La bombilla no es el vidrio

Aunque él las derramara a raudales, yo lo digo sin sorna o ironía alguna: el discurso que Rajoy pronunció el miércoles en el Debate del Estado de la Nación quedará en los anales de nuestra democracia como una de las mejores piezas de oratoria política pronunciadas nunca desde el centro derecha. Sin el significado histórico del «Puedo prometer y prometo» de Adolfo Suárez ni la fuerza conceptual de la intervención de Aznar en el congreso de Valencia, tuvo sin embargo la eficacia de un hacha afilada capaz de ir derribando, por decirlo con sus propias palabras, los «engaños», «rectificaciones», «políticas errabundas» y demás «amenidades» del «señor Rodríguez Zapatero».

Salta al oído que, además de con su buena cabeza, Rajoy tuvo que contar para elaborar el texto con la pluma de alguien especialmente ducho en la historia del pensamiento político -descartada Cayetana, probablemente se trate de Lassalle- pues la similitud de su impactante arranque con el del legendario panfleto del Abate Sieyès sobre el Tercer Estado no puede deberse a una casualidad. Probablemente no se trate de una copia deliberada, pero es imposible que la musicalidad de ese texto fulgurante que tanto contribuyó a comienzos de 1789 a la convocatoria de los Estados Generales no resonara en el subconsciente del negro de Rajoy. Fíjense hasta dónde llega el paralelismo.

El panfleto de Sieyès comienza con aparente sencillez inquisitiva: «El plan de este escrito es muy simple. Tenemos tres preguntas que hacernos». («Le plan de cet écrit est assez simple. Nous avons trois questions à nous faire»). El discurso de Rajoy utiliza el mismo determinismo en la construcción verbal, resumiendo las «tres preguntas» en una: «Tras escuchar esta mañana al señor Rodríguez Zapatero la pregunta que cabe hacerse es…».

Sieyès recurre luego a los ordinales para enfatizar el planteamiento dialéctico de tesis, antítesis y síntesis: «1º) ¿Qué es el Tercer Estado? Todo. 2º ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada. 3º) ¿Qué es lo que pide? Convertirse en algo». («1º) Qu’est-ce que le Tiers État? Tout. 2º) Qu’a-t-il-été jusqu’à présent dans l’ordre politique? Rien. 3º) Que demande-t-il? À y devenir quelque chose»). Rajoy repite el esquema, presentando la misma antinomia tras plantear su pregunta única: «¿En qué se diferencia este debate del que celebramos hace un año? Por mi parte, en nada. Por la suya, en todo. Lo que yo reclamaba entonces es lo mismo que reclamo ahora».

En ambos casos es el estruendoso contraste entre ese «todo» y ese «nada» lo que legitima la posición de quien a renglón seguido «pide» o «reclama». Si por parte del astuto profesional de la supervivencia, a quien Robespierre bautizaría como el topo de la Revolución, lo que venía a continuación era una durísima requisitoria contra el Viejo Régimen, Rajoy -adornado con algunas de sus mismas cualidades de corredor de larga distancia- no se le quedó a la zaga a la hora de demoler el zapaterismo.

La implacable tala argumental, recurriendo al Diario de Sesiones para poner en evidencia el giro copernicano impuesto a Zapatero por la UE o catalogando los males que se podían haber evitado o paliado si tal aterrizaje en la realidad se hubiera producido un año antes, llegó además acompañada de una pulida retórica con sobresalientes destellos de ingenio. Así, una cita del presidente – «No hacer demagogia sobre si se gasta más o se gasta menos»-, que retrataba al Zapatero despilfarrador en su frívolo apogeo, se convertía en «una frase que pide mármol, señorías». Así, el duro sino que le espera en los próximos meses al populista caído del guindo quedaba resumido en un «no quiso hacerlo en prosa y ahora tendrá que hacer lo mismo, pero en verso» y por eso -ay- «el Boletín Oficial balbucea rectificaciones…»

Cualquier escritor político se sentiría orgulloso de poder firmar una pieza así en la que, parafraseando a Churchill, el líder del PP fue capaz de poner el idioma castellano «en perfecto orden de combate», con misiles finales del calibre de «le pido que no juegue más con la gente» o «¿no comprende que no es posible acompañarle en el afligido peregrinaje de sus contradicciones?». Que no quede, pues, la menor sombra de duda de mi querencia por ese Rajoy interior, profundo en su socarronería, complejo en su sencillez, que para sorpresa de propios y extraños tanto fascinaba a Umbral.

