La cama de Lorca

Por Eduardo Arroyo, pintor (EL PAÍS, 04/12/07):

Cocinas, aparadores, enseres, comedores, ¿y la cama? ¿Qué hacemos de la cama, ese animal de cuatro patas, origen y fin de la vida? Quisiera recordar, sirviéndome de mi vacilante memoria, la cama de la madre del Yiyo, el torero que murió en 1985 el 30 de agosto, en Colmenar Viejo. El torero que murió sin que se diera cuenta, casi cuando la lid había terminado y el toro Burlero desangrado entraba en agonía. El Yiyo miró hacia el frente y un cornalón tardío se le acercó al corazón y se lo partió en dos, como un libro. El Yiyo muerto, recompuesto, arreglado, vestido de luces y con las zapatillas puestas. Allí en la cama de la madre, del lado izquierdo. En la cama donde probablemente fue engendrado. ¿De qué lado reposa o se agita el hombre en una cama matrimonial? ¿A la derecha o a la izquierda? Nadie sabe darme razón. Al lado izquierdo reposa El Yiyo y junto a él todo el dolor del mundo. Tendida en la cama, ya sin lágrimas, la madre. Nunca jamás en una “fotografía española” vi tanto dolor ni tanta oscuridad ni tanta pasión. La madre del torero descansa viva para olvidar al lado de su hijo lo que no podrá olvidar jamás, porque el hijo ya está muerto y vestido con el traje de torear, color azul marino y oro.

La seudovanguardia artística tiene también su cama, pero confortable, divertida, nueva, diferente, desdramatizada, amable, internacional y a veces con colchón de agua. La casa museo de Federico García Lorca en Granada se convierte en epicentro del arte internacional. Todo está ya preparado para la apuesta radical e inteligente. Lo contemporáneo, lo de hoy dando luz nueva a uno de los más altos poetas del siglo XX.

Algunas camas son de piedra, como en el corrido; y cuando no hay camas a mano ocurre que es necesario inventárselas. Cuando Van Gogh se descerrajó un tiro entre las mieses que rodeaban Auvers-sur-Oise, bajo el vuelo protector de cuervos amenazantes que querían picotear el trigo o comerse los cuadros frescos apoyados en sus caballetes, lo llevaron moribundo al hotel de aquel pueblo. Al casi cadáver con las botas puestas lo extendieron para que muriera horizontal, sobre el tapiz verde de una pueblerina mesa de billar, las bolas y los tacos arrinconados para hacerle sitio. También a Buenaventura Durruti lo extendieron sobre una mesa de una casa aristocrática de Madrid, con los pies enfundados en sus botas embarradas, apenas secas del lodo de la batalla. También murió Kid Tunero sobre la colchoneta de un gimnasio.

Hans Ulrich Obrist, comisario internacional a quien no tengo la fortuna de conocer, ha ampliado el paisaje de sus actividades con una novedosa propuesta impulsada por la Fundación García Lorca y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC): llevar el arte contemporáneo a Granada, este rincón del mundo.

Everstill es el título de la propuesta -“apuesta”, dice Obrist- que ha dedicado a Lorca: “Lorca ha sido un inspirador de tantas cosas”. “No puede haber mejor sitio en el planeta para reflexionar sobre las relaciones entre arte y literatura que su casa”.

Veo la cama de Lorca. No me la imaginaba así, pues nunca tuve la ocasión de visitar su casa de la Huerta de San Vicente. Me parece bella y austera, cubierta por una colcha de ganchillo seguramente hecha a mano, presidida por la imagen de una Macarena. Las cuatro patas están apoyadas sobre un azulejo (blanco, negro, gris y rojo) quizás andaluz.

