La cara de san Isidro

Hasta el 15 de mayo de 2023 celebramos en Madrid el año santo de san Isidro labrador con motivo del IV centenario de su canonización en 1622. El pasado mes de mayo, pocos días después de la fiesta del Santo, en la madrileña Real Colegiata que custodia su sepulcro, se exhibió durante una semana su cuerpo incorrupto. Por entonces escribí aquí una página titulada 'El cuerpo de san Isidro'. Hoy escribo sobre su rostro. ¡Lo acabamos de volver a ver casi novecientos años después de su muerte! Son 'milagros' de la ciencia. Ayer, 28 de noviembre, fue presentada una reconstrucción facial del Santo en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense con el completo estudio forense de su cuerpo realizado por encargo del Arzobispado de Madrid, a instancias de la Real Congregación de San Isidro.

La cara de san IsidroHa sido estupendo conocer la cara de san Isidro por ahora más auténtica. Las imágenes con las que contábamos eran fruto de la imaginación. Ayudaron mucho a recordar y venerar a san Isidro, con los aperos de labrador que lo identificaban. Son imágenes entrañables repartidas por miles y miles de iglesias, ermitas y hogares de toda España, América y Filipinas; también, de otros países de Europa. Seguirán siendo muy útiles para cultivar la devoción a san Isidro. Pero no podían reflejar los rasgos propios de su rostro, pues no teníamos retratos suyos.

Los estudios forenses recién hechos confirman plenamente la historia y la tradición isidril según la cual san Isidro era un varón alto, trabajador manual, que murió en Madrid a una edad para entonces avanzada sobre el año 1130, el que indica la bula de canonización; que sus restos mortales fueron enterrados un lugar húmedo y que, sin embargo, se conservan hasta hoy en un estado muy bueno, nada explicable.

Además, estos estudios ofrecen datos nuevos que permitirán un conocimiento más preciso de san Isidro, de la comunidad cristiana mozárabe de la que era miembro e incluso de la historia de Madrid y de España. Entre ellos, y ante todo, la procedencia africana de algunos de sus antepasados, reflejada en los rasgos de su rostro; que no llegó a los 50 años de edad y que en su garganta hay una moneda, posiblemente del rey Enrique IV de Castilla.

Somos privilegiados. Las generaciones cristianas que nos preceden veneraron sin duda con más fervor al Santo labrador. Pero no pudieron ver su cara. ¿Por qué nosotros sí, en este momento de la historia? Seguro que Dios lo sabe bien. Me permito sondear con humildad los que pudieran ser designios de la Providencia para nuestra generación.

Ver el rostro de una persona ayuda mucho a conocerla mejor. Cuerpo y alma son como la cara exterior e interior de la persona. El rostro es, sin duda, una particular bisagra de ambas caras. El refrán castellano llega a decir que la cara es el espejo del alma. La antropología católica sabe bien que la persona es unidad sustancial de alma y cuerpo. No hay persona humana sin un cuerpo, ni cuerpo humano vivo sin su alma. En esa unidad existe el ser humano. En esa unidad crece o mengua, se salva o se pierde.

Se salva quien se deja salvar por Cristo. Llega a ser plenamente hombre quien refleja en su existencia de la mejor manera posible para él la humanidad del Hijo eterno de Dios. Esa es la persona humana santa: la que participa de la santidad de Dios, de su ser amor infinito, como se nos ha comunicado en el Hijo encarnado a los bautizados; y también a todos los hombres por los caminos que Dios conoce.

La participación vital en el amor de Dios admite tantas realizaciones diferentes como diverso es el camino de cada persona. Pero, según enseña el Vaticano II, en los santos, «esos hermanos nuestros, seres humanos como nosotros, que se han dejado configurar más de cerca con Cristo, Dios muestra a los hombres al vivo su rostro y su presencia» ('Lumen gentium', 50).

En san Isidro Dios manifestó al vivo su rostro y su presencia a sus contemporáneos. Su esposa, su hijo, los otros labradores y los pobres experimentado su caridad comprobaron el poder del amor divino. Eso lo sabíamos. Isidro fue tenido por santo ya en vida. A los cuarenta años de su muerte, su cuerpo incorrupto fue trasladado al interior de la iglesia de San Andrés y venerado más oficialmente como alguien en quien se dejaba transparentar el Dios vivo.

Ahora, al recuperar una aproximación más fidedigna a su rostro, el de un mulato de facciones bellas y serenas, se abren nuevos horizontes sobre su camino de santidad. Podemos preguntarnos si su familia era cristiana desde hacía tiempo e incluso si tal vez fue el mismo Isidro el primero en bautizarse. No será fácil obtener respuestas seguras. Pero lo cierto es que ni la procedencia, ni el color de la piel supusieron obstáculo alguno para que los cristianos de aquella comunidad mozárabe madrileña lo tuvieran por santo y vieran en aquel rostro un reflejo vivo del amor de Dios. Porque Cristo vivía en él de modo muy llamativo ¡La santidad es ciertamente para todos! Y porque también los cristianos madrileños de entonces fueron capaces de verlo así. Al parecer, para ellos era de lo más natural. Tan natural, que de la raza del Santo no quedó ni rastro en la tradición isidril.

Las procedencias raciales no son causa de discriminaciones ni divisiones, cuando el Dios de Jesucristo está presente y vivo en sus santos. Bien entendido que santos son, por supuesto, los canonizados, como san Isidro, pero también seguramente otros muchos que nunca lo serán.

Tal vez se nos haya otorgado el privilegio de ver de nuevo más de cerca la cara de san Isidro en este año santo, porque en tiempos de impiedad como los nuestros, nuestra generación necesita ante todo volver a ver de cerca el rostro de Dios. La falta de fe lleva consigo la desunión entre los seres humanos. En nuestros días se recrudecen las polarizaciones y las violencias. No pocas veces, a causa de tensiones raciales y culturales. La utopías terrenas no llevan a ningún paraíso de paz y de concordia. El siglo XX lo puso de relieve de modo dramático. Este siglo nuestro no parece ir por mejor camino, porque sigue prisionero de la ensoñación ideológica del progreso, concebido y vivido como sustituto de la salvación de Dios.

¿No invita la ascendencia africana del santo patrono de una gran capital europea como Madrid a reavivar la fe que a él lo hizo santo y que capacitó a los madrileños de entonces para reconocerlo y venerarlo? El 'milagro' de la ciencia se convertiría entonces en ocasión de un auténtico milagro de Dios, del mismo prodigio de Pentecostés: razas y lenguas diversas unidas en el conocimiento de Dios que da fundamento sólido y vigor político suficiente a la fraternidad humana.

Juan Antonio Martínez Camino es obispo auxiliar de Madrid.

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