La ce(n)sura de España

Mi liberada:

Recuerdo de modo vívido aquella vez en que hablando del ‘New York Times’, y queriendo yo mortificarte, te comuniqué que el ‘Times’ era un gran diario de provincias. Me mandaste que callara y aprendiera inglés. Pero la sentencia era irrevocable. Si el ‘Times’ aplicara a los asuntos locales la falta de atención, de ecuanimidad y de rigor que aplica a los españoles y a otros muchos asuntos internacionales, sería un pobre diario provinciano. Su grandeza reside en que su rigor provincial es notable y que América es la primera provincia del mundo. El ‘Times’ es hoy el representante principal, como lo era antes ‘Le Monde’, de la ‘prensa extranjera’, ese argumento de autoridad del antifranquismo, convertido hoy en una garantía bastante fiable de imprecisión y, a veces, de inmoralidad. Esa prensa tiene dos debilidades: la Guerra Civil española y la dictadura de Franco, un único asunto que incluye sol, flamenco y sexo, que se proyecta a cualquier forma de la actualidad y del que solo escapan las secciones importantes del periódico, como la gastronómica, capaz de darle a Ferran Adrià la portada del ‘Magazine’ el año crucial del aire de zanahoria.

La ce(n)sura de EspañaHace una semana, el corresponsal del ‘Times’, Raphael Minder, escribió una nota sobre el estado de la libertad de expresión en España. La nota, nimia, destacaba por la selección de personal. Una de las especialidades de Minder es la de elegir, entre los que poco cuentan, a los que menos tienen que contar. De ello ya había dado sobradas muestras en alguna de sus crónicas sobre la tumoración nacionalista. Me preocupó, liberada, el no verte citada entre las 20 personas que Minder juzgaba como imprescindibles para entender las elecciones catalanas, al lado de gigantes como Liz Castro, Edward Hugh, Salvador García Ruiz o Pau Gasol. Para armar sus crónicas un periodista puede elegir a gente de importancia aunque lo que digan no la tenga. O bien a gente cuya única importancia esté en lo que diga. Aunque lo más sencillo es dar con gente irrelevante que solo diga cosas irrelevantes, y en España, además, tenemos la suerte de que Ignacio Escolar esté siempre a mano.

La nota de Minder tenía otro objetivo, ya muy convencional: demostrar que el Gobierno de la derecha atenta contra la libertad de expresión. La combinación de un poder político que amordaza por ley y unos medios endeudados, en manos de bancos y multinacionales, habría producido el colapso. El aparato fáctico de la nota era prácticamente nulo: unas protestas archisabidas del Comité profesional de RTVE sobre el tratamiento del ‘caso Gürtel’, y unos artículos sobre Qatar y Telefónica (de los que no se ofrecen más datos) que el diario ‘El País’ no habría querido publicar porque Qatar y Telefónica contribuyen decisivamente a su negocio. Las opiniones, por contraste, eran abundantes. Y a uno de los opinantes le salieron caras. Miguel Ángel Aguilar, el columnista de El País, formulador brillante de la ley de gravitación informativa, dijo: “Trabajar en El País era el sueño de cualquier periodista español. Pero ahora hay gente tan desesperada que se está yendo, a veces incluso con la sensación de que la situación ha alcanzado niveles de censura”. A los pocos días le llamó el subdirector José Manuel Calvo y le dijo que si estaba tan incómodo en el diario mejor que se fuera. Él trató de convencerles, como gato viejo, de que iba a ser peor el remedio que la enfermedad, pero fueron inflexibles. Y ha sido peor, en efecto. Porque el único elemento fáctico, veraz e importante, de la crónica de Minder ha sido el despido de Aguilar.

En el ‘Times’, gran periódico, hay de todo: están los Jayson Blair y luego estos ‘minders’, fenómenos que consiguen que la realidad les premie una ínfima historia. El director de un periódico tiene el derecho, y sobre todo tiene el poder, de no publicar lo que le desagrade y no está obligado a dar mayores explicaciones públicas. Comprendo que algunos columnistas crean que escriben en régimen de copropietarios, pero se trata de una ilusión que da despertares ácidos. En cambio un director de periódico sí tiene la obligación de dar cuentas de las mentiras que publica. Por ceñirnos al que nos ocupa: no debe dar cuentas de las columnas de Aguilar que no publicará, sino de las 169 portadas calumniosas que dedicó al ex presidente Francisco Camps. Algo que los ‘minders’ de nuestro mundo no están en disposición de comprender es que la libertad de expresión en las democracias está mucho más amenazada por las mentiras exhibidas que por las verdades ocultas. Más por la conjura de los necios que por la conspiración de los torvos. Y que el castigo, social, jurídico, profesional, por la diseminación de las mentiras es uno de los graves problemas pendientes que tiene la democracia. Hace pocos días, y a propósito de una información que había publicado este periódico que no lees y debieras, el auto de un juez decía que los periodistas no tienen la obligación de la verdad. Cuando desatado de los nudos de su gramática imposible recuperé la libertad y el sentido, comprendí que la declaración solo era el paso previo para separar la Justicia de la verdad, un asunto en el que ya hay muchos jueces empeñados, sobre todo por vagos. Por lo demás, el despido de Aguilar es feo y jorobado: la causa no ha sido una columna publicada o silenciada en su periódico sino un entrecomillado, bastante trivial por lo demás, recogido en una nota. Al trasluz del asunto se vislumbra un castigo más ‘ad hominem’ que ‘in texto’ y esa manera de acabar con el trabajo de alguien es especialmente injusta y desagradable.

Uno de los tópicos por los que has sentido siempre más cariño, liberada, es el excepcionalismo español, al que con fervor se apunta siempre la prensa extranjera. He de reconocerte, sin embargo, que en torno a la libertad de expresión el excepcionalismo existe. La libertad de expresión estuvo bajo mínimos durante muchos años en el País Vasco del miedo. Hazte con el informe que ha coordinado Maite Pagaza sobre los profesores de la universidad vasca que estuvieron frente y debajo de ETA. Los que hablaron. Los que callaron. Y pásaselo a Minder. Yo le pasaré también algún telegrama (y ‘El libro negro sobre el periodismo en Cataluña’, que publicó Jordi Pérez en ‘El Español’) para que aprenda cómo los medios de comunicación catalanes construyeron la ficción del separatismo y cómo aún hoy siguen ignorando obscenamente el punto de vista político de la mayoría de los ciudadanos catalanes.

El problema de la libertad de expresión de España. El único existente, si hablamos del asunto. Y el único que merece la atención de América, porque es el único sin Enmienda.

Sigue ciega tu camino, tú.

Arcadi Espada.


Ps/. ‘Aux larmes, citoyens’. No vayamos a criminalizar al Islam.

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