La caza de brujas

Con referencia remota en las hogueras del medioevo europeo y menos lejana en la persecución del macarthismo norteamericano durante la guerra fría, la «caza de brujas» se ha consolidado como concepto que recoge el acoso inmisericorde sin atender a la inocencia o culpabilidad de quien la sufre. Los sociólogos incluyen la caza de brujas en un reflejo del «pánico moral» enunciado por Stanley Cohen que define a sus víctimas como una persona o grupo de personas a los que se considera una amenaza para los valores e intereses de la sociedad.

Hoy puede afirmarse que estamos viviendo una caza de brujas que tiene en su punto de mira a los políticos en su conjunto, sin atender a su culpabilidad o inocencia, sencillamente porque se ha extendido la creencia de que son una amenaza para la gestión de la sociedad, su equilibrio y sus valores. En una realidad social en la que comúnmente se exigen derechos y no se reconocen deberes, el materialismo avanza imparable y los valores están en almoneda, amenaza a la mal llamada «clase política» un juicio sumarísimo en el que la acusación va unida a la condena.

La caza de brujasLa crisis económica ha supuesto y supone un rosario de padecimientos para amplias capas sociales, sacrificios, privaciones y cambios en las situaciones personales y familiares que, en el recuerdo de los tiempos de bonanza, los ciudadanos no han digerido, y es lógico y comprensible que así sea. Pocos se detienen a reflexionar –la amnesia colectiva es muy común en nuestra Historia– que atravesamos desde hace años una profunda crisis que se recibió con irresponsabilidad, primero se negó y luego se afrontó con insuficiencia y frivolidad por unos equipos que conocían su gravedad pero la ocultaban, como se ha encargado de explicar por escrito, no sin dosis de valentía aunque con similar cinismo, el propio Pedro Solbes, encargado de los asuntos económicos en los inicios de la durísima experiencia. Lo sucedido después no debe sorprendernos. No podían esperar parabienes quienes tuvieron que iniciar primero y recorrer después el camino de las reformas que no se habían tomado antes y hoy son un referente internacional, como lo prueban Renzi en Italia y Valls en Francia, artífices de medidas contestadas en la calle e incomprendidas incluso en el seno de sus propios partidos de izquierda.

Se ha repetido que España está superando la crisis económica, pero siendo cierto, y así lo constatan los observadores internacionales, no se ha reflejado todavía en la economía familiar, y las grandes cifras son aún el alpiste de la macroeconomía pero no representan alivio para el bolsillo de los ciudadanos. Ello crea una realidad agobiante, indignada e hipercrítica que es caldo de cultivo para la caza de brujas de los políticos, que ellos mismos han avivado con casos de corrupción intolerables y coincidentes en el tiempo y que a los veteranos nos recuerdan los últimos años de Felipe González en La Moncloa, que la amnesia colectiva instaló hace tiempo en el olvido pero que, al menos hasta ahora, estaban en el «guinnes» de la corrupción en España.

De este río revuelto se aprovechan las supuestas soluciones populistas. Son los intérpretes de la indignación, los proclamados salvadores, quienes dicen esgrimir una escoba para barrer la porquería acumulada, resolver los problemas y acabar con los males, pero no explican cómo lo harían, y cuando lo explican caen en contradicciones, rectifican y, al cabo, suavizan el mensaje, pero queda el poso de que muchas de las medidas propuestas son irrealizables y chocan abiertamente con la Unión Europea. Si un día en los votantes pesase más su indignación que su racionalidad y estos iluminados llegasen a tener alguna responsabilidad de gobierno, solos o en compañía de otros, España quedaría aislada y menesterosa. Esas experiencias leninistas de hace casi cien años que hicieron padecer y empobrecerse hasta el hambre a millones de ciudadanos de importantes naciones, pueden mantenerse, y de hecho así ocurre, en otras latitudes pero no en un Estado europeo. El más representativo dirigente de nuestro populismo autóctono pone a Venezuela como ejemplo de democracia exportable al sur de Europa. No, gracias.

En esa caza de brujas a la que se ven sometidos los políticos están cayendo no sólo quienes, lógicamente abatidos por la crisis tanto como indignados por la corrupción, meten a todos los políticos en el mismo saco, sin diferenciar a los corruptos, una minoría de sinvergüenzas dentro de un amplio colectivo, de los honrados, la inmensa mayoría, sino también quienes desde los propios partidos han decidido colocar bajo sospecha a todos, de modo que la presunción de inocencia se ha convertido en presunción de culpabilidad. Con fórmulas más o menos ocurrentes y manifiestamente ingenuas se trata de que alguien con un hipotético futuro político desvele sus intenciones de ser corrupto o, por el contrario, declare que será inmaculado como un arcángel; de esta manera todos quedan convertidos en sospechosos. Es un modo de dar la razón a los nuevos populistas, o leninistas enmascarados, que sostienen que la corrupción es consustancial e inseparable del sistema, por lo que proponen dinamitarlo.

Ni el sistema ni los partidos políticos son corruptos; lo son las personas. Siempre hubo corrupción porque, como el resto de las debilidades personales, va en la condición humana. Este es un principio fundamental para no perder el norte. Desde las cuentas del Gran Capitán, que tuvo que dar explicaciones a su rey sobre gastos no justificados, y lo hizo desde la soberbia pero sin aclarar sus números, hasta el reloj de oro regalado a su sobrino por un estafador que produjo la dimisión de Lerroux como presidente del Gobierno en la II República, pasando por la compra de una escuadra de barcos inservibles a Rusia, decidida por Fernando VII con pingües comisiones, la Historia, por desgracia, es pródiga en corrupciones. Y el modo de enfrentarse a la corrupción debe ser la transparencia en la gestión pública y, cuando se produce, ha de combatirse con la ley, obligando a los corruptos a devolver sus ilícitas ganancias y desterrándolos de toda responsabilidad pública. El Estado debe ser implacable con quienes meten la mano en el bolsillo de todos.

Los populistas rampantes, que ya son casta política, anuncian que la salud de la nación llegará con una vuelta de calcetín: la demolición del actual edificio constitucional para construir otro. No debemos engañarnos. Ya sabemos por sus propias declaraciones, algunas de ellas en las televisiones que quedan en Venezuela, que son las afines, lo que es la democracia para estos salvadores del futuro, y lo que opinan de cuestiones como la propiedad privada, el uso de armas, la oposición, las Fuerzas Armadas, la libertad de expresión o el control de los medios… Que no se engañen las televisiones que los jalean. El remedio sería peor que la enfermedad si la desembocadura de esta preocupante realidad que vivimos fuese un populismo añejo que se nos presenta hoy remozado desde congresos dirigidos, listas cerradas, votaciones a la búlgara y nuevo caudillismo.

Juan Van-Halen, escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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