La bomba coreana

Es políticamente correcto, y sin duda legítimo, alarmarse por los ensayos nucleares norcoreanos, mientras que el arsenal de armas atómicas del que disponen EE.UU., Rusia, India, Paquistán, Gran Bretaña, China, Francia e Israel, deja indiferente. ¿Por qué el arsenal de Corea del Norte suscita ese miedo y no los demás? Es cierto que ese régimen es una dictadura, pero China y Paquistán no son realmente democráticos. China tiene ambiciones imperiales y amenaza a sus vecinos. Y Rusia también. Pero nadie se plantea arrebatarles las armas nucleares, y nadie, salvo Corea del Norte, es sancionado o boicoteado por poseer esas armas. El dictador Kim Jong-Un nos parece particularmente raro, pero ¿habría que confiar más en Vladímir Putin o Xi Jinping? Me parece que, en este conflicto, que Donald Trump agrava en este momento con sus exabruptos y amenazas, nos equivocamos en cuanto a la función de las armas nucleares y a la estrategia de Pyongyang.

Las armas nucleares que, a título de recordatorio, no se han utilizado nunca desde agosto de 1945, parecen ofensivas, pero en realidad, según la experiencia, son defensivas. Y es muy probable que el poseerlas garantice que un territorio nunca será atacado porque las represalias contra el invasor serán peores que los beneficios de una conquista. Por tanto, las armas nucleares sirven básicamente para mantener el statu quo; en un caso extremo, se convierten en la principal garantía de supervivencia para países como Israel y Paquistán, ya que impide que sus vecinos más grandes y más poderosos los engullan. En una relación entre el débil y el fuerte (Israel contra el mundo árabe, Paquistán contra India), la posesión de armas nucleares protege al débil sea cual sea la simpatía o la antipatía que se pueda sentir por unos o por otros. Para los regímenes amenazados, como la ayatolacracia iraní contra los suníes y los estadounidenses, o Corea del Norte contra Corea del Sur, parece que la opción nuclear es la única opción para sobrevivir que resulta algo eficaz. Creo, por tanto, que la única razón por la que los dirigentes de Corea del Norte, un país pobre, invierten tanto en armamento nuclear es perpetuar indefinidamente su dictadura. Nada más. Para la casta dirigente de Pyongyang, formada sobre todo por oficiales militares y sus sirvientes civiles, el régimen es una inmensa fuente de beneficios, de poder y de dinero, mediante la esclavitud del pueblo y gracias a dudosos tráficos de armas, de billetes falsos y de diversas drogas.

Es casi imposible derrocar a esta casta dirigente precisamente porque tiene la opción nuclear. Por tanto, no vemos cómo las presiones y las amenazas estadounidenses podrían hacer que los dirigentes de Pyongyang renuncien a ella, porque para ellos sería un suicidio. Por eso, cuando Rex Tillerson, el secretario de Estado de Donald Trump, amenaza a Corea del Norte con una intervención militar, como acaba de hacer en su primera visita a Seúl, demuestra su grave ignorancia del tema o bien solo hace el payaso para agradar a Trump. Este esperado desarme de Corea del Norte, que hace 30 años que se intenta lograr, es más improbable si cabe porque la casta dirigente de Pyongyang tiene la conciencia tranquila, ya que está segura de que representa la eterna civilización coreana, despreciada durante siglos por los chinos y los japoneses. Y yo he tenido la ocasión de escuchar ese discurso in situ. Pyongyang considera que la sociedad surcoreana ya no es coreana, y cree que está culturalmente colonizada por los estadounidenses. Además, hay numerosos intelectuales en Seúl que piensan lo mismo, y para ellos, la auténtica Corea, aunque dictatorial y pobre, está en el norte. No hay duda de que el próximo presidente surcoreano, que será elegido el 9 de mayo, no entrará en guerra, ni siquiera verbal, contra Pyongyang, porque será de izquierdas y considerará que los norteños son sus hermanos de raza con los que hay que negociar. El Gobierno de Trump mantendrá entonces una postura contraria a la de sus aliados surcoreanos.

Vista desde Occidente, esta intransigencia de la dinastía de los Kim en Pyongyang parece irracional, porque aísla al país del resto del mundo y perpetúa su miseria. Pero en el contexto de las civilizaciones locales, en concreto el confucianismo coreano, Kim JongUn es más bien normal; no doblegarse, no negociar y no ser humillado es ser coreano. Un recordatorio cultural: el confucianismo coreano que exalta el orden eterno del mundo, el estricto respeto de las jerarquías naturales y el rechazo de la crítica es, desde hace siglos, el más intransigente de Asia, y es a la vez una filosofía y una teología. Kim Jong-Un en Pyongyang se cree una divinidad, y se le honra como tal porque su figura es una constante en la historia coreana. Evidentemente, al Gobierno de Trump todo esto le resulta incomprensible porque es demasiado complejo, y eso es muy preocupante.

Guy Sorman

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