú, Blusa, confiada e ilusa, no te eches a la calle jamás, mientras delante de ti no vaya, franca y decidida, la Levita… Mientras la Levita se quede en casa, debes quedarte tú también, hermana Blusa, porque ocurra lo que ocurra, pase lo que pase, los muertos, los heridos, los vapuleados, los procesados y los sin pan, siempre son los mismos, siempre son de la Blusa…”.

La advertencia de Fidelio fue desatendida y, en cuestión de pocas semanas, sus peores augurios se hicieron realidad. El fantasma de la Revolución asustó a los que más tenían que perder y tanto los militares junteros como los próceres reformistas apostaron por la represión a sangre y fuego.

La protesta obrera se saldó con un reguero de cadáveres y el encarcelamiento del Comité de Huelga, del que formaban parte Largo Caballero y Besteiro. En cambio, la protesta burguesa desembocó pronto en un acomodamiento con Alfonso XIII, en forma de gobierno de concentración, propiciado por Cambó. Sin lo uno no hubiera sucedido lo otro: el movimiento obrero había movido el árbol -a costa de que unas cuantas ramas cayeran encima de unos cuantos espinazos- y el reformismo burgués había recogido las nueces. La Blusa había puesto los muertos; la Levita, los ministros.

Los hechos parecieron dar la razón al anarquismo más intransigente. Lo sucedido en 1917 selló la enemistad entre la izquierda ligada a los sindicatos y las fuerzas políticas vinculadas a los intereses de los patronos. Especialmente en la Barcelona del pistolerismo, que ardía por los cuatro costados, hasta ser conocida en toda Europa como la “rosa de fuego”.

Hubiera costado mucho imaginar, desde esa perspectiva histórica, que los herederos de unos y otros fueran capaces de abandonar un día sus perspectivas de clase, sus intereses enfrentados, sus modelos de sociedad yuxtapuestos, para formar un frente común independentista. Pero lo verdaderamente inverosímil habría sido la inversión de la ley de hierro de la antropofagia, de forma que el débil se esté comiendo al fuerte y la Blusa de la CUP haya logrado llevarse al huerto de la lucha callejera tanto a la Levita convergente como a la Chaqueta de la Esquerra.

Es una obviedad que, como advierte sotto voce el Gobierno, “la CUP pretende convertir a Cataluña en la Venezuela de los Pirineos”. Incendiar la calle está en su naturaleza. Es parte del guión que cualquier militante de una organización revolucionaria sueña con poder ejecutar un día.

La mayoría ve transcurrir su existencia sin que alboree tal amanecer. De ahí que veteranos antisistema se froten con incredulidad los ojos al comprobar cómo lo que parecía un efímero matrimonio de conveniencia, destinado a disolverse en una convocatoria de elecciones anticipadas, se ha transformado en la devota entrega de Puigdemont a sus propósitos subversivos.

La Levita se ha echado a la calle, ante el complacido pasmo de la Blusa, llevando a los niños de la mano. Como ha escrito el veterano socialista Jaume Casanovas, “resulta curiós veure en un país europeu avui, una minoria conservadora insurrecte”.

¿Cómo han podido llegar los líderes convergentes, presuntos representantes de la próspera burguesía catalana, a este inaudito cambio de papeles que les convierte en carne de cañón del proyecto revolucionario de la CUP, jaleado por Pablo Iglesias? El aliento de la justicia sobre la nuca de la cleptocracia, montada por la familia Pujol, es una de las claves. El atolondramiento de Artur Mas en su desastrosa huida electoral menguante, otra. Pero el verdadero telón de fondo estriba en la paulatina sustitución de los resortes críticos de lo que era una pujante sociedad civil, basada en el pluralismo cultural, la tolerancia y el bilingüismo, por el monolítico fanatismo nacionalista, impulsado por la Generalitat desde el sistema educativo y mediático.

El caso es que estamos ya en la fase de las barricadas. Joviales y festivas en su inicio -también lo eran las llamadas “bullangas” de Barcelona que dejaron su correspondiente reguero de sangre en el siglo XIX-; “tumultuarias”, y por lo tanto sediciosas, en su continuación.

