La casta existe

Las elecciones al Parlamento Europeo del pasado 25 de mayo ofrecieron muestras de contestación ciudadana a las políticas dominantes frente a las crisis en la Unión y en España. Contestación que se hizo más patente en el escrutinio final por la abstención que ha castigado a las hasta anteayer formaciones mayoritarias frente a opciones emergentes a izquierda y derecha. Pero la desafección y el desacuerdo que reflejaron las urnas no son fáciles de interpretar y mucho menos de traducir en actuaciones institucionales que corrijan aquello que ha causado disgusto en la población. Qué parte del reproche electoral corresponde a los gobiernos nacionales y cuál a Bruselas. Y hasta qué punto caben en la misma lectura de las elecciones la radicalidad de derechas, la de izquierdas, el populismo antipolítico y la xenofobia, la proliferación de acusaciones, o los postulados de cambio que, en su ingenuidad o en su demagogia, ni siquiera llegan a la categoría de voluntaristas. Es un lugar común que las europeas son siempre unas elecciones de desahogo. Poco importa que esta vez hubiera más razones que nunca para comportarse así. La constatación ampliamente compartida de que los electores han dado un toque de atención a los gobiernos y a la UE, especialmente severo en algunos países, se desvanece en la imposibilidad de extraer de lo ocurrido una conclusión operativa.

Basta con fijarse en los mensajes de las horas posteriores al recuento electoral para percatarse de que distintos núcleos de poder estaban predispuestos a interpretarlo como si, en el fondo, no hubiese ocurrido nada relevante. Jean-Claude Juncker sólo tenía un quehacer en la noche del 25 de mayo: proclamar que las urnas le habían concedido la presidencia de la Comisión. Manuel Valls calificó de “terremoto” la victoria de Marine Le Pen en Francia, para acto seguido advertir de que las reformas de su gobierno continuarían adelante. El presidente Rajoy contó esta vez con la inapreciable ayuda del PSOE para pasar de puntillas por los comicios, y ya se encargó María Dolores de Cospedal de limitar las causas del revés popular a problemas de comunicación, como es preceptivo en estos casos. Así, podríamos seguir con el consuelo que CiU halló en el auge soberanista, y otras muchas formaciones de gobierno en Europa en la intrascendencia de unos comicios tan testimoniales.

Los mercados financieros ni se inmutaron por el correctivo. Sin duda porque los sectores más influyentes en la economía europea habían llegado de antemano a la conclusión de que las conmociones que pudieran darse el 25 de mayo debilitarían la Unión política para brindarles aun más margen de acción. Los vectores de fuerza que se reflejan en las urnas se contrarrestan mutuamente desde un punto de vista ideológico y, sobre todo, el antieuropeísmo y el euroescepticismo acaban convirtiéndose en el único factor políticamente tangible. El resultado previsible no es otro que la ralentización europea.

Por si hubiese dudas al respecto, tanto los gobiernos como las instituciones comunitarias perciben, interesadamente, que el reproche electoral va dirigido a lo que se ha hecho hasta ahora. Lo cual es irremediable, y además ya se encargará la recuperación económica de atender a las resistencias presentes y a los recelos inmediatos. Nunca antes el presidente Rajoy había conectado tan plásticamente con la renuencia de los poderes públicos a darle alguna vuelta más a eso que han podido aflorar las europeas, de hastío ciudadano y agotamiento institucional.

Puede haber algún rasgo de verdad hasta en las denuncias más demagógicas. Lo que ha ocurrido esta última semana invita a pensar que existe una casta política incapacitada para renunciar a sus privilegios; proclive a negociar siempre antes a cuenta de lo que es de todos que con lo que considera suyo. Los electos del 25 de mayo tomarán posesión de sus escaños en la seguridad de que saben dónde estarán durante los próximos cinco años. No es poco en medio de la incertidumbre. La conformación de los grupos parlamentarios y el reparto de las dotaciones presupuestarias de la Cámara les entretiene ya mucho más que los vericuetos negociadores para la elección del presidente de la Comisión Europea junto al resto de sus integrantes. ¿Alguien cree que los 14 eurodiputados socialistas están hoy muy angustiados por el futuro de su partido? Y eso que se trata del alma más sensible de la Unión, de quienes encarnan el contrapeso frente al Consejo y a la Comisión. Ya que se han hecho tantas extrapolaciones electorales, hagamos el cálculo de cuántos cargos públicos ni siquiera se ven en la necesidad de adecuarse a las circunstancias. Volviendo al ejemplo anterior, sería interesante trazar los movimientos de los cargos socialistas -locales, autonómicos y nacionales- después del 25 de mayo.

Kepa Aulestia

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