Ahora bien, ¿cómo es posible que si el miércoles, entre las cuatro y las cinco de la tarde, este bien dotado submarino tuvo una de sus irrupciones estelares, emergiendo en el sucio mar del debate con toda su potencia de fuego, no lograra hundir al averiado paquebote que zurcido de remiendos en la chapa y echando humo como una vieja cafetera fue capaz no sólo de aguantar sus ataques sino de conseguir reír el último con su «usted tampoco está para tirar cohetes»?

La respuesta asoma en el mensaje capturado por un fotógrafo de El Economista, en plena intervención matinal de Zapatero, en la pantalla del iPhone de Rajoy -«¡¡¡cuidado con el compromiso de abordar los aspectos inconstitucionales del Estatut»- cuando estaba a punto de enviárselo a su asesor-adormidera Pedro Arriola. O mejor dicho en la falta de traducción de ese vehemente aviso en el debate vespertino, pues así como Rajoy azotó a Zapatero por sus «engaños» durante la elaboración del Estatut, no dijo una palabra ni sobre la singularidad de una sentencia plagada de «interpretaciones conformes» que obligan a menudo a entender el texto en el sentido opuesto al pretendido por sus redactores; ni sobre las intenciones del PP ante las leyes ya emanadas del Parlament que han quedado en clamoroso fuera de juego; ni ante la insumisión del presidente de la Generalitat y representante del PSOE en Cataluña; ni siquiera ante el anuncio fronterizo con el desacato por el que el propio Zapatero se ha comprometido -en efecto- a entregar a Montilla por la puerta trasera lo poco que el Constitucional le ha prohibido entregarle por la delantera.

Es decir que Rajoy advertía por la mañana, con tres admiraciones a falta de una, de que ése era el nuevo desafío de Zapatero a la legalidad constitucional y Rajoy lo soslayaba por la tarde, haciendo caso omiso a los sucesivos pares de banderillas de fuego que el presidente le fue clavando en sus réplicas y dúplicas. El más certero fue una destilación perfecta de su cinismo político: «Después de cuatro años usted ha venido a decir pelillos a la mar. ¿Ya no está el Estado en peligro, señor Rajoy? Ha echado cuentas y ya no le parece tan interesante cabalgar sobre el anticatalanismo».

¿Qué «cuentas» podía haber «echado» Rajoy para que Zapatero pudiera presumir con tanta seguridad sobre su resultado, sino aquellas que él mismo viene también «echando» desde que, hace 10 años menos cuatro días, conquistó el liderazgo del PSOE gracias al pacto que implicaba bendecir y alimentar el viraje del PSC de Maragall hacia el nacionalismo? He ahí el corazón de las tinieblas que siguen envolviéndonos con capas cada día más espesas, pues fue ese desplazamiento artificioso y esnob del socialismo catalán el que generó tanto el subsiguiente corrimiento de tierras que ha radicalizado el nacionalismo como los sucesivos actos de la farsa del Estatut.

Tan verdad es que lo demandaba el pueblo de Cataluña y que obtuvo el respaldo mayoritario de los catalanes como que en la manifestación de hace ocho días hubo un millón de personas. Pero ni los reiterados estudios demoscópicos que demuestran el desinterés popular por la ocurrencia del último retoño de una saga de lunáticos, ni el resultado real del referéndum que prueba que sólo el 37% del censo refrendó el Estatut, ni los minuciosos estudios fotométricos de la empresa Lynce que acreditan la imposibilidad material de que a la marcha soberanista, encabezada por Montilla -hasta que lo echaron- asistieran más de 64.000 personas van a ser tenidos en cuenta nunca en La Vanguardia o El Periódico. El corazón tiene razones que la razón no entiende y hasta personas tan solventes como Roca y Duran i Lleida se han dejado arrastrar por la manipulación de las emociones colectivas.

Si esto ha ocurrido con una sentencia que, en definitiva, abdica de la obligación de podar los preceptos inconstitucionales, dando una patada hacia delante al balón de las «interpretaciones conformes» y convalidando así la derogación de facto de la Constitución del 78 que, como bien ha explicado Jorge de Esteban, tuvo lugar hace cuatro años en Cataluña, cabe preguntarse qué habría sucedido si el Dúo Sacapuntas hubiera actuado con un mínimo de coherencia intelectual, formando mayoría con los cuatro autores de los votos particulares para cargarse no menos de 50 artículos. Pues probablemente lo mismo. Ni más ni menos. Si las aspiraciones del nacionalismo tuvieran un perímetro constante, ¿de qué vivirían los miles de profesionales del sentimiento de agravio a Cataluña? Todo lo que se consigue queda desde esa perspectiva inmediatamente amortizado y lo único que cuenta -como le ocurría a quien todos sabemos en las negociaciones con Chamberlain- es lo poco que no se obtiene.