Estos dos tontitos de Gilbert and George, estos dos artistas bastante pesaditos de un solo cuadro, de una sola cristalera, de ninguna manera quieren jubilarse. Son como esas dos tías que tenemos todos y que ya viejas no se deciden a separarse después de haberse soportado años y años en una soledad impensable. Estas dos simpáticas actrices del cine mudo, que por supuesto tienen pasaporte británico, se meten en la cama de García Lorca, sin quitarse los zapatos. Ellos nunca morirán con las botas puestas como el general Custer-Lorca. Hacen performance de un objeto donde el poeta debiera de haber muerto de muerte natural. Hacen performance de la cama que el poeta estuvo obligado a abandonar para refugiarse, llorando de miedo él, en casa de sus amigos los Rosales, y terminar fusilado en una fosa al lado de dos banderilleros y de un maestro de escuela cojo.

No seré yo el que me preocupe por esta nueva y vanguardista incursión en el mal gusto. No tengo ni estatuto ni derecho a juzgar lo que los herederos decidan sobre el destino y la imagen del poeta. Y no porque considere que la “provocación bolivarista” de los dos jubilados de la aparente modernidad haya profanado con sus zapatos ingleses de rebajas la cama del poeta, desde la que salió para ser asesinado. Me pregunto si el poeta hubiera sabido que levantándose de esa cama iba directamente a la muerte, se hubiera levantado, hubiera posado sus dos pies helados de miedo sobre el azulejo andaluz.

En realidad, lo único que me molesta de esta performance, de este in bed with Lorca, es que esos todoterreno británicos no se quitaran los zapatos, aunque se descubriera que los calcetines llevaban tomates, como si estuviesen llenos de termitas. Zapatones adecuados para la niebla de Londres y desaconsejables para el todavía mefítico clima de Granada. Anteriormente a “¿quién se acuesta primero?, ¿a quién le toca el lado de la pared”, Gilbert and George se fotografiaron en la cocina del poeta -había también que ocupar la cocina del poeta-, y yo de cocinas entiendo. Se fotografiaron dos tontitos, irresponsables y satisfechos, ante tres perolas de la Residencia de Estudiantes, abolladas pero todavía dignas.

Parece ser que, entre otros, se ha agregado a este sospechoso homenaje Cy Twombly, que tuvo el gusto de nunca salir de su casa de Roma en Via Monferrato, no lejos de la que alquilaron María Luisa León y Rafael Alberti durante su exilio romano y casi enfrente de la que alquilé yo en aquel invierno de 1961. Yo sabía, mirando de mis ventanas a las suyas, que Cy Twombly nunca salía de su casa. En realidad nunca le vi. Por salir, ni siquiera se aventuraba a su terraza. Imagino que tampoco debió aventurarse más abajo de Despeñaperros. Conocía a Rómulo y Remo, porque eran de casa, pero creo que nada más, aunque, aún le doy crédito porque estoy seguro que era lo suyo, conocía los cantos pisanos escritos por Ezra Pound desde su prisión italiana, encarcelado por haber dicho tonterías sobre Mussolini. Es triste que un poeta magnífico termine en la cárcel por su simpatía por un cretino como Benito. Las vías del Señor son insondables.

Según parece, algunos intervinientes en este homenaje de la Huerta de San Vicente tienen las ideas claras de cómo homenajear al poeta. Por ejemplo, Tacita Dean, que no es de Málaga, por lo de tácita se entiende, “enviará postales de Cadaqués cada día de la exposición”, asegura Obrist. Así evocará la intensa aventura creativa que mantuvieron ambos desde que se conocieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid. David Bestué y Marc Vives han ideado unos títeres para un teatrito que instalarán bajo la cama del poeta. ¿Y la música? La música la pone Enrique Morente, que también pasará por debajo (¡qué obsesión!) de la cama de Federico.

Me pregunto quién no se ha emocionado en su vida ante el asesinato de García Lorca o el Diario de Ana Frank. Me he sentido siempre, y es un decir, más cerca de Lorca que de Hernández, aunque lo de Hernández también tiene lo suyo.

En 1969, en Milán, pinté al óleo cinco cuadros evocando el crimen de Víznar. En cada cuadro pinté una bicicleta, un velocípedo salvador. ¿Por qué el poeta no cogió esa bicicleta salvadora en lugar de refugiarse en aquella trampa que fue la casa de los Rosales? Otro objeto más: aparadores, cocinas, comedores, camas, bicicletas.