¿La calma que precede a la tempestad?

Estas últimas semanas, hemos tenido numerosas referencias de los destrozos que acarrean los huracanes. Su dirección, su potencia son conocidas. Y también lo es el que, una vez en el ojo del fenómeno, emerge una calma que solo es el anticipo del golpe que vendrá a continuación. Los últimos meses tengo la extraña, y desazonadora, percepción que algo de eso nos pasa, aquí en Catalunya y también en España y el conjunto de la UE.

Vaya por delante que estoy convencido de que los humanos tenemos poco margen de maniobra, otra forma de definir el conocido pesimismo de la razón. Simplemente por diseño evolutivo. Léanse el texto de Robert Meyer y Howard Kunreuther, ‘The Ostrich Paradox’ (2017), acerca de lo mal preparados que estamos para lidiar con desastres, y probablemente estarán de acuerdo con la lista de descomunales sesgos en nuestro comportamiento, individual y en particular colectivo: el de amnesia de los peores momentos, el del optimismo sin base, el de la tranquilidad por pequeñas acciones…

De hecho, si no fuera por esos olvidos selectivos y los optimismos irracionales, las crisis financieras, simplemente, no podrían existir. Pero, ¡elas!, los humanos actuamos de esta forma y los resultados están a la vista. Y no solo en los asuntos económicos o financieros. La vida política, aquí y en todas partes, está llena de cadáveres de aquellos que creyendo que iban a ganar, pusieron todos sus activos en un plato de la balanza. Y, lastimosamente, perdieron.

Todo lo anterior viene a cuento de las inquietudes que plantean las elecciones alemanas. No, no se trata de que no vaya a ganar Angela Merkel. Aunque si lo hiciera su contrincante mejor situado, el socialdemócrata Martin Schulz, tampoco constituiría una ruptura radical con la política seguida por la cancillera.

Las inquietantes noticias que nos llegan de Berlín, y otros estados de la antigua RDA, se refieren al auge de Alternativa por Alemania (AfD), el partido xenófobo, antiislamista y antiinmigración nacido a partir de la crisis del euro y que, tras la fusión-absorción con el movimiento Pegida, ha aumentado sus opciones de entrar en el parlamento federal. Y con unos resultados que no están mal: si consolida el 10% del voto, lo que parece posible, podría alcanzar los 70 escaños, lo que podría cambiar el tradicional tono centrista de la política alemana, donde incluso los Verdes, por no hablar de los Liberales, forman parte de su corriente principal.

Y ello porque su discurso es algo que no se había escuchado en la política alemana de los últimos 60 años. Las afirmaciones de sus líderes, como las que solo ellos son el pueblo, que el monumento al Holocausto en Berlín es una vergüenza o que hay que terminar con el culto a la culpa de Alemania por la segunda guerra mundial son, ciertamente, preocupantes. Añadan a ello su racismo explícito y su islamofobia radical y tendrán una aproximación a lo que se aproxima al Bundestag el próximo 24 de septiembre.

Lastimosamente, la reemergencia de la AfD forma parte de los signos de los tiempos, como han mostrado el auge de posiciones claramente xenófobas en las elecciones presidenciales de Austria, en el ‘brexit’, en los comicios holandeses o en los de Francia, por no hablar de lo que sucede con Trump. La lista de razones para este tsunami demagógico, que no retrocede y que todavía no ha alcanzado su cenit, es larga: la crisis del euro, el salvamento de Grecia, el ‘shock’ de la marea de refugiados, la creciente división europea Este-Oeste por el respeto a los derechos humanos (entre ellos, los de los refugiados), la insoportable desigualdad, la falta de oportunidades o la larga mano rusa interviniendo en potenciales o reales conflictos en Europa y los Balcanes.

Pero estos acontecimientos toman relevancia ahora, por la creciente convicción por parte de amplios colectivos, y entre ellos los votantes del AfD, de que las élites, sean alemanas, españolas, francesas o europeas, tienen otras agendas, en las que la solución de los problemas del común de los mortales no figuran entre sus preocupaciones.
Hace unos años, en pleno debate sobre el futuro de España en el euro, me referí desde estas páginas a la coexistencia de los indignados del Sur con los del Norte. Esta indignación norteña es la que encontramos hoy, de nuevo, ahora en Alemania y otros países prósperos de la UE. Por ello mi pesimismo racional.

Lo dicho. No se fíen de la aparente tranquilidad actual. Bajo los pies de nuestra querida Europa, el terreno no es sólido. Y puede erupcionar a poco que la situación se complique. Y, tarde o temprano, se complicará.

Josep Oliver Alonso, UAB y EuropeG.

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