La caída de Europa

Uno. La evolución de Europa

“Un pájaro fue alcanzado por un tiro en el ala derecha y, a causa de ello, pasó a volar en diagonal”.

“Más tarde fue alcanzado en el ala izquierda y se vio obligado a dejar de volar, limitándose a utilizar sus dos patas para andar por el suelo”.

“Más tarde fue alcanzado por un tiro en la pata izquierda y, a causa de ello, pasó a andar en diagonal”.

“Otra bala le alcanzó, semanas después, en la pata derecha y el pájaro ya no pudo seguir andando”.

“A partir de ese momento se dedicó a las canciones”.

A veces creo que Europa va a transformarse en ave cantora, aunque no por voluntad propia.

Dos. La formación de Europa: la lentitud, la paciencia. Después, la velocidad

“Para entrenar los músculos de la paciencia, el señor Calvino colocaba una cucharilla de café, pequeñita, al lado de una pala mecánica gigante, de las utilizadas habitualmente en obras de ingeniería. A continuación, se impone a sí mismo un objetivo innegociable: transportar un montón de tierra (50 kilos de mundo) desde el punto A hasta el punto B, puntos situados a 15 metros de distancia uno del otro”.

“La enorme pala permanecía siempre en el suelo, parada, aunque visible. Y Calvino utilizaba la minúscula cucharilla de café para ejecutar la tarea de transportar el montón de tierra desde un punto hasta el otro, sujetándola con todos los músculos disponibles. Con la cucharilla pequeñita era como si cada mínima porción de tierra fuera acariciada por la atenta curiosidad del señor Calvino”.

¿Cómo se ha ido formando Europa? Los países de un lado, como si fueran un montón de tierra, estaban disponibles. Después, uno a uno, o a pares, como máximo, iban siendo llevados (los países) desde el punto A hasta el punto B. Y todos los países querían estar en B: en la Europa unida.

Al principio, esta especie de transporte desde un punto hasta otro se hizo, me parece a mí, con una cucharilla de té: lentamente, con todas las cautelas, observándose cada nuevo país con demorada atención. Después, más tarde, la obra de ingeniería de Europa daba la impresión de estar atrasada: se avanzó entonces con la pala, a gran velocidad. Se dejó de ejercitar la paciencia, empezaron las actividades de velocidad pura.

Tres. Las ayudas a los países con dificultades

“Le dijeron: solo podremos ofrecerte empleo si a cambio te cortamos una mano”.

“Él llevaba mucho tiempo desempleado; tenía hijos, aceptó”.

“Más tarde fue despedido y tuvo que buscar empleo de nuevo”.

“Le dijeron: solo podremos ofrecerte empleo si a cambio te cortamos la mano que te queda”.

“Él llevaba mucho tiempo desempleado; tenía hijos, aceptó”.

“Más tarde fue despedido y tuvo que buscar empleo de nuevo”.

“Le dijeron: solo podremos ofrecerte empleo si a cambio te cortamos la cabeza”.

“Él llevaba mucho tiempo desempleado; tenía hijos, aceptó”.

Siempre concebí esta historia -El desempleado con hijos-, y como tal la escribí, protagonizada por un individuo. Pero podemos pensar que su protagonista es un colectivo, un país. La ayuda que reciben los países en dificultades se parece mucho a esta frase: solo podremos ofrecerte dinero si te cortamos la cabeza. Ante eso, ¿qué hace un hombre fracasado, que tiene hijos? Hace de Salomé de sí mismo: aquí está, en una bandeja, mi cabeza.

Cuatro. La caída

“Desde una altura de más de 30 pisos, alguien tira por una ventana los zapatos de Calvino y su corbata. Calvino no tiene tiempo para pensar, ya llega tarde, y se tira también por la ventana, como si fuera una persecución. Todavía en el aire, alcanza los zapatos. Primero, el derecho: se lo calza; después, el izquierdo. En el aire, conforme cae, procura encontrar la mejor posición para atarse los cordones. Con el zapato izquierdo falla una vez, pero vuelve a intentarlo, y lo consigue. Mira hacia abajo, ya se ve el suelo. Antes, hay que ponerse la corbata; Calvino está cabeza abajo y con un brusco estirón de su mano derecha la atrapa en el aire y, después, con sus dedos apresurados, más certeros, da las vueltas necesarias para hacerse el nudo: ya tiene puesta la corbata. Vuelve a echar un vistazo a los zapatos: los cordones, bien atados; da el último toque al nudo de la corbata, justo a tiempo, es el momento: llega al suelo, impecable”.

