La calumnia, lisa y llanamente

Cuando el último lunes el programa matinal de TV3 llegó a las 2:31:00, un cualquiera que ya dirá su nombre ante el juez aseguró que el periodista Arcadi Espada había escrito un libro defendiendo la pederastia. “Ras i curt“, añadió, que quiere decir lisa y llanamente. Se aludía en la tertulia a los casos de abusos sexuales que se han denunciado recientemente en una institución religiosa de Cataluña y el cualquiera, para ejemplificar “el discurso intelectual” que defiende la pederastia, tomó como rehenes a Espada y su libro Raval (Anagrama, 2000).

La práctica de la pederastia es un delito y sus autores se encuentran entre los peores criminales contemporáneos, jurídica y socialmente hablando. No es ninguna broma inane asegurar de alguien que la defiende. Sin embargo, el cualquiera vertió su calumnia con comodidad. Uno de los conversadores le dijo que le costaba creer que Espada defendiera la pederastia, tímida objeción que aún aprovechó el otro para atizarle con sorna: “Pues no te cueste creerlo, no te cueste”, mientras a su lado asentía un tentetieso. Una conversadora aportó una gran novedad diciendo que había leído el libro. Es remarcable que a pesar de tal conocimiento, ciertamente presunto, no contradijera lo vertido y añadiera así un argumento de autoridad a la calumnia.

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Raval, por supuesto, no defiende la pederastia. Es envilecedor que yo deba teclear esa frase, pero así es la vida. No trata de la pederastia (o, al menos, tanto como La Guerra y la Paz trata de Rusia), sino sobre el funcionamiento del estado de Derecho y el terrible fallo en cadena de policías, fiscales, jueces, psicólogos y periodistas que se abatió sobre un puñado de familias barcelonesas, muy pobres, en el verano de 1997. Sería de una ingenuidad escandalosa pretender que la conductora del programa conociera estos detalles. Más probable es que sepa que la pederastia es un delito. Como el resto de responsables de la cadena pública también ella tendrá que explicar ante el juez su colaboración en la difusión de la infamia.

O al menos eso espero. Que tengan que explicarlo. Las deyecciones de la gentecilla siempre inspiran una curiosidad darwiniana, pero no dejan de ser un asunto menor. Más perturbador es el negocio que se hace con ellas. Hay muchas cosas que han caído con los periódicos. El problema no es su derrumbe, sino el que sigan siendo necesarias. Aun teniendo en cuenta el nivel cognitivo del cualquiera y su umbral moral, es improbable que hubiese escrito en un periódico lo dicho: hay una obvia diferencia de método entre un artículo y una conversación. En cualquier caso, si lo hubiese escrito, el periódico afrontaría un claro riesgo solidario de responsabilidad civil. La letra de la ley no distingue entre medios escritos o audiovisuales, pero algunas interpretaciones jurídicas son laxas con la responsabilidad asociada. Esta laxitud es desalentadora y, para empezar, no se corresponde a la distinta eficacia de la calumnia. El impacto de un comentario en el periódico es mucho menor al de un comentario en la televisión. Y es puramente sensacional que el periódico pague por algo que hace poco daño, mientras que los medios audiovisuales eludan pagar, a veces, por lo que hace tanto.

El ecosistema comunicativo ha sufrido un cambio trascendental en las últimas décadas: los periódicos han dejado de tener el monopolio de la opinión, de la interpretación, de todo lo que desborda el género de la objetividad, y ahora compiten -desigualmente- con la radio, la televisión y las redes sociales. Hasta hace poco radios y televisiones aplicaban estrictos principios objetivos a sus informaciones. Siempre hubo murrows, de acuerdo. Pero, de algún modo, radios y televisiones parecían ser conscientes de que manejaban un arma de destrucción masiva, cuyo poder en la configuración de la opinión pública creció exponencialmente por la introducción del comentario. Los medios audiovisuales son hoy una gigantesca factoría de opiniones cuya responsabilidad se resisten a asumir.

Hay algo en lo que llevan razón. El agravio comparativo. Respecto a la calumnia, ni radios ni televisiones compiten con los periódicos sino con las llamadas redes sociales. Twitter y Facebook, en especial, son un inmenso caladero de sucios comentarios publicados sobre las personas y los hechos; pero no comparten con el difamador la responsabilidad de la difamación. En España, como me explica el abogado Juan Luis Ortega, en razón de la Ley de la sociedad de información y del comercio electrónico, y en el resto del mundo en razón de leyes similares. La discriminación no se sostiene jurídica ni moralmente. Un periódico digital puede ser demandado con eficacia a consecuencia de los comentarios injuriosos de sus lectores; pero que Twitter o Facebook no respondan por ellos es una prueba más de hasta qué punto la dimensión digital está fuera de la ley. Es falso decir, al modo de los lobbys, que el control es imposible por un problema de dimensión: la obligación de esas empresas megamillonarias es invertir en personal y tecnología para que la protección de los individuos sea real. Como también es falso asimilar la prestación de servicios de Facebook o Twitter a la que realizan, por ejemplo, las compañías telefónicas. Al contrario de la telefónica, la conversación digital sólo está hecha para publicarse. Las redes sociales ganan dinero por la difusión de mentiras, pero a diferencia de los viejos periódicos no asumen la responsabilidad derivada.

Es impresionante observar la desidia de la política para intervenir en el asunto. Tan impresionante que la desidia muta en complicidad, a poco que se la observe fijamente. Donald Trump y Pablo Iglesias son consecuencias de la mentira en red. Como Silvio Berlusconi lo fue de la mentira televisada o Adolf Hitler de la mentira radiada. La política nunca es inocente. El cualquiera es un ínfimo pero veraz ejemplo del axioma. Al fin y al cabo en Cataluña el que no es nacionalista es pederasta.

Y tú sigue ciega tu camino.

A.

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