La Bolivia post-Evo todavía no es «post»

Evo Morales ha renunciado pero sigue marcando los tiempos: las cosas se hacen a partir de él, para destruir o defender su legado. Su figura concita muchísima división en Bolivia. Pero, en el exterior, la adhesión es casi unánime: los profundos cambios estructurales en el país, logrados a partir de la ampliación del campo de lo popular, la concepción de un Estado plurinacional, y el manejo de la economía, importan mucho más que el respeto a las formas democráticas —haberse saltado los resultados del referéndum vinculante que le impedía ser candidato presidencial por cuarta vez, o haber hecho fraude en las elecciones del 20 de octubre—. Como dijo la activista feminista María Galindo en un texto publicado en el diario Página Siete, es muy difícil liberarse de un caudillo: su partida deja un “sentimiento de abandono y orfandad”, al mismo tiempo que se borran las “violencias y arbitrariedades” y se añora al “padre protector y benefactor”.

Desde su residencia en México y su cuenta en Twitter, Evo tiene un gran megáfono: su retórica ayuda a mantener inestable la situación y exacerba las tensiones; su doble discurso manda señales de conciliación como la sugerencia de que para “pacificar Bolivia” está dispuesto a volver y renunciar a presentarse a elecciones, a la vez que insiste en gestos polarizadores (como le dijo al diario El País: “Sigo siendo presidente”). Todavía no ha reconocido uno solo de los errores gravísimos que él y su partido cometieron y están en el origen de esta crisis.

También, después del descalabro de las renuncias masivas al interior de su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), este ha vuelto a la ofensiva. Aunque el desgaste del MAS es evidente, todavía puede parar al país de la misma manera que los líderes de comités cívicos —aquellos liderando las protestas— la pararon, ya que domina en lugares estratégicos como El Alto y el Chapare, y tiene mayoría en la Asamblea Legislativa. La estrategia es clara: deslegitimar cualquier gobierno de transición, apuntalar la idea del golpe de Estado, soñar incluso con el retorno de Evo. Por lo pronto, el tema de si la renuncia de Evo fue o no producto de un golpe ha producido una disonancia cognitiva: la idea es resistida en Bolivia, pero se ha consolidado afuera (la presencia de militares en las calles ayuda mucho a ello).

La lista de agresiones entre los partidarios de Evo y los que se oponen a él continúa escalando de manera alarmante: al día de hoy, 10 personas han muerto durante las protestas. También hay saqueos e incendios a casas de gente del MAS y de opositores, ataques a periodistas de medios estatales y privados, y quemas de fábricas y de autobuses de transporte público atribuidas a los simpatizantes del MAS.

Dentro de este escenario, la necesidad de un liderazgo claro se hacía cada vez más evidente. El pasado martes, en una reunión sin quorum en el Congreso, la senadora Jeanine Áñez tomó posesión como nueva presidenta. Áñez, nacida en el departamento del Beni, es una política conservadora que se opuso a que la wiphala —bandera de los pueblos indígenas— fuera reconocida como símbolo nacional, es defensora de la “familia natural” y contraria a la despenalización del aborto. Dijo que su gabinete sería de “reconciliación” pero entre sus ministros están Jerjes Justiniano, abogado del caso de la violación grupal a una joven —conocido como «La manada” boliviana—, y Arturo Murillo, quien alguna vez dijo que era mejor que las mujeres que querían abortar se suicidaran. Ha sido aplaudida por su deseo de abrogar el derecho constitucional a la reelección indefinida que tanto defendió Evo. Quiere llamar pronto a nuevas elecciones, pero su accidentado nombramiento dificultará todo.

Del otro lado Adriana Salvatierra, senadora del MAS, apareció la tarde del miércoles 13 en las puertas del Legislativo, y se le impidió entrar. Salvatierra renunció a la presidencia del Senado el pasado domingo a través de un mensaje a los medios. Después de Evo y su vicepresidente, Álvaro García Linera, era la siguiente en la sucesión constitucional para ser presidenta de la nación. Las reglas del Senado indican que ella tenía que haber presentado su renuncia por escrito y, al no hacerlo, MAS señala que aún le corresponde ser la presidenta.

Bolivia es un país conservador y profundamente religioso. El 11 de noviembre, Áñez entró al Palacio presidencial con la Biblia en la mano. Un mes antes, un candidato presidencial apoyado por las iglesias evangélicas, Chi Hyun Chung, comenzó a subir en las encuestas y terminó tercero en las elecciones en las que Evo se declaró ganador. Luis Fernando Camacho, el empresario que es líder del Comité Cívico de Santa Cruz, instaló en el escenario político una parafernalia religiosa tan efectiva como preocupante, con menciones e iconografía referente a las “cruzadas”, referencias pop a la película Braveheart en su página de Facebook, y cabildos multitudinarios a los pies de la estatua del Cristo en Santa Cruz. Abrazado a la imagen de la Virgen, pedía a todos que se hincaran para rezar un Padre Nuestro y decía que la Biblia volvería pronto al Palacio presidencial para sacar de allí a “la Pachamama” y a los “ídolos”. Como dirigente, ha marchado en defensa de la “familia tradicional”, y en contra de la diversidad sexual y de la ampliación de causales para la despenalización del aborto.

El gobierno de Evo trajo al discurso público a la Pachamama y las creencias andinas, y también se alió con iglesias evangélicas contrarias a los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBTQ+; la contrarreacción viene amparada por el cristianismo. En momentos álgidos, esta lucha ha derivado en una versión contemporánea de las campañas coloniales de la extirpación de idolatrías; la wiphala fue quemada y retirada de algunas instituciones públicas, y las bases de Evo han llamado a guerra civil al grito de “la wiphala se respeta”. Camacho y Áñez se han corregido y ahora se presentan en actos públicos con la wiphala y hablan de la necesidad de unir al país.

Sin la hegemonía que tuvo Evo Morales a lo largo de más de una década, y sin los pactos entre fuerzas opuestas que funcionaron en el país después del regreso de la democracia en los ochenta, Bolivia aparece como un país con nuevas generaciones politizadas y dispuestas a la lucha. Lo que parece ya no tener es a los políticos y los mecanismos capaces de articular consensos y suturar las divisiones profundas.

Edmundo Paz Soldán es escritor boliviano y profesor de literatura latinoamericana en la universidad de Cornell (Nueva York).

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