Podríamos pensar que el protagonista de esta historia es un ser fútil, preocupado únicamente por las apariencias, a quien le interesa únicamente (incluso en épocas de derrumbe, de desgracia, de tragedia) que la corbata esté bien puesta y los cordones de los zapatos, bien atados. Este es, sin duda, un punto de vista posible. Pero existen otras hipótesis de lectura de esta historia. Y una de ellas, completamente opuesta. Podríamos pensar que este señor en plena caída (este país, o este continente, Europa), a pesar de estar en caída libre, en plena tragedia, consigue mantener la calma y el orden. Incluso en la caída sabe orientarse, en la más profunda acepción del término. Sabe dónde está su lado izquierdo y su lado derecho, sabe actuar -apretar el nudo de la corbata, apretar los cordones-, incluso sin apoyo alguno (el concepto de caída es precisamente este: un cuerpo que se halla en el aire y se dirige a gran velocidad hacia el suelo, sin ningún apoyo). En esta segunda lectura, este personaje, en vez de ser visto como un ser fútil, que solo atiende a las apariencias, puede ser visto como un ser ejemplar, que incluso en medio de una caída mantiene la calma, la capacidad de actuar.

Al observar Europa, la veo así: en plena caída se preocupa por atarse los cordones de los zapatos, por hacerse el nudo de la corbata. ¿No sería más sensato dejarse caer con los zapatos desatados?

Con todo, la pregunta es esa, precisamente, qué alternativas le quedan a quien cae. Porque, de hecho, no es solo un país el que está cayendo, sino un continente entero. ¿Qué hacer mientras caemos? ¿Gritar? ¿Insultar a quienes nos dejaron caer? ¿Rezar? ¿Intentar pensar, en el preciso momento de la caída, en una solución que suspenda la fuerza de gravedad?

La cuestión europea, en este momento, es esa: ¿qué hacer mientras caemos? Ya no se trata de hacer algo para evitar la caída, sino, más bien, de pensar en estrategias de caída, de pensar en formas de caer sin lastimarnos. En eso es en lo que piensan ya muchos países. Es un pensamiento de yudoca, el más útil en estos momentos: sé que voy a caer y, por lo tanto, practico las caídas. Voy al gimnasio y me entreno semanas y semanas en la forma de caer. Esto es, de hecho, lo más sensato. El país que crea que nunca va a caer, que se mantenga duro y orgulloso y que no se entrene para caer bien, se partirá varios huesos cuando caiga, de eso no cabe duda. ¿Qué es, por lo tanto, un país yudoca? Es un país que no se hace falsas ilusiones sobre las fuerzas del otro (el otro -cualquiera que sea el adversario- tiene fuerzas suficientes para derribarme) ni tampoco se hace falsas ilusiones sobre la fuerza de gravedad: la naturaleza, nos guste más o menos, no va a suspender la fuerza de la gravedad.

De hecho, lo que me parece ya evidente para muchos países es que la cuestión no es si voy a caer o no, la cuestión es si voy a caer de frente o voy a caer de espaldas. Porque hay una enorme diferencia entre esas dos caídas. Caer de espaldas es mucho más peligroso. Lo que en el yudo se llama hippon, y que supone la derrota de un yudoca, es precisamente la caída de espaldas.

La diferencia, en definitiva, entre un país yudoca y un país boxeador consiste en que ambos caen, pero el yudoca, cuando cae, se lastima menos. Europa, por lo tanto, debe empezar, hoy mismo, con sus clases de yudo.

Por Gonçalo M. Tavares, escritor portugués. Estas ficciones pertenecen a dos de sus libros, El Señor Brecht y El Señor Calvino (Mondadori). Traducción de Carlos Gumpert.

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