La caza de brujos

El Santo Oficio, o sea, la Inquisición, a pesar de su pésima fama y aún peor leyenda, ofrecía a sus reos más garantías que ahora, en nombre del absolutismo feminista, se dan a quienes caen bajo su dedo acusador. En pleno siglo XXI, si eres varón, la presunción de inocencia, el derecho a un juicio justo, el derecho a la defensa y todas esas «bagatelas» por las que la humanidad ha luchado durante siglos no tienen ningún valor. Es más, en nombre de una «causa suprema y superior», el mero hecho de esgrimirlos como tales te sitúa en la lista ya no de sospechosos, sino de apestados, y te hace acreedor a la condena del anatema mayor: ¡Machista!, que es en este terreno el equivalente al otro gran sambenito: ¡Fascista!, ambos en mayúscula y grito, con el cual una persona, un ser humano, pierde tal condición para convertirse en una sabandija repulsiva sin derecho alguno y a quien es no solo aceptable, sino muy recomendable exterminar. Al menos civilmente.

La terrible doctrina en boga y ante la que exige total sumisión -lo es, y más aún, por cuanto se extiende como algo bueno, necesario y de obligada devoción- tiene su foco más fanático y desmedido, amen de hipócrita, en EE.UU., pero alcanza ya a la totalidad de los países europeos.

La caza de brujosNo podía ser en cierta forma de otra manera, pues Estados Unidos -cuyos valores y contribución a la democracia y a la libertad, comenzando por su Constitución, fueron pioneros y de los que nunca, por cierto, han dejado de alardear- tiene también graves tachas y agujeros negros, anclados en orígenes puritanos, fanatismos religiosos y sectarios -mucho más que el catolicismo, aunque se venda siempre lo contrario- y hábitos y episodios como las leyes de Linch o Seca o las hogueras de las Brujas de Salem, que no fueron en siglos pretéritos, sino anteayer. Algo hay de ello en lo de ahora, aunque seguro que sus muy modernas promotoras enfurecerán al señalarles la similitud y pondrían de inmediato en marcha su arma definitiva y letal, que siempre ha sido también seña de identidad de su país, la maquinaria de propaganda más demoledora, brutal y absoluta, contra quien es casi un imposible enfrentarse y que impone y da el carné de malo a nivel mundial.

Es allí, y en el corazón de esa maquinaria de creación del «Relato Universal», donde se ha reiniciado la nueva Caza de Brujas, ahora de Brujos, que en este caso no son las pobres de Salem, ni tampoco los que MacCarty acusaba de comunistas, sino todo aquel que, en muchos casos de manera perversa y en busca del más ruín interés o venganza, sea puesto bajo la lupa de este tribunal aterrador, porque lo es para quienes son llevados ante él, ante el que no cabe defensa ni apelación, que supuestamente es la quintaesencia del feminismo y los derechos de la mujer. Simplemente te señalan y estás «muerto». Tu «vida» ha acabado y tu imagen, por mucho que sea el brillo y el mérito acumulado a lo largo de decenios, ya solo será fango, hedor y carroña.

Ha de hacerse, sin embargo y de inicio, con convicción y sinceridad, una exposición de principios. Los acosos, los abusos, la utilización sexual del poder y la violación existen y son hechos repugnantes, graves, que han de ser denunciados, perseguidos y castigados, sin parar en famas. Eso por delante y sin excusas. Aunque tampoco vendría mal que se señalara también, de vez en cuando, la utilización del «arma» sexual por la otra parte como herramienta de alcanzar metas, estatus y poder. Que de eso también hay, y más de alguna «confesión» que huele a mendacidad hipócrita a una legua y algo más.

Ahora le ha tocado a un español. Del caso Plácido Domingo, y de lo que hasta el momento se sabe, lo que resulta es estremecedor. Ante todo por su aterradora indefensión. Nueve «denuncias», ocho delaciones anónimas y una que se digna a dar el nombre. Una cantante retirada, que exhibía en su perfil, incluso tras su acusación y hasta que ABC lo descubrió y lo retiró velozmente, como gran hito de su carrera el haber cantado junto al gran tenor. Ahora anda en el negocio inmobiliario y, ¡casualidad!, va a publicar un libro, y lo que señala como enorme delito es que Plácido Domingo le hizo, ¡hace veinte años!, sin tocarla un pelo, ciertas insinuaciones e intentos de aproximación, a los que ella se negó. ¡Y no hubo más! Ni queja ni declaración por su parte en cuatro largos lustros. Ni ahora denuncia judicial, pero ya está todo el mal hecho. Ya no habrá, en muchos aspectos, marcha atrás.

El de Plácido Domingo es tan solo el último caso, pero habrá muchos más. Ya hay por aquí quien alienta a sus lectores a denunciar, anónimamente, claro está, ya no solo su peripecia personal si la tuvieran, sino alguna que «pudieran conocer». Una total aberración, pero que no se puede señalar como tal, pues está enmarcada en el registro de lo «políticamente correcto» y de lo «bueno y progresista».

Sí. Como en su momento estaba y gozaba de la gran aceptación popular la Caza de Brujas y la delación anónima como puntal de la acusación. Con ellas, aunque esto no es cosa que se sepa mucho y que muchos prefieren que es mejor no enseñar, acabó en España y cien años antes que en el resto de Europa, un honrado y sabio inquisidor, Alonso de Salazar y Frías, tras el proceso de Zugarramurdi, con seis condenados a la hoguera. Salazar convenció a la Suprema de la Inquisición en 1614 de que aquellos procesos masivos, aquellas delaciones anónimas y aquel cúmulo de disparates histéricos eran una aberración criminal y fueron suspendidos desde entonces. En España. Pues en Europa y EE.UU. durarían un siglo y hasta casi dos más. Al otro lado de los Pirineos, en la parte francesa y en aquel mismo año de Zugarramurdi, se quemaron a cerca de mil brujas, para llegar a un total de 4.000 en todo el país, las mismas que en Suiza bajo el terror calvinista, pero aún lejos de las más de 30.000 que el «avanzado protestantismo» alemán, en connivencia con sus príncipes reinantes, llevó a las hogueras.

La Inquisición española es, según Hollywood y el arquetipo establecido en la retina mundial, símbolo del terror y la maldad. Pero el valor de la verdad es cada vez más reducido ante la propaganda y la mentira, ahora llamada «fake news». Según los exhaustivos datos del investigador danes Gustav Henningen, que ha revisado todos sus archivos -la burocracia es lo que tiene, y la española lo guarda y conserva todo, bueno y malo-, se quemaron un total de ¡27! brujas, a las que hay que sumar las que lo fueron al margen de ese tribunal, los vecinales, para alcanzar la cifra total de ¡59!, cifra en la que coincide con otro gran experto, el español Enrique Contreras.

Hacer hoy el Salazar sigue siendo peligroso. Pero es, igual que fue, imprescindible levantar la voz contra la indefensión. Ahora que esta neoinquisición, presuntamente liberadora y feminista, está imponiendo sus dictados como doctrina y norma de fe, todos y cada uno, y los que osen contradecirles aún más, estamos cuatro siglos largos después sometidos al riesgo del estigma y la persecución. Cualquiera. Aún más todo aquel que provoque envidia o tenga una cierta notoriedad. La infamia puede caer sobre cualquiera, con independencia de que haya pruebas o no, de inocencia o de culpabilidad. Como le ha caído a Plácido Domingo y por lo que ya ha sido arrojado al cenagal.

Antonio Pérez Henares es escritor y periodista.

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