La bomba de tiempo de la deuda estudiantil en Asia

El gobierno malayo, encabezado por el Primer Ministro Mahathir Mohamad, con apenas un año de ejercicio, se encuentra sumido repentinamente en un escándalo político tras la circulación en línea de un vídeo sexual en que participan un ministro de su gabinete y otro hombre. Los cargos por sodomía con intencionalidad política no son nada nuevo en Malasia, y han causado dos veces el encarcelamiento del líder del Partido por la Justicia Popular Anwar Ibrahim. Lamentablemente, este último drama, como los que los precedieron, impide ver problemas más esenciales y acuciantes.

Uno de los problemas más importantes del gobierno de Mahathir es que heredó una situación presupuestaria muy dañada. Y parte de su debilidad fiscal radica en la deuda de RM 39 mil millones ($ 9,5 mil millones) de deuda pendiente con la Corporación de Fondo Educación Superior Nacional (PTPTN).

Malasia no está sola en este respecto. En las décadas de 1990 y 2000, el sector de la educación global tuvo un auge motivado por el ascenso de las aspiraciones y la prosperidad económica. Muchos países ayudaron a alimentar esa explosión mediante la liberalización de la educación superior. Proliferaron las universidades que cobran aranceles, hasta el punto de que la mayoría de los estudiantes universitarios de la región del Asia-Pacífico hoy asisten a instituciones privadas, más que públicas. En todo el mundo, un tercio de todos los alumnos de nivel terciario asisten a instituciones privadas.

No es de sorprender que la deuda estudiantil haya aumentado. Transcurridos casi 12 años desde el lanzamiento de su programa de préstamos estudiantiles en 1992, la deuda estudiantil pendiente de Nueva Zelanda era de $7 mil millones. En Estados Unidos, esa cifra había alcanzado los $1,5 mil millones, triplicando su nivel de 2007.

Los países asiáticos con altos índices de participación de educación superior terciaria han demostrado su alta vulnerabilidad a esta tendencia. En Corea del Sur, donde un 90% de los jóvenes cursan educación superior (privada en cerca de un 81%), la deuda educativa creció un 12%, o el doble del ritmo de la deuda de consumo. En Japón, donde un 76% de los egresados de secundaria continúan a educación terciaria, más de un 78% en instituciones privadas, los altos precios de los aranceles y la financiación solo por préstamos han exacerbado la carga de la deuda.

Pero hay otros factores pertinentes además de la privatización y los altos precios de los aranceles. Después de todo, los acaudalados países escandinavos también enfrentan deudas estudiantiles en aumento, a pesar de ofrecer educación gratuita. En Suecia, cerca de un 70% de los estudiantes abandonan la universidad con una deuda promedio de cerca de $20.000 (en comparación con los $37.000 en Estados Unidos).

En muchos países asiáticos, el aumento de la matriculación universitaria en las últimas décadas ha agobiado los sistemas educacionales, haciendo que la calidad de la instrucción baje y dejando a los graduados con una preparación deficiente para el mercado laboral. En algunos países, las perspectivas de empleo de los egresados se han debilitado más todavía debido a los cambios demográficos (especialmente, el crecimiento de la población en edad laboral) y las condiciones económicas desfavorables, lo que ha llevado a un crecimiento sin empleo. El resultado es un alto índice de empleos de baja calidad, un desempleo generalizado y muchos egresados que luchan por pagar sus deudas. El índice de dos dígitos de desempleo juvenil de la India está al centro de su problema de endeudamiento estudiantil.

En Malasia, cerca de un 28% de los titulados universitarios no tenía empleo en 2015. Muchos otros tenían trabajos que apenas les bastaban para sobrevivir: aproximadamente un 50% de los trabajadores adultos en Kuala Lumpur ganan muy por debajo del salario mínimo oficial del banco central. Esta situación ha obligado a que una gran proporción de graduados caigan en el impago no solo de sus deudas universitarias (un 51% de los endeudados no están cumpliendo los pagos exigidos), sino también de otras deudas, como las tarjetas de crédito y préstamos personales. Los deudores de entre 25 y 44 años constituyeron casi el 60% de los casos de bancarrota informados desde 2013 a agosto de 2017.

La buena nueva es que el gobierno malayo está tomando medidas para afrontar su problema de deuda estudiantil. En su presupuesto de 2019, el ministro de finanzas presentó un plan de préstamos proporcionales a la renta que se asemeja mucho a los programas de deducción de nómina basada en la renta implementados en Australia y el Reino Unido.

De acuerdo al sistema malayo, los deudores que ganan más de RM 1000 al mes pueden optar a que entre un 2% y un 15% de su salario se destine automáticamente a pagar préstamos. Se trata de una prometedora solución de corto plazo, pero si los salarios siguen bajos y continúan elevándose los costes de vida, puede que las deducciones basadas en la renta no sigan siendo factibles en lo económico.

La PTPTN también permitirá a los prestatarios que ganen menos de RM 4000 al mes que retrasen las cuotas de pago, y eliminará todos los pagos pendientes para los 350 prestatarios de más de 60 años de edad que ganan menos de RM 4000. Finalmente, se introducirá un recorte fiscal en beneficio de las empresas que ayuden a sus empleados con el pago, aunque no está claro si esta medida será beneficiosa, ya que hasta un 36% de los egresados malayos abandonan sus empleos antes de cumplirse un año.

Malasia tiene que hacer más si desea superar el impago de su deuda estudiantil. Para comenzar, debería cambiar sus criterios de desembolso de la deuda, para que una mayor proporción de los costes estudiantiles sea cubierta por becas y ayudas.

Malasia también debería aprender de los países desarrollados. Por ejemplo, en Alemania se exige a los padres apoyar a sus hijos en lo financiero, incluso durante la educación posterior a la secundaria; en junio de 2016, apenas un 18% de los estudiantes alemanes se encontraban endeudados. También sirve de ayuda el que los préstamos estudiantiles no tengan intereses, que los prestatarios tengan un periodo de cinco años antes del comienzo de los pagos y que se premie a los estudiantes con alto rendimiento con la cancelación parcial de su deuda.

Dado el papel crucial que tiene la educación superior en sustentar la competitividad y la prosperidad, las autoridades deberían estimular la participación en este tema, especialmente en economías en transición como Malasia, India y China. No se pueden permitir que siga creciendo la deuda estudiantil. Después de todo, fue una crisis de este tipo la que originó las protestas masivas que en Chile casi derribaron al gobierno en 2011.

El objetivo debería ser lograr un equilibrio entre el crecimiento del PIB y los salarios, y el crecimiento en la educación superior. Al mismo tiempo, los gobiernos se deben asegurar de que los estudiantes reciban una educación de alta calidad que llene las necesidades del mercado laboral actual y proteja a los graduados en el largo plazo frente al desempleo tecnológico. Por supuesto, es vital la creación de una cantidad suficiente de trabajos de alta calidad para quienes se hayan titulado.

Es una tarea titánica. Pero los gobiernos como el de Malasia deben acometerla si desean evitar un desempleo aún mayor entre los jóvenes, una mayor carga de impagos de deudas y el riesgo de que se produzcan desórdenes políticos.

M Niaz Asadullah is Professor of Development Economics at the University of Malaya in Kuala Lumpur, and Head of the Southeast Asia cluster of the Global Labor Organization (GLO). Theresa Chan is a researcher at the Faculty of Economics and Administration at the University of Malaya in Kuala Lumpur. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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