La buena autoridad en la escuela

En los países democráticos preocupa el debilitamiento de la autoridad. Para poder ofrecer libertad y participación en el poder a los ciudadanos, los países democráticos necesitan apoyarse en instituciones que funcionen, en primer lugar en la familia y la escuela. Si las democracias no exigen que se respeten sus instituciones, podrían contribuir a su propia destrucción. La familia y la escuela no deben funcionar a través de la coacción, sino por medio de la autoridad. El concepto de autoridad supone que es normal seguir las instrucciones de una persona con más conocimientos, con una posición respetada dentro del campo en cuestión o con una larga experiencia. No se trata de obedecer ciegamente, sino de que es razonable dejarse guiar por personas que saben más.

La buena autoridad en la escuela
NIETO

Para empezar con la familia, su función es la de proteger y de guiar a los jóvenes, y estos aprenden tanto por imitación como por instrucción explícita. Para que salga bien ese aprendizaje, los padres necesitan ser buenos modelos, dedicar tiempo a la educación de sus hijos y tener autoridad a los ojos de sus vástagos. Sin embargo, hoy la cultura popular tiende a ridiculizar a los adultos, y hay padres que no se sienten legitimados cuando ejercen su autoridad y terminan por hacer dejación de su papel de adultos. En esa situación, es difícil que los hijos interioricen el concepto de autoridad como una fuerza positiva.

Si pensamos en el aula, los alumnos necesitan la autoridad del maestro porque exige que se concentren en temas que son nuevos para ellos y que no han entendido antes, lo cual supone un gran esfuerzo. En esta situación, el profesor viene a ser un 'puente' entre los alumnos y lo que deben aprender, y funciona como la personificación del conocimiento y una garantía de que lo nuevo realmente es comprensible. Para poder cumplir ese papel, el profesor necesita autoridad, y esa autoridad se basa en tres pilares: es un adulto, representa el Estado y la ley y encarna el conocimiento.

Todo esto queda ilustrado de manera clara en la relación entre maestro y alumnos en la enseñanza primaria. El alumno se encuentra solo sin su familia en una nueva situación social, y la maestra le abre la puerta a un nuevo mundo. La maestra es el centro de este proceso de socialización. Siempre presente, confiable e inmutablemente tranquila, utiliza su autoridad para transformar a un grupo de niños en escolares. Enseña cómo sujetar el lápiz y cómo organizar el cuaderno; cómo leer y cómo aprender la ortografía; y también cómo comportarse para llevarse bien con todos. Los 'instrumentos' de la maestra son su autoridad y su sonrisa u otro gesto de aprobación. Enseña lo que es ser alumno y cómo funciona la sociedad. Si lo hace bien, los alumnos tendrán la impresión de que la sociedad es benévola y justa.

Hoy se da mucho valor a la libertad, y cualquier restricción de los deseos se puede ver rechazada como un ejercicio de poder ilegítimo. Sin embargo, las restricciones impuestas sobre los jóvenes en conexión con sus estudios sirven para que puedan disfrutar más tarde de haber adquirido conocimientos y así hacer un buen uso de la libertad. Sin conocimientos y sin autodisciplina, la libertad puede ser un instrumento de autodestrucción. Una investigadora francesa, Lucienne Bui Trong, ha estudiado cómo funciona la autoridad en los barrios 'complicados', donde este milagro no siempre ocurre. Según ella, la primera señal de inadaptación social es que los alumnos no aceptan la autoridad de la maestra de primaria, sino que se dirigen a ella con menosprecio y la provocan diciendo «no tienes ningún poder sobre mí» o «¿quién te crees que eres?». Las democracias liberales no habían previsto que hubiera alumnos que rechazarían la educación obligatoria y gratuita. Al descubrir el problema, han tardado, y todavía vacilan, en utilizar la autoridad del Estado para obligar a los alumnos recalcitrantes a 'entrar en el redil'. En este caso, usar la autoridad del Estado es mostrar responsabilidad.

La crisis actual de autoridad tiene una estrecha relación con las políticas de igualdad y con la sociedad de bienestar. Muchas familias tienen la impresión de tener derecho a una educación igualitaria y gratuita sin que los hijos hagan mayores esfuerzos. En nombre de la igualdad, se ha debilitado la conexión entre los conceptos de escuela, conocimiento y trabajo. Los años escolares no se conciben ya como años de trabajo, sino como un tiempo de proyectos compartidos, disfrute y compañerismo en unas salas de mucha luz y con paredes pintadas en colores atractivos. Se insiste en los derechos del niño más que en su obligación de esforzarse por aprender. Si el alumno no aprende, se culpa a la escuela que no ha sabido apoyarlo lo suficiente.

La juez española Natalia Velilla describe en 'La crisis de la autoridad' (Arpa, 2023) cómo la democracia antepone el respeto por las libertades a la protección de la autoridad de las instituciones sociales, entre ellas la familia y la escuela, pero también la Policía y el sistema judicial. Necesitamos orden, y Velilla define la autoridad como lo que ha creado el hombre para ordenar la vida en comunidad y evitar el caos.

La autoridad de los docentes ha ido disminuyendo gradualmente desde que se introdujo la escuela única obligatoria, en la que se coloca a los alumnos en clases de acuerdo a su edad y no de acuerdo a sus conocimientos previos o su conducta. La situación se hizo más difícil para los docentes con unas leyes sobre la 'inclusión', que dicen que hasta los alumnos con serios problemas de comportamiento y de aprendizaje deben estar en la misma aula que los demás. Con esto, es casi imposible mantener un ambiente que conduzca a la concentración y al estudio. Se insiste en que la escuela debe adaptarse a los alumnos y no al revés. La maestra ha llegado a ser la sirvienta y el alumno, el rey. En otras palabras, se ha socavado la autoridad que necesitan los docentes para poder educar.

Si los ciudadanos no deciden volver a apoyar la autoridad de sus docentes y a exigir un esfuerzo de aprendizaje y de buena conducta por parte de los alumnos, habrá una generación de jóvenes ignorantes que además no respetarán a nadie. Eso es una amenaza seria para una sociedad democrática y de bienestar.

Inger Enkvist es catedrática emérita de Español en la Universidad de Lund (Suecia).

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