La campaña hermética

Nada nuevo hay bajo el sol, aunque el sol caliente a veces más de la cuenta. Nada de cuanto sucede (suceda lo que suceda) sucede por vez primera. Sólo las formas cambian. O se exacerban. O se dan las condiciones para que sucedan con más vehemencia o con mayor nitidez. Se habla mucho estos días de la burbuja de filtro o del filtro burbuja, que todo es lo mismo con mejor o peor sintaxis. Son muchas las páginas web que aplican –parece– un algoritmo de compleja descripción y elementales objetivos que acaba por proporcionar al usuario la información que desea ver. Y ninguna otra. Por mucho que uno busque, encuentra sólo lo que quiere encontrar. Por mucho que uno crea abrirse al mundo, el mundo se le cierra. U ordena. Esa es la explicación inocente, claro. El colador no trabaja por sí solo ni busca procurarnos ningún mal, sólo atajos. El colador nos ahorra disgustos y un montón de tiempo. El colador nos hace el trabajo sucio. El colador responde a nuestra demanda, aunque apetezca más señalarlo como el responsable de nuestros sesgos. ¿Cómo opera el colador? Replicando de forma ejemplar el funcionamiento del cerebro. Toma como referencia nuestra ubicación, nuestro historial de búsquedas, cuanto hayamos encontrado interesante en el pasado. Se vale de asunciones. Aprende qué nos da placer. Recuerda qué pensamos y, por tanto, qué queremos pensar (y que otros piensen). Nos aleja de opiniones irritantes, de puntos de vista conflictivos, de voces que contrasten con las nuestras. Nos encierra en la campana hermética que conforma quiénes somos. Nos aísla en el chiquero cultural e ideológico en que optamos por guarecernos. Hace que todo parezca sencillo. Solucionable. Nos guarda de los demás. Nos abriga del frío.

Es, por tanto, un concepto novedoso que define uno viejo y cuya explicación (cuya coartada) constituye en sí misma el filtro definitivo. Porque no hay algoritmo que mejore la tendencia natural a darse gusto, la inclinación natural de nuestra psique a tener razón. O a dársela. Nuestro apego, en definitiva, por sacudir la cabeza ante la obcecación ajena (refractaria, por lo visto, a cualquier lógica).

Cuando los periódicos se compraban –y no sólo se leían– uno elegía con cuidado el suyo, porque iba a convertirse en su ventana al mundo, la interpretación exacta de cada fasto o guerra, de cada logro social o renuncia propia. Con el periódico venía incluido el partido al que votar y un DVD los domingos. Un sistema moral completo. Una ideología. Un chollo. Cuando la radio se oía en directo –y no por podcast, con la opción de saltarse la publicidad– uno elegía bien su emisora y soldaba con estaño el dial, para que no se moviera. Un señor (señora a veces) determinaba cada mañana quiénes eran los malos y quiénes los buenos: dividía el mundo por la mitad y se aseguraba de ubicarnos. En tiempo real. Sin algoritmos. O con los que proporcionaba el entendimiento. Ahora es más complejo, claro, crece la oferta. Para definir lo mismo. Como antes de Marconi. Como antes de Gutenberg. ¿No ponían ellos cuidado en seleccionar a amigos y parejas, tan de conveniencia como los nuestros? ¿O en modelar a sus hijos al gusto, dentro de un orden? ¿Igual que ahora? ¿Igual que luego?

Nunca, sin embargo, como hoy, ha tenido el hombre mayor facilidad para encontrar orejeras de su talla. Del parche pirata hemos pasado –al fin– a la ceguera completa. Si antes nos protegíamos de los demás, ahora protegemos a nuestros avatares, que sólo se llevan con los avatares virtuosos. Cuidamos como nunca de los dobles que viven por nosotros en los huecos que dejan los átomos entre sí, donde la sabiduría se descompone en cifras y solidifica –con mejor resolución de la que proporciona el ojo– en nuestros teléfonos. No corro el riesgo de pasar por original con esto. ¿Qué ha cambiado, entonces, desde Platón y sus sombras hasta los destellos exactos que nos llueven como aerolitos sobre el sistema límbico? Nada. Y todo. Y muy, muy rápido. El poder de las redes (todas de pesca) no es el de conectar el mundo con el mundo, sino, en su peor versión, el de apagarlo. Como nunca. Y mejor. Con el potenciador imbatible de lo instantáneo. Multiplicado por la irresponsabilidad. Multiplicada por la inteligencia (que, sin moral, es una inconveniencia). Multiplicada por la crueldad, sádica, gratificante. Sin consecuencias.

Cada timeline de cada ser humano pretendido (en las redes no hay, propiamente, nadie, sino la representación abstracta de tantos) se nutre de cuanto resuena con la propia opinión. Que siempre es previa. E inadvertidamente heredada. Nada cabe en el propio paradigma que no sirva para confirmarlo –o, mejor, para reafirmarlo–, salvo alguna postura escogida con mimo entre las antagónicas que ayude al pensador a sentir que lo es (hasta que el malestar se hace excesivo y fructifica en forma de unfollow). Ya no desfiguramos el entorno para hacer de nuestra cabeza el mundo. Eso era antes. Cuando no sabíamos nada. Ahora nos disolvemos en grupos que interactúan sólo con sus espejos, monstruos de mil ojos que se dan y quitan la razón en un milisegundo, furiosos o incrédulos, o complacidos ante la negación o certificación de cuanto es obvio. Si un día la disolución fue, por inevitable, más gentil, hoy somos mucílago incendiado que lanza y exhibe certezas, que descarta cuanto lo cuestiona hasta alejar de su vista el tropiezo estético. No somos individuos crédulos, obedientes, acríticos. Ojalá. Somos muchedumbre agresiva y mansa al tiempo, que se cuece (nos cocemos) en su salsa. Que se cuece. Nos cocemos. En su salsa. La mera selección de estímulos no es suficiente. Ya no. La experiencia diaria (virtual y, por tanto, aparente, y, por tanto, cierta) es un horno de inducción que nos deja dorados por fuera y –sólo con mucha suerte– tiernos por dentro. Hacemos, pues, lo de siempre. Lo hacemos mejor que nunca. Así que todos contentos.

Rodrigo Cortés, cineasta y escritor.

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