La causa de la causa

Por Luis Goytisolo, escritor (EL PAIS, 01/05/04):

Como bien saben los juristas, el viejo principio de causalidad según el cual “lo que es causa de la causa es causa del mal causado”, suele ser, por lo general, de aplicación muy problemática. Lo que parece claro en el ámbito de la física -se activa un mecanismo porque se ha pulsado un botón- resulta más que imponderable en los vericuetos de un pleito. Por no hablar ya de otros territorios, como el de la Historia o el de ese presente histórico que es la política internacional. Lo que viene sucediendo en Irak, por ejemplo: ¿es consecuencia de las reiteradas amenazas de Sadam, el infierno con el que se iban a encontrar las tropas invasoras? Salvo que se estuviera refiriendo a que un Irak sin el férreo control ejercido por Sadam se iba a convertir en un infierno, parece evidente que no, por más que algo muy similar sea precisamente lo que está ocurriendo.

En realidad, a la vista de las declaraciones y proclamas de diversos portavoces de Al Qaeda, está claro que Irak es el terreno de juego elegido para desarrollar una guerra de desgaste con Occidente. En cierto modo, el terreno de juego ideal: permite invocar una agresión previa al mundo árabe, no presenta las limitaciones propias de Israel y los territorios palestinos y justifica desde su punto de vista que se perpetren acciones como las del 11-M en cualquier país europeo, algo con lo que no se contaba, por ejemplo, cuando el atentado cometido en la isla de Bali. ¿Exime lo dicho a Estados Unidos y a sus aliados de ser, al menos en parte, causa del mal causado? Por supuesto que no, aunque la amenaza terrorista gravitara ya exactamente igual que ahora sobre Europa, como bien lo demuestra la arbitrariedad del mencionado atentado de Bali. Pero, con toda probabilidad, según pase el tiempo, se irá comprobando que contra Sadam estábamos mejor. Las fuerzas que en un futuro próximo se hagan con el poder en Irak, enarbolando el estandarte de la fe, serán sin duda más conflictivas y, desde luego, menos fácilmente presionables que Sadam. Ya escribí cuando la invasión que, puestos a buscar motivos, los había de mucho mayor peso para intervenir en Arabia Saudí que en Irak.

Sadam es una figura verdaderamente detestable. Ningún otro dirigente árabe se ha aplicado con tanto ahínco a invadir a sus vecinos -Irán, Kuwait- o a exterminar a la oposición interior -kurdos, comunistas-. Pero, a semejanza de otros líderes revolucionarios, su régimen era laico y propicio a cierto desarrollo social y económico, por más que el embargo empobreciera el país y, con la pobreza, los velos negros se multiplicaran en la calle. Por otra parte, el islam -suní o chií- convivía allí pacíficamente con otras religiones, diversos ritos cristianos, entre otras. Un islam que, de grado o por la fuerza, poco tenía que ver con los islamistas de Al Qaeda y otros movimientos afines promovidos desde Irán y, sobre todo, desde Arabia Saudí.

Con lo que llegamos a lo que, por razones prácticas, podríamos considerar causa de la causa en el asunto que nos ocupa, ya que, de no detenernos en un momento histórico determinado, la cadena de causas que son a su vez efecto se nos haría infinita. Me refiero a la causa inmediata de los problemas que actualmente aquejan a Irak y a todo el Oriente Próximo y cuyas salpicaduras alcanzan al mundo entero. Esto es: a la dedicación puesta por Occidente en el curso de las últimas décadas en desestabilizar los regímenes de vocación laica -revolucionarios o no- en beneficio de las teocracias más intransigentes, como dando por descontado que eso era lo propio de los países musulmanes. No sólo Afganistán -en especial, las mujeres afganas-, sino también el mundo entero hubiera estado mucho más tranquilo de haber perdurado el régimen prosoviético de Babrak Karmal, en vez de ser sustituido por el de los talibanes que, inicialmente propiciado por la CIA, habría de terminar bajo el control de Bin Laden. En el otro extremo del arco político, Irán -Persia por aquel entonces- hubiera estado mucho mejor regido por el sha que por los ayatolás, como bien hubieran podido atestiguar quienes, tras esa sustitución, han perdido la vida por motivos entre nosotros inocuos -ser militante comunista, mujer adúltera, homosexual- y como bien lo atestigua hoy la frustración del pueblo iraní, al que se le acaba de robar un triunfo democrático de la oposición, el final de un régimen para el que escuchar música o bailar rap o hip-hop son delitos duramente castigados. Pero Occidente se desentendió del sha y de la suerte de Irán, y el imán Jomeini pudo preparar tranquilamente desde París su triunfal toma del poder. El sha, Babrak Karmal, hubiera podido ser forzado a introducir reformas. El régimen de los ayatolás, no. V. S. Naipaul recoge en su libro Al límite de la fe la triste suerte de los muyaidines del pueblo, que, en un principio, apoyaron incondicionalmente la revolución de Jomeini, convencidos de que, a la larga, ésa iba a ser su revolución; el que no pudo escapar a tiempo acabó inexorablemente fusilado.

Las diversas fórmulas para enmendar el mal causado han sido reiteradamente apuntadas aquí y allá, especialmente en los últimos tiempos; yo mismo creo haberlo hecho. No suponen ningún secreto. Falta, eso sí, ponerlas en práctica. Se trata, fundamentalmente, de dar respaldo político y propiciar el desarrollo económico y social de los países musulmanes que con mayor o menor éxito intentan sustraerse al contagio fundamentalista. Nuestros vecinos del Magreb se hallan en esta situación, Marruecos, Argelia, Túnez, Libia. También, países de regímenes tan heterogéneos como Egipto, Jordania, Siria y Pakistán, de gran importancia este último.Y en cuanto a la inmigración musulmana que vive entre nosotros, se hace imprescindible aclarar las ideas, tanto las del inmigrante como las de la sociedad que lo acoge. Es ignominioso, por ejemplo, mandar sus mezquitas a los polígonos industriales. El inmigrante, por su parte, deberá entender que en nuestra sociedad la religión es asunto interior de cada creyente y no algo que pueda entrar en contradicción con nuestras costumbres y nuestras leyes. Ni más ni menos lo que entiende sin especial entusiasmo el visitante -y sobre todo la visitante- de determinados países musulmanes al adecuar su conducta al rigor de la norma allí vigente. Salvo que se me objete que las leyes imperantes en países como Irán o Arabia Saudí nada tienen que ver con el islam.