La caja de Pandora

No, seguramente no lo han olvidado aún. A mediados de febrero, en una intervención en el Parlament, la alcaldesa de Vich recomendó a sus afines que no empleasen el castellano si por ventura se tropezaban con un tipo que «no parece catalán». ¿Cómo da muestras de ser catalán o no catalán el que todavía no ha tenido ocasión de pronunciar una sola palabra? Misterio. Dejémoslo estar, y centrémonos en consideraciones más al alcance de quienes no poseemos el instinto racial. El lance de la alcaldesa despertó en mí una sensación familiar, lo que se conoce como un «déjà-vu». De pronto, se hizo la luz. En La patria de los vascos, Javier Corcuera recoge unas líneas escritas hace 125 años por Sabino Arana en «Bizkaitarra», un periódico de la época. Les reproduzco el pasaje entero: «Si algún español te pidiera limosna, levanta los hombros y contéstale: Nik eztakit erderaz (no entiendo el español). Si algún español recién llegado a Bizkaya te pregunta dónde está tal pueblo o tal calle, contéstale Nik eztakit erderaz. Si algún español que estuviera, por ejemplo, ahogándose en la ría, pidiese socorro, contéstale: Nik eztakit erderaz».

La caja de PandoraLa alcaldesa, diputada autonómica de JpC y antigua convergente, había reincidido, sin saberlo, en un lugar común del tardocarlismo. Y hablo de tardocarlismo, y no de carlismo, porque el primero difiere del segundo en dos extremos cruciales. Uno, la contracción del viejo proyecto nacional a otro de dimensiones menores: mientras que los carlistas clásicos querían imponer su causa en toda España, sus herederos vascos y catalanes formularon su disidencia en un marco regional. Siendo más precisos, convirtieron a la región en nación. Dos, el descubrimiento del racismo, un acontecimiento europeo relativamente moderno. La exaltación de lo propio, que durante los siglos viejos se había expresado en términos religiosos y luego culturales, daría lugar, desde mediados del XIX, a una identificación incipiente de la cultura con la raza, una raza, de suyo va, inventada. Sabios e ideólogos, o quizá ideólogos travestidos de sabios, añadieron, a la invocación de un idioma o un folclore, la medición de cráneos y ángulos faciales. Todo junto, todo revuelto. En el caso vasco contó, más aún que la cultura, la tradición, igualmente inventada y con fuertes apoyos en el bajo clero. El caso es que se personó en el escenario un nuevo tipo de español, a saber, el español/antiespañol: localista, periférico y con pujos racistas. Desafía a la imaginación que estas complicaciones hayan logrado perseverar hasta hoy. Por desgracia, lo han hecho, como confirma un estudio inapreciable y recientísimo.

«Pathways and Legacies of the Secessionist Push in Catalonia» (octubre, 2019) está firmado por un catedrático de Estadística de la Universidad de Barcelona, otro de la Pompeu Fabra y un catedrático de Psiquiatría de la Autónoma de Barcelona. Los autores miden la evolución del sentimiento independentista en Cataluña desde 2006 hasta ahora. Primero, los números escuetos. En el 2006, los partidarios de la secesión se situaban alrededor del 20%. En el 2010 se produce un ascenso significativo del independentismo, que no cesa de crecer hasta que, en el 2012, da un respingo fenomenal. La adhesión máxima, cerca del 45%, se registra en 2014, fecha a partir de la cual se estabiliza, con una leve tendencia a la baja. ¿Datos a tener en cuenta? En esencia, dos. El despegue del independentismo antecede al recorte del Estatut por el TC. En segundo lugar, el estallido propiamente dicho se produce cuando Artur Mas aborda las elecciones con una agenda soberanista, sale trasquilado, y tiene que gobernar contando con los votos de ERC, más genuinamente secesionista que Convergencia. El viraje oportunista de Mas, junto a los mecanismos de agitación accionados desde la cúpula institucional, imparables ya, tuvieron un efecto explosivo. Artur Mas había abierto, literalmente, la caja de Pandora. Se corrobora, ¡ay!, un hecho frecuente en la vida pública: la oferta genera demanda. Estados de opinión difusos y todavía en estado latente adquieren una virulencia imprevista apenas alguien estratégicamente situado toca la tecla oportuna (o inoportuna). Pensemos en los populismos, lo mismo da si de izquierdas que de derechas: cabría decir que el populismo constituye una amenaza crónica, contenida por el sentido de responsabilidad de los partidos. Por eso es fundamental, a fin de que una democracia funcione, que lo hagan sus elites políticas. Las nuestras no andan, qué les voy a contar, muy finas. Los autores no conceden demasiada importancia al agravio económico (balanzas fiscales, etc.), aunque sí apuntan al papel desempeñado por TV3. Todavía, sin embargo, no hemos llegado a lo principal.

Lo principal es que la voluntad secesionista aparece fuertemente correlacionada con el nivel de renta y la lengua. Los independentistas se sitúan, con claridad, entre los mejor dotados económicamente. Eso, por un lado. Por el otro, tanto más probable resultará que un encuestado sustente la independencia, cuanto más catalán se hable en su casa (o mayor el número de ascendientes nacidos en Cataluña). Las dos variables se solapan, ya que los catalanoparlantes son más ricos que los castellanoparlantes. Pero los autores mantienen que el factor étnico/lingüístico es el causalmente determinante. Una persona tomada al azar tenderá a sentirse incompatible con España si en su casa se habla catalán y sus abuelos han nacido en Cataluña. Los mapas electorales apoyan esta conjetura: la Hinterland independentista aparece superpuesta a los viejos territorios carlistas, esto es, los menos afectados por la inmigración. Reparemos, por retomar el hilo, en la alcaldesa de Vich. Vich fue uno de los bastiones del carlismo durante las asonadas del XIX, como bien consta a los lectores de Galdós.

Podría decirse: de aquellos polvos vienen estos lodos. Y también: el lodo, al derramarse sobre una máquina, estropea y desvencija sus engranajes, por moderna que sea la máquina y elemental y primigenio el lodo. La Constitución del 78, desnaturalizada tras decenios de aplicación negligente o caediza, está empezando a echar humo. Y con Sánchez, no solo humo sino humazo, o, mejor, rayos y centellas. Entre tanto los partidos siguen a lo suyo, lo cual no coincide, por fuerza, con lo nuestro.

Álvaro Delgado-Gal es escritor.

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