La bruma de la cuarentena

En 2008, cuando intentaba terminar a toda prisa un libro de memorias durante los breves ratos libres que me quedaban del trabajo de tiempo completo que tenía en The New York Times, desarrollé un sistema —un hábito— que me ayudó muchísimo.

Escribía mis artículos para el Times en la computadora personal que estaba sobre un gran escritorio en un cuarto de mi apartamento de tamaño modesto. Pero iba acumulando los capítulos de mi libro en la computadora portátil que estaba en la pequeña mesa de comedor en otra habitación.

Pasarme a esa mesa y encender esa computadora portátil era una señal, y alejarme de ella era otra. Y como ocupaba un espacio designado en mi casa, las memorias también ocupaban un espacio designado en mi cerebro. Cuando me enfocaba en el libro, realmente podía centrarme en él por completo. Creo que jamás he escrito algo con tanta velocidad ni con una concentración tan imperturbable.

Recordé esto durante varias conversaciones que he tenido últimamente con amigos y colegas sobre cómo estaban sobrellevando este asfixiante y maldito estado de confinamiento. Escuché una queja recurrente sobre cómo todo en la vida se había vuelto una experiencia amorfa y sin límites claros.

La casa y la oficina de pronto son la misma cosa, y no hay oportunidad de salir a una cafetería con buena conexión a internet para cambiar de aires. Los niños que antes se iban muchas horas y luego regresaban ahora están siempre presentes. Los cónyuges o parejas sentimentales están cerca las 24 horas del día.

Los días entre semana ya no se distinguen de los fines de semana. Las fechas que solían marcarse en el calendario (fiestas de cumpleaños, graduaciones, bodas) han desaparecido, al igual que la costumbre de reservar ciertas actividades para ciertos lugares. La variedad entera de actividades ahora tiene un mismo escenario: el hogar.

Si bien eso puede incrementar la eficiencia, ya que se eliminan los traslados en transporte público, el tráfico y muchos mandados, también puede hacernos sentir aletargados. Ciertamente, mis amigos y conocidos no celebraban a causa de todo el trabajo que estaban logrando terminar. Más bien les asombraba cuán ilógicamente a la deriva se sentían ahora que están más anclados que nunca a un mismo lugar. El confinamiento los había dejado sin rumbo en un espacio demasiado reducido.

Claro que ellos son sumamente afortunados, al igual que yo. Muchas personas no tienen la opción de quedarse en casa y resguardarse. Sus circunstancias les exigen salir, sin importar el riesgo que esto implique para su salud. Ellos aceptarían con gusto el desafío de la monotonía soporífera.

Aun así, es un reto. Un profesor de universidad a quien estaba entrevistando para una columna de próxima publicación me habló sobre lo difícil que puede ser mantener la claridad mental cuando estás sentado en un lugar fijo, mirando una pantalla fija, y tu metabolismo psíquico está en un lugar fijo durante tanto tiempo. Dijo que antes de esta pandemia, jamás había apreciado del todo “la importancia de salir de la habitación”.

La importancia de salir de la habitación. Eso era lo que yo estaba reconociendo y respetando, sin poder explicarlo, cuando estaba escribiendo mi libro con el proceso que describí hace un momento. Y es una frase —una idea— que implica más que una ubicación física.

Solemos darle significado a lo que hacemos, para elevarlo y protegerlo, definiéndolo, poniéndole parámetros, asignándole su propio espacio, separándolo. El hecho de poder acercarnos a él y poder alejarnos de él es una parte fundamental de su cualidad especial.

¿Por qué los terapeutas les dicen a las personas con insomnio que no lean ni vean televisión en la cama, sino que solo pongan la cabeza en la almohada cuando realmente quieran quedarse dormidas? Eso es para marcar límites: de este lado, la vigilia, pero, de este otro, el sueño. Se trata de entrenar al cerebro y al cuerpo a fin de que respondan a ciertas señales relacionadas con ciertos comportamientos.

Parte del objetivo de una oficina —y la razón por la que surgió WeWork y creció con tanta rapidez— es cambiar de configuración mental: ahora que estoy aquí, haré tal cosa de tal manera, al menos hasta que regrese allá.

La manera en que nos vestimos es otra forma de definición, otro conjunto de señales. Si te pones algo almidonado, anuncias que es hora de hacer negocios; si te pones algo llamativo, anuncias que es hora de festejar; si te pones unos pantalones deportivos, anuncias que es hora de distenderse.

Entonces, ¿qué sucede cuando usas pantalones deportivos para tomar café por la mañana, para atender la videoconferencia en Zoom, para la hora feliz por Zoom, para cenar? Lo mismo que sucede cuando el café, la videoconferencia, el cóctel y la cena ocurren a pocos metros de distancia entre sí. He aquí la bruma de la cuarentena.

“La forma misma de la sociedad se está desvaneciendo frente a nosotros”, escribió Sam Anderson en un ensayo reciente publicado en The New York Times Magazine, en el que señaló que los rituales como las jornadas laborales y las horas de comida “ahora han quedado despojados de significado. La sociedad se ha quedado, en gran medida, sin huesos. Es una sopa de ex sociedad”.

Una vida deshuesada y caldosa: suena y se siente acertado. La concentración depende de los huesos y los límites. Requiere compartimentos y compartimentación.

Estoy trabajando en un nuevo libro. El proceso jamás había sido tan lento.

Frank Bruni llegó al Times en 1995 y ocupó una variedad de puestos — incluido el de reportero de la Casa Blanca, jefe de la corresponsalía en Roma y jefe de crítica de restaurantes— antes de convertirse en columnista en 2011. Es autor de tres libros que fueron éxitos de venta

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