La Cartagena de Indias de Blas de Lezo

No está de moda explicar la historia verdadera del descubrimiento y colonización de América. Pero la ignorancia sobre lo que supuso en el devenir de la Humanidad no impide experimentar sus efectos. ¿Podríamos imaginar nuestra vida cotidiana sin tabaco, piña, tomate o patata? ¿O el mestizaje global sin el llamado «nuevo mundo»? ¿Existirían como son hoy las repúblicas americanas sin las ciudades que constituyeron el crisol de la experiencia occidental, llamadas por sus fundadores españoles San Francisco, Barcelona, Granada, Santiago o Mérida? Evidentemente, no. Por eso en un mundo cada vez más conectado el desmontaje de las invenciones del nacionalismo contemporáneo, articuladas sobre la leyenda negra, ese cadáver en el armario que siempre está ahí para el que no quiera pensar, resulta urgente. A este respecto, la reciente iniciativa dirigida a erigir una estatua de Blas de Lezo en la capital de España resulta de gran interés.

Nos encontramos ante un singular fenómeno historiográfico, pues un acontecimiento que tuvo lugar en la monarquía española de 1741, un imperio atlántico y por tanto europeo y americano a un tiempo, siempre ha sido considerado crucial para la historia de Colombia y como tal enseñado a niños y jóvenes. Que ahora se pueda conocer mejor la figura de Lezo en España apunta al componente universal de nuestra historia y a una existencia de la nación española entonces bajo la forma de una monarquía compuesta o agregada. El singular almirante guipuzcoano, manco, cojo y tuerto desde los 25 años, que venció la prepotencia británica del almirante Vernon, ha representado para unas cuentas generaciones de colombianos valores heroicos. Sin duda demostró ingenio, capacidad de organización y mando, o voluntad de cumplimiento del deber. El énfasis en una personalidad deslumbrante que contra todo pronóstico y en una situación de tremenda inferioridad en hombres y medios ganó una batalla decisiva no admite discusión. Vernon contaba con 86 navíos y casi 28.000 combatientes, incluidos 4.000 milicianos de Virginia y escuadras de esclavos negros macheteros de Jamaica. Lezo, con seis navíos y menos de 3.000 hombres. Pero la historia no suele ser escenario de milagros, es más causal que casual. Nacido en la villa marinera de Pasajes en 1689, el guipuzcoano llevaba casi medio siglo combatiendo a los británicos en mar y tierra. Era experto en operaciones de sitio y abordaje, como había demostrado en Barcelona, Peñíscola y Rochefort antes de cumplir veinte años. Veterano también de la guerra contra corsarios y piratas en Argel y Perú, lo que perfiló sus habilidades en el combate irregular, fue designado en 1737 comandante de Cartagena de Indias, «antemural y llave de las Indias». No se trataba de una expresión poética. En la vasta costa de la llamada Tierra Firme, que comprendía de la desembocadura del río Orinoco a Panamá, no existía lugar mejor defendido. Ya en el reinado de Felipe II habían comenzado las obras de fortificación de la urbe, fundada por el madrileño Pedro de Heredia. De carácter atrevido y pendenciero, cuenta el cronista Juan de Castellanos que había perdido la nariz en una riña a espada con seis caballeros.

Tras esperar dos meses a tener las carnes del rostro en su sitio, eliminó a tres de sus agresores y escapó a las Indias. Aquel entorno de playas semidesérticas y tupida vegetación, donde «no había más agua potable que la que cae del cielo cuando llueve», habitado por indígenas indómitos, pareció a Heredia el lugar perfecto para fundar. Fue el 21 de enero de 1533, bajo la advocación de San Sebastián, para que les librara de las flechas envenenadas de los nativos. La razón fue el formidable puerto natural, similar para algunos al emplazamiento de la Cartagena de España. Frente a ciudades cercanas como Santa Marta, aquella situación hizo de ella emporio militar y mercantil. Su trazado inicial fue semirregular. En la plaza mayor, localizada en un vértice que permitió unir las manzanas próximas al puerto al asentamiento fundacional, se construyeron catedral, cabildo y casa del gobernador. Otra plaza, llamada todavía de la aduana o del mar, junto al portal de los dulces, en el cual turistas afortunados de todo el mundo adquieren pastelitos de coco o tamarindo, se convirtió en centro de intercambio de vino, aceite, papel, oro y esclavos. En 1572 Cartagena había llegado a 4.000 vecinos (unos 20.000 habitantes en total), pero se encontraba apenas al comienzo de su esplendor. La época de las ferias, cuando la población se multiplicaba por cuatro, o las fiestas del Carnaval y la Candelaria, con abundante participación de negros y mulatos, muy pronto población dominante, mostraron una riqueza que atrajo la avaricia de corsarios como Francis Drake (1587) o el barón de Pointis (1697). Pero resulta importante matizar, más allá de las películas de piratas hechas en Hollywood protagonizadas por Errol Flynn o últimamente en versión patética por Johnny Depp, que con esas dos excepciones, frente a Cartagena, como ocurrió por lo común frente a las demás ciudades del Caribe hispánico, cosecharon sonoros fracasos. La plaza que el almirante Vernon pretendió tomar dando un paseo en 1741 (incluso habían acuñado las medallas conmemorativas de la victoria) disponía de un sólido conjunto de fortificaciones, dispuestas en emplazamientos únicos: San Luis de Bocachica, Bocagrande, o el decisivo fuerte de San Felipe de Barajas. Allí se desplegó el genio militar de Blas de Lezo, que contaba con tropa veterana, infantes de marina, milicianos mulatos y arqueros indígenas.

Resistieron lo suficiente para que los británicos sucumbieran primero a su orgullo, más tarde a combates y epidemias. Tras la victoria y antes de morir de una peste propagada por el elevado número de cadáveres insepultos (en los dos meses de combate pudo haber 15.000 muertos británicos y un millar españoles), tuvo tiempo de dejar este mensaje a sus enemigos: «Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir». Firmó su epitafio, pero también tuvo una premonición. Durante las décadas restantes del siglo XVIII, Cartagena fue metrópoli modélica. Sus casi veinte mil habitantes de 1809 se dedicaban a la artesanía, el comercio y la milicia. Un buen número de negros libres, artesanos y militares mulatos disfrutaban de elevada posición social: 241 de ellos tenían reconocido el título legal de «don» o «doña». Había un regimiento de infantería, dos compañías de artillería, ingenieros, consulado de comerciantes y apostadero de marina. Fueron la crisis política imperial de 1808 y la invasión francesa de la península las catástrofes que trajeron el final de la edad de oro de Cartagena. Objetivo desde entonces de ataques procedentes no del océano, sino de tierra adentro. Pero en guerras no imperiales, sino civiles, luego llamadas «de independencia».

Manuel Lucena Giraldo, investigador del CSIC

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