La calidad universitaria española en el mundo

La publicación anual de ránkings internacionales de universidades viene siendo noticia cada año en España por la ausencia de las nuestras entre las cien primeras clasificadas. Esta tendencia se ha perpetuado y suele dar pábulo a adustas críticas. Tampoco en 2019 asoman las universidades españolas entre las cien mejores del mundo en ninguno de los tres principales ránkings: el de Quacquarelli Symonds (QS), el de Times Higher Education (THE) y el de Shanghai Consultancy.

El ránking de Shanghai solo incluye una universidad española entre las 200 mejores y otras nueve entre las 500 mejor posicionadas; QS, tres entre las 200 primeras y otras nueve entre las 500 más destacadas; THE, dos en el grupo de las 200 mejores y otras seis entre las primeras 500. Si bien estas posiciones no desmerecen, la comparación con los países de nuestro entorno abruma; no solo con el Reino Unido, Francia y Alemania, sino también con otros de poblaciones muy inferiores a la española. Entre las 100 primeras de esos tres ránkings encontramos: siete universidades holandesas en el listado de QS; tres suecas, en los de THE y Shanghai; dos danesas, en el de Shanghai; y una finlandesa, en los tres. Que un país próspero como es España, que cuenta con una de las tres universidades más antiguas de la humanidad y con varias de más de trescientos años, quede fuera de ese selecto centenar infunde un gran desánimo. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que Suecia, país de apenas diez millones de habitantes y con solo dos universidades fundadas antes de 1950, logre colocar tres entre las cien mejores del mundo, mientras que ninguna española alcanza ese escalafón?

Debe sopesarse, primeramente, que esos ránkings incurren en palmarias incongruencias derivadas de su subjetividad. Por ejemplo, la Universidad de Lancaster ocupa el puesto 131 del mundo según QS, el 146 según THE, el 301 según Shanghai. Por otro lado, los ránkings nacionales publicados en el Reino Unido la sitúan siempre entre las diez mejores del país: es la séptima en el listado de The Times y la novena en el de The Guardian. Muy al contrario, la Universidad de Edimburgo logra la posición 18 en la tabla de QS, pero en los ránkings nacionales no supera el puesto 23 (The Times).

Ello se debe a que los ránkings nacionales británicos se fijan eminentemente en la enseñanza, mientras que en los internacionales prima la investigación. La enseñanza computa un 10% en el de Shanghai, un 20 en el QS y un 30 en el de THE. Por otra parte, la investigación cuenta un 80% para Shanghai, un 60 para QS y un 62,5 para THE. Otros criterios dependen de la producción científica, como son la «reputación» de la universidad o la «diversidad internacional».

En definitiva, el puesto que una universidad ocupe en un ránking concreto no refleja fehacientemente su calidad. Caso especialmente llamativo lo constituye la Universidad de Edimburgo, en la que ejercí de profesor y de catedrático durante más de una década. Aunque Edimburgo alcance puestos destacados en las tablas internacionales, las nacionales ponen de relieve sus infinitas carestías. Sus paupérrimos resultados en las evaluaciones docentes no cuentan para QS, THE y Shanghai, y la modesta investigación que se produce en algunas áreas de las humanidades se compensa con una producción más destacable en ciencias y con factores aleatorios como la diversidad nacional. Para que el lector se forme una idea: en el área de Literatura española, la producción científica de Edimburgo suele ser tan escasísima como deslustrada, y la calidad del currículo, tan ínfima que los alumnos se gradúan habiendo estudiado apenas a autores marginales y sin saber quiénes eran Galdós, Bécquer o Góngora ni haber leído a Cervantes.

Es obligado que, como en otros países europeos, en España los gobiernos pongan especial celo en elaborar políticas que favorezcan la competitividad de sus universidades en esos ránkings internacionales. En los últimos años la ANECA ha realizado una loable labor de evaluación de la calidad, y el ránking nacional elaborado por EL MUNDO ha permitido cobrar holgada conciencia del rendimiento de cada universidad. Con todo, quisiera apuntar aquí algunas iniciativas fundamentales para optimizar los antedichos resultados.

Para medir la calidad de la investigación esos ránkings emplean como principal parámetro el número de veces que los científicos son citados en las publicaciones de otros. Dado que la comunidad científica internacional emplea el inglés como lengua franca, publicar en esa lengua asegura un número de citas muy superior a publicar en otra. Por ello, universidades de países como Holanda o los escandinavos han consolidado su presencia en las tablas internacionales. Aparte de los servicios de traducción que muchas universidades españolas ofrecen a sus investigadores, urge impulsar políticas nacionales efectivas que impongan el empleo del inglés avanzado entre los universitarios.

El principal escollo para la competitividad internacional de la ciencia española quizá sea el intrincado sistema de contratación del profesorado universitario. Los anuncios de las plazas se restringen al ámbito nacional o incluso regional y los concursos requieren la presentación de una desorbitada cantidad de documentación, factores por los que solicitar un puesto en España resulta infinitamente más operoso que en la mayoría de los países occidentales. Ello dificulta enormemente el acceso de investigadores foráneos a las universidades españolas.

En definitiva, la cuestión radica en fomentar lo que ahora llamamos la «internacionalización». Sin una mayor producción científica publicada en inglés y sin un sistema de contratación menos enrevesado, las universidades españolas no lograrán su merecido reconocimiento en los ránkings internacionales, ni tampoco los beneficios que ello reporta.

Juan Antonio Garrido Ardila es profesor en la Universidad de Malta e investigador de la Universidad de Ámsterdam.

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