La captura de los medios en la era digital

El último par de años no han sido buenos para la libertad de expresión. Los gobiernos de Polonia, Hungría y Turquía se han vuelto cada vez más autoritarios y -como los líderes en los Balcanes, China y Rusia- están cada vez más ansiosos por controlar el discurso público. También en Estados Unidos el presidente Donald Trump es implacable en sus intentos por desacreditar a los medios, y no hay antecedentes de una administración tan inaccesible a la prensa.

La era de los censores que editaban físicamente los periódicos, como he visto en Vietnam y Myanmar, prácticamente terminó. Pero, como demuestran los acontecimientos recientes, la libertad de prensa sigue siendo sumamente vulnerable, en tanto los gobiernos y “los intereses creados entrelazados con la política”, según las palabras de la politóloga Alina Mungiu-Pippidi, ejercen una suerte de control blando que se puede describir como “captura de los medios”.

Los economistas utilizaron el término “captura” después de la crisis financiera de 2008 para describir de qué manera los reguladores, que muchas veces provenían de la industria que supuestamente tenían que supervisar (y a la que solían regresar), no fiscalizaban el sector como correspondía. La captura de los medios funciona esencialmente de la misma manera: los líderes políticos directamente son dueños de los medios (pensemos en Silvio Berlusconi en Italia) o garantizan que los directores de los medios les sean leales, a través del favoritismo o del castigo.

Una de las primeras órdenes del día para el gobierno de extrema derecha de Polonia, liderado extraoficialmente por Jaroslaw Kaczyński, fue adoptar una nueva ley de medios que le permitía contratar y despedir a los jefes de los canales de televisión pública. En Turquía, el gobierno del presidente Recep Tayyip Erdoğan ha encarcelado a periodistas críticos -como el reconocido columnista Ahmet Altan y su hermano Mehmet, un profesor – y ha cerrado y tomado el control de empresas de medios, apelando al miedo para moldear la cobertura.

En una versión menos extrema de la estrategia de Erdoğan, Trump hostiga a sus críticos, como la CNN y The New York Times, alentando a otros, como el Wall Street Journal, a tratarlo favorablemente. En otras partes, los compinches del gobierno se encargan del asedio: en Sudáfrica, la familia Gupta, muy conectada políticamente, ha apuntado contra el ex editor de Business Day y Financial Mail Peter Bruce por criticar al presidente Jacob Zuma. Los líderes también pueden intentar controlar el discurso negándoles el acceso a organizaciones de medios potencialmente críticas, como sucedió en Estados Unidos y, más agresivamente, en la Venezuela sacudida por la crisis bajo el régimen del presidente Nicolás Maduro.

Esa captura de los medios es vital para que los gobiernos puedan sustentar el respaldo público -especialmente aquellos gobiernos que aspiran a implementar lo que podrían considerarse políticas impopulares-. La campaña de Trump contra “los medios de noticias falsas” le ha permitido retener la lealtad de gran parte de sus seguidores, a pesar de revelaciones que habrían sepultado a cualquier otro político estadounidense.

De la misma manera que la captura de los medios moldea las percepciones públicas, también puede forjar los resultados económicos. La economista Maria Petrova sostiene que la captura de los medios puede fomentar la desigualdad, especialmente si los ricos son los que hacen la captura (en lugar de los políticos, que muchas veces pueden ser destituidos mediante el voto). De la misma manera, Giacomo Corneo de la Free University de Berlín cree que una mayor concentración económica hace que el sesgo mediático se vuelva más factible.

La captura de los medios no es un fenómeno nuevo. Pero se suponía que Internet nos iba a liberar de ella, al menos a quienes viven en países sin una censura online manifiesta. Cuando cayeron las barreras de acceso, se creía que la proliferación de medios haría difícil que se los pudiera capturar a todos. Aun si algunos medios de comunicación fueran capturados, los medios de todas maneras podrían seguir siendo guardianes efectivos, siempre y cuando hubiera diversidad suficiente. La suposición de que una mayor competencia podía traducirse en noticias de mejor calidad sustentaba esta expectativa.

Sin embargo, quizá sucedió lo contrario. El crecimiento de los medios digitales hizo que los modelos de negocios de los medios tradicionales resultaran insostenibles. Los anunciantes migraron a Internet, donde la publicidad es barata, y los consumidores, con opciones gratuitas aparentemente infinitas, pasaron a mostrarse más reticentes a pagar por contenido. En consecuencia, los medios tradicionales han sufrido caídas precipitosas de los ingresos y pérdidas de empleos en gran escala.

Los recursos menguantes minaron la calidad de la cobertura periodística, especialmente porque muchos medios agobiados por la falta de dinero, como sostiene Julia Cagé de Science Po, intentaron seducir a una audiencia lo más amplia posible. La necesidad de capturar clics en sitios como Facebook, Twitter y Google erosionó la capacidad de los propietarios de medios heredados de llevar a cabo su papel tradicional de garantizar la transparencia.

La merma de los ingresos de los medios promovió la captura de otra manera fundamental: alteró los incentivos para ser dueño de un medio. Si un diario no ofrece demasiado en términos de retornos económicos, el principal aliciente para comprar o dirigir uno pasa a ser la influencia. Por ejemplo, el multimillonario norteamericano Sheldon Adelson, propietario de casinos, no compró The Las Vegas Review-Journal en 2015 o capturó los medios israelíes por dinero.

En la medida que el paisaje mediático se preste cada vez más a la captura, la responsabilidad política y corporativa no hará más que decaer. Es por eso que el Centro para la Asistencia de Medios Internacionales acaba de divulgar un nuevo informe que coloca el foco en el fenómeno -y reclama soluciones.

Los medios de comunicación libres y saludables son esenciales para una democracia que funciona correctamente. Si queremos proteger esta democracia, debemos defender estos medios a cualquier costo.

Anya Schiffrin is Director of the Technology, Media, and Communications specialization at Columbia University’s School of International and Public Affairs.

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