La cacofonía del mundo

En su obra maestra Diplomacia, Henry Kissinger describe, tal vez con demasiado idealismo, el sistema internacional de equilibrio del poder que, luego del Congreso de Viena en 1814-1815, produjo lo que se dio en llamar el “Concierto de Europa”. Como lo describe Kissinger, tras las guerras napoleónicas, “No sólo había un equilibrio físico, sino también moral. El poder y la justicia estaban en sustancial armonía”. Por supuesto, el concierto terminó en cacofonía con el estallido de la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914.

Hoy, después de la brutalidad de la primera mitad del siglo XX, la bipolaridad temporaria de la Guerra Fría y la breve condición de hiperpotencia de Estados Unidos luego de 1989, el mundo una vez más está en busca de un nuevo orden internacional. ¿Se puede globalizar algo como el Concierto de Europa?

Desafortunadamente, una cacofonía global parece más factible. Una razón obvia es la ausencia de un árbitro internacional reconocido y aceptado. Estados Unidos, que es quien mejor representa el máximo poder, no está tan dispuesto a ejercerlo -ni tan capacitado para hacerlo-. Y las Naciones Unidas, que mejor representan los principios del orden internacional, están más divididas e impotentes que nunca.

Sin embargo, más allá de la ausencia de un árbitro, surge otra cuestión: la ola de globalización que se generó luego del fin de la Guerra Fría, paradójicamente, aceleró la fragmentación, afectando a países democráticos y no democráticos por igual. Desde el colapso de la Unión Soviética, la autodestrucción violenta de Yugoslavia y el divorcio pacífico de Checoslovaquia hasta las presiones centrífugas en Europa, Occidente y los principales países emergentes hoy, la fragmentación ha sido un elemento fundamental en las relaciones internacionales en las últimas décadas.

La revolución de la información creó un mundo más global, interdependiente y transparente que nunca. Pero, a su vez, esto derivó en una búsqueda ansiosa y balcanizadora de la identidad. Este esfuerzo por recuperar la singularidad es ampliamente la causa de la creciente fragmentación del sistema internacional.

En el Concierto de Europa, la cantidad de actores era limitada y se trataba principalmente de estados, nacionales o imperiales. Los valores esenciales se compartían ampliamente y la mayoría de los actores estaban a favor de proteger el orden existente. En el mundo de hoy, por el contrario, la naturaleza de los actores involucrados ya no es tan clara. Los actores que participan son fuerzas transnacionales, estados y no estados, y sus objetivos son complejos y algunas veces contradictorios, sin un compromiso universal por preservar el status quo.

Estados Unidos puede tener la intención de crear un pacto transatlántico de comercio e inversión con Europa, que representaría una declaración política al mundo de que Occidente en términos generales constituye el punto de referencia normativo universal. ¿Pero acaso ese Occidente existe? En nuestra era de fragmentación, existe un Occidente estadounidense más poderoso y dinámico, un Occidente europeo globalmente más problemático (en sí mismo fragmentado entre un norte próspero y un sur económicamente rezagado) y hasta un Occidente británico y, en Japón, un Occidente asiático.

El concepto de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) puede haber sido una herramienta astuta de potenciación de marca. Pero, más allá de las altas tasas de crecimiento de sus miembros, ¿ha tenido una importancia real? De hecho, China claramente está en una categoría propia, como fuente de riesgo percibido (o real) para su entorno regional. Si el crecimiento de los BRIC se desacelera (como ha empezado a suceder), la artificialidad del concepto se tornará a todas luces evidente. Lo que une a las potencias emergentes hoy no es tanto sus esfuerzos diplomáticos conjuntos como su negación a asumir responsabilidades internacionales.

La fragmentación también afecta a las sociedades internamente. Profundas divisiones partidarias -ya sea sobre el papel del gobierno u otras cuestiones sociales/culturales- están generando prácticamente una parálisis en las sociedades democráticas como Estados Unidos. En las sociedades no democráticas, pueden conducir a una revolución y a violentas luchas de poder. Este ha sido el caso en gran parte del mundo árabe desde fines de 2010.

Hasta el poder mismo está más fragmentado que nunca. De hecho, Moises Naim proclama su muerte en su último libro, The End of Power: From Boardrooms to Battlefields and Churches to States, Why Being in Charge Isn’t What It Used To Be (El fin del poder: de las juntas directivas a los campos de batalla y de las Iglesias a los estados, por qué estar al mando no es lo que era antes). Si bien la conclusión de Naim puede ser prematura, tiene razón sobre algo: “El poder ya no compra tanto como en el pasado”. Es “más fácil de conseguir, más difícil de usar -y más fácil de perder”.

Algunos analistas sostienen, de modo tranquilizador, que un reacercamiento entre Asia y Occidente es posible, dada la simbiosis entre la democracia occidental y el confucionismo autoritario. Este es el argumento de Kishore Mahbubani en su libro The Great Convergence (La gran convergencia). Pero la armonía que surge del encuentro entre diferentes culturas y sistemas no está en absoluto a la vista -y no lo estará mientras el régimen de derecho no haya prendido en el mundo emergente y una cultura de la modestia no haya hecho progresos dentro del Occidente plural.

La cacofonía del mundo ha sustituido al concierto de Europa. Y tal vez esto siga siendo así en el futuro previsible.
Dominique Moisi is Senior Adviser at IFRI (The French Institute for International Affairs) and a professor at L’Institut d’études politiques de Paris (Sciences Po). He is the author of The Geopolitics of Emotion: How Cultures of Fear, Humiliation, and Hope are Reshaping the World.

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