La carnada luminosa de las pasiones

El avance de los populismos nacionalistas con tintes fascistas y comunistas ha puesto en el centro del debate público el papel de las emociones en política. Muchos de los argumentos que se esgrimen descalifican las emociones por su irracionalidad que lleva a la gente a votar por demagogos, o romper pactos de integración supranacional e incluso países. El electorado se deja arrastrar por su más “bajas pasiones” (el miedo, el resentimiento, el odio) y termina endosando lo peor.

¿Tienen razón los que así piensan? Sí, pero “van presos”, decimos los venezolanos. Los primeros estudiosos de la comunicación de masas (Le Bon, Freud, Ortega y Gasset) advirtieron de los peligros de la persuasión por la vía de las pasiones. Hacían el contraste entre las “mayorías” emotivas, guiadas por las pulsiones básicas (Tchakhotine dixit), y las “minorias” ilustradas (elites, líderes de opinión, intelectuales). Como en las democracias las mayorías mandan, estos estudiosos alertaban sobre los peligros de dejar en manos de ese “rebaño” apasionado decisiones tan graves como elegir un presidente o aprobar una constitución.

Hay en este argumento un cierto desprecio por el común de la gente, los menos educados, los marginados. También hay en esta visión desde arriba, una sobrevaloración de la racionalidad y una distinción maniquea entre razón y emoción (el error de Descartes en palabras del neurobiólogo Antonio Damasio).

¿Se pueden separar razón y emoción? Hay suficientes evidencias científicas que indican que son dos aspectos de una misma y única dinámica que se produce en el ser humano encarnado. No hay razón “pura” fría y calculadora, como tampoco hay emoción que no tenga sus razones, y todo ocurre en nuestros cuerpos y mentes que son una misma y única entidad.

Otro problema del desprecio por las emociones en la política que expresan algunos analistas es que se concentran demasiado en el aspecto subjetivo (el individuo que siente, el feeling) y se olvidan de la cara psicosocial del asunto: las pasiones como efectos, contagio, influencia. Es cierto que las malas pasiones se propagan rápido y pueden tener consecuencias devastadoras, pero no es menos cierto que es posible contagiarse de pasiones positivas: la empatía, la indignación ante la injusticia, la compasión.

Por último, ya es hora que nos tomemos en serio a la política como estética. Hemos visto recientemente cómo sus rostros grotescos se difunden como la peste gracias a los medios digitales, sin importar fronteras nacionales o culturales. Esto no niega, sin embargo, que podamos comunicar también una política de lo bello con un rostro más amable y esperanzador.

En todo caso, estamos en el mundo de las posibilidades y no de determinismos. Vale la pena explorar otras posibilidades para proponer desde las pasiones razonadas una forma más constructiva de relacionarnos como personas.

Isaac Nahon Serfaty es profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá) y coautor, con Meir Magar, de la novela La conjura del esplendor.

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