La canción del verano

Cuando al principio del verano AENA anunció a bombo y platillo su decisión de invertir una ingente cantidad de recursos en la construcción de una nueva pista en el aeropuerto de El Prat, de golpe pareció sonar una fuerte melodía.

Después del año terrible de la pandemia —con la economía barcelonesa tocada de muerte por la ausencia de turistas—, aquello pareció de entrada una marcha triunfal. Incluso para todas aquellas personas más concienciadas de los límites ambientales del sistema, el anuncio de una gran inversión pública representó un chute inmediato de optimismo.

Por otra parte, esa melodía parecía reconectar con aquella famosa reivindicación de inversión de la “sociedad civil”(y a la práctica, de los empresarios), que ahora hace casi tres lustros pedían una ampliación de El Prat para que fuera aeropuerto intercontinental. En cierta manera era una línea melódica reconfortante, que recordaba un mundo lejano —sin pandemia e incluso anterior al crack de 2008— menos incierto, y una política y una sociedad catalana que aún no había conocido la estéril década del procés.

No se sabe a ciencia cierta cuáles fueron las intenciones de quién compuso esa melodía. Pero sí sabemos que el resultado final ha sido una canción de estribillo simple, y, sobre todo, muy corta, como una canción de verano.

En el silencio posterior, se empezó a escuchar también el sonido de todas las contradicciones de la operación, ya que pone sobre la mesa las cuestiones más acuciantes de nuestro tiempo, en términos generales (la tensión entre modelo de desarrollo y emergencia climática, es decir, las condiciones para la supervivencia) y, también más concretamente referidas a la situación catalana y española (la tensión entre el modelo turístico intensivo actual y la necesidad de una diversificación del tejido productivo).

En este sentido, ha abierto por fin un debate complejo y real en el cual, justamente por ser un debate político, han saltado las divisiones “nacionales” que han secuestrado la política en Cataluña (y en España), en la última década. Aunque fuera sólo por eso, hay que celebrarlo.

Así, convergentes y socialistas se han declarado a favor, los comunes en contra y los republicanos de momento oscilan, perdidos entre sus límites tradicionales —querer ser partido grande, del establishment constituido, pero sin tener proyecto para ello—, y un debate interno pendiente sobre el tema que aún puede dar sorpresas. El mapa de los ayuntamientos potencialmente interesados por la ampliación también es variopinto y cambiante, aunque los consistorios de Barcelona y de El Prat —ambos en manos de los comunes— han asumido claramente el liderazgo de la oposición a la propuesta de AENA y de la formulación de alternativas. Los empresarios se han declarado ostentosamente favorables, mientras que los sindicatos han reclamado más información y abordar el tema de manera más integral, sin limitarse al esbozo de propuesta presentada y validada con prisas por el Gobierno catalán en un calurosísimo día de agosto.

Sin embargo, y más allá de las contraposiciones entre partidos, instituciones u organizaciones sociales e incluso más allá de los débiles compromisos institucionales estivales, nadie puede pensar que el debate esté resuelto. Básicamente porque hasta ahora ha faltado claramente la pregunta del “para qué” sería necesaria una ampliación del aeropuerto de El Prat y que la propuesta de AENA no parece responder de manera solvente.

Argumentos en contra los hay: muchos y muy sólidos. Más directos y evidentes: la destrucción de La Ricarda —que forma parte de una red de espacios naturales europeos y que, por lo tanto, dificulta la aprobación de la operación a nivel de la UE—, o la falta de una compañía aérea dispuesta a apostar por convertir El Prat en un hub, que quita credibilidad a la propuesta conocida hasta ahora. Y los hay también más profundos: la tendencia a la reducción del transporte aéreo por razones ambientales en toda Europa, y, aquí, la necesidad de diversificar las actividades económicas —mejorando cantidad y calidad de los puestos de trabajo generados—, o de distribuir en el territorio las infraestructuras que se quieren construir.

Por lo tanto, es de esperar que hayamos asistido sólo a una previa. Lejos de la propuesta-relámpago que se ha formulado y que parece más orientada a deleitar los oídos de algunos sectores —económicos o del electorado— en el corto plazo, el futuro de las inversiones en las infraestructuras aeroportuarias de Barcelona —y del conjunto de Catalunya y de España—, merece un debate sosegado, que cuente con el máximo de actores posibles y que incorpore la emergencia climática, las infraestructuras como forma de vertebración del territorio, la necesidad de creación de puestos de trabajo, y la transformación económica como marco imprescindible para ser abordado.

En definitiva, se trata de componer una melodía de futuro y no de disfrutar compulsivamente de una canción de verano que más pronto que tarde, siempre acaba en el baúl de los recuerdos.

Paola Lo Cascio es historiadora y politóloga.

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