De ahí la gravedad de que Rajoy se quitara de en medio en el Debate, fomentando así la sensación de que lo único que queda pendiente tras la sentencia es encontrar la forma de aplacar a los catalanes ofendidos por la conducta del Tribunal; cuando la realidad es que, ahora más que nunca, la supervivencia de nuestra democracia depende de que al frente del PP haya alguien dispuesto a emprender una tarea hercúlea de restitución constitucional, presentando recurso tras recurso a las leyes del Parlament y promoviendo una reforma de la Carta Magna que reintegre al seno del Estado las competencias saqueadas con la complacencia irresponsable de Zapatero.

Aunque más vale eso que nada, esta hoja de ruta requiere no de una raquítica victoria como la que los sondeos han otorgado a Rajoy tras el Debate, sino de un triunfo electoral lo suficientemente rotundo por parte del PP como para poner al PSOE en crisis y obligarle a regresar a la centralidad constitucional que mantuvo hasta hace una década. Es cierto que el primer set del partido se va a disputar en Cataluña, pero lo ocurrido en el 95, cuando el PP de Aznar y Vidal-Quadras obtuvo el mejor resultado de su historia, indica que la claridad y la firmeza también pueden ser allí recompensadas. Máxime cuando la grotesca impostura de Montilla ha dejado huérfanos y a la deriva a gran parte de los votantes del PSC.

Sería lamentable que Zapatero tuviera razón y Rajoy estuviera supeditando como él su acción política nacional a la aritmética de una hipotética boda catalana -en este caso con CiU- que en la práctica le ataría de pies y manos ante el único gran problema de España que trasciende a la coyuntura económica. Comprendo que la experiencia de la amarga victoria del 96 pese tanto en su ánimo como en el de Arriola, pues no en vano ambos estuvieron en la cocina de la que salió aquel guiso, pero la herencia que presumiblemente recibirá el PP en el 2012 será mucho peor que la de entonces y requerirá cirugía invasiva a mansalva. Por otra parte, lo que ese antecedente demuestra es que siempre quedaría margen para acogerse al mal menor de un plan B si el plan A no diera de sí lo suficiente.

De momento lo único que puede devolver la esperanza a millones de españoles de muy diversa condición es ver al frente del partido de la oposición a alguien consciente de la envergadura del envite y con el coraje político suficiente como para jugarse el todo por el todo. Sin embargo, Rajoy transmitió el miércoles la sensación del delantero obsesionado por cuidar sus tobillos y con miedo a pisar el área. Una de las metáforas finales de su brillante discurso ayuda a comprender la esencia de su error pues, si bien es cierto que «la confianza es tan frágil como el vidrio de una bombilla», no es verdad que sea «igual de irreparable cuando se quiebra».

De hecho, Zapatero ha logrado reparar durante esta legislatura su quebrada confianza en la lucha contra ETA al cambiar rotundamente de política; y si tuviera tiempo para que la reducción del déficit, una reforma laboral mejorada en el trámite parlamentario, la privatización de facto de las Cajas y el retraso de la edad de jubilación dieran sus frutos en términos de competitividad y empleo, también haría lo propio en el ámbito económico y volvería a ser un rival muy peligroso ante las urnas. Y es que en la mayoría de los terrenos de la confrontación política se puede ser resultadista. Se rompe un cristal y se pone otro. Cambiará de apariencia, de color o de tamaño, pero seguirá habiendo una bombilla.

Cuestión distinta es cuando lo truncado no es el vidrio, sino ese pequeño filamento de un misterioso metal llamado por unos wolframio y por otros tungsteno cuyo calentamiento sobre un frágil trípode de alambre produce la luz. Ahí reside la fuente de la energía, la magia de la identidad. No la toquéis porque así es la rosa. El vidrio podrá seguir intacto pero si se tolera que alguien quiebre o altere ese filamento la bombilla quedará fundida para siempre. Sinceramente, tras los hechos memorables de estos días, yo esperaba que alguien, además de Rosa Díez, dijera en el Congreso de los Diputados que España es algo más que lo que pasa en ella.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.