¿Qué otra consideración merece el bloqueo a la Guardia Civil, el zarandeo a algunos agentes y la destrucción de sus vehículos, para tratar de impedir el registro de la consejería de Economía por orden judicial? ¿O el cerco al Palacio de Justicia, exigiendo coactivamente la puesta en libertad de los altos cargos detenidos por montar la logística del referéndum prohibido por el Tribunal Constitucional?

Estamos ante el uso de la fuerza para intentar evitar el cumplimiento de la ley. Cuando desde el Palau se alientan actos delictivos como esos y luego resulta que cuentan con la complicidad pasiva de los Mossos obligados a impedirlos, sólo desde la ingenuidad supina o la mala fe puede obviarse que hay un golpe de Estado en marcha.

EL ESPAÑOL va a mantener su apoyo expreso y activo al Gobierno de Rajoy, mientras siga plantando cara a los golpistas. No ha llegado pues el momento de abrir ese “segundo sobre” que debe contribuir a dilucidar la responsabilidad política de que hayamos llegado hasta aquí. Pero resulta difícil comprender que la firmeza verbal del presidente no esté siendo acompañada de decisiones políticas a la altura de las circunstancias.

La intervención de las cuentas de la Generalitat, aunque tardía, va en la buena dirección. También el requerimiento a los Mossos para que actúen bajo la coordinación de Interior. Pero permitir que, después de su conducta de esta semana, Puigdemont y Junqueras lleguen al 1-O conservando los demás resortes de su poder institucional es situar a los fiscales, jueces y policías, es decir al Estado, en inferioridad de condiciones, a la hora de imponer la legalidad bajo los focos de la opinión pública internacional.

El quousque tandem que Soraya, revestida de la toga de Cicerón, dirigió el viernes a Puigdemont tiene fácil respuesta. “¿Hasta cuándo va a seguir abusando y tensionando al pueblo de Cataluña?”. Pues hasta que tu Gobierno deje de consentirlo, chica lista.

Es cierto que la activación del artículo 155 de la Constitución hubiera distanciado más al PSOE y dado alas al oportunismo de Podemos. Pero gobernar es desgastarse y, llegados a este punto, lo único esencial es parar el golpe y castigar a los golpistas. Pablo Iglesias Turrión sabe muy bien que la gran diferencia entre esta Asamblea de Parlamentarios y Alcaldes que ahora promueve y aquella de hace cien años, a la que asistió como figura estelar Pablo Iglesias Posse, es que entonces las Cortes estaban cerradas y se gobernaba por decreto. Por mucho que Puigdemont delire sobre la tumba de Franco, Rajoy responde ahora de todos sus actos ante el Congreso y el día que recurra al 155 tendrá que pasar por el Senado.

“No lo olvides, hermana Blusa, hasta que la Levita no pierda la razón, no la pierdas tú tampoco”, decía a modo de conclusión aquel artículo de El Mercantil Valenciano. Por increíble que parezca, un siglo después, es el enlevitado Puigdemont quien, acreditando su condición de terrorista suicida de la política, haciendo caso omiso a cualquier advertencia, multa o inhabilitación, fingiendo ignorar que su referéndum es ya una cáscara vacía sin papeletas, urnas o Junta Electoral, se ha puesto al frente de las blusas revolucionarias para provocar durante la próxima semana esos “males mayores” que nos amenazan a todos.

Al romper con la legalidad y recurrir a la fuerza de las masas, Puigdemont ha perdido la razón. Y otro tanto cabe decir de los demás: su gobierno, sus altos cargos, sus diputados y sus alcaldes han perdido la razón. Es imprescindible que pierdan también la capacidad de obrar. Y que quienes se empeñen en entrar en prisión, terminen consiguiéndolo. Porque lo que está en juego no es el nacimiento de una nación sino la defunción de otra. Lo que se dirime no es la estatalidad de Cataluña sino la existencia de